Sálvese quien pueda

Patricio Navia

La Tercera, mayo 13, 2007

 

La ingobernabilidad que hoy aflige a la Concertación es resultado de la equivocada estrategia de privilegiar liderazgos personales que adoptó la coalición de gobierno en la campaña de 2005. A menos que el gobierno reconozca que la gobernabilidad descansa en los partidos y que éstos se reformen para mejorar la rendición de cuentas, la Concertación perderá la ventaja que ha tenido sobre una derecha que desde hace mucho tiempo empezó a privilegiar los liderazgos individuales.

 

La democracia no existe sin partidos políticos. Las tentaciones populistas son inevitables cuando los partidos son débiles. Pero los partidos a menudo alimentan el fuego de su propia destrucción. La poca rendición de cuentas ante la ciudadanía, las facciones y la falta de competencia interna (que dificulta la renovación de liderazgos) le restan legitimidad al sistema. Los partidos desconfían de la participación ciudadana. En vez de rendición de cuentas y transparencia, los partidos privilegian los acuerdos a puertas cerradas. En vez de diálogo y deliberación, los partidos quieren imponer la disciplina como si fueran ejércitos.

 

Como candidata, Bachelet entendió las demandas ciudadanas por mayor participación y mejor rendición de cuentas. Varias veces señaló que su candidatura había nacido desde la voluntad ciudadana y que los partidos se habían sumado después. Después del fiasco de la primera vuelta, Bachelet temporalmente buscó el apoyo de los partidos. Una vez en La Moneda, quiso impulsar reformas participativas ignorando a los partidos. Desde el nombramiento de su gabinete hasta sus iniciativas de reforma electoral y cuotas de género, quiso reformar los partidos desde fuera. El esfuerzo fue predeciblemente inútil. Defendiendo sus propios intereses, los caciques partidistas la abandonaron.

 

Ya que entonces contaba con altos niveles de aprobación, Bachelet intentó imponer su voluntad al Congreso. Pero después del desastre del Transantiago, su popularidad cayó y Bachelet se quedó sin herramientas para imponer su agenda legislativa. El desorden de estos días es la conclusión de una crónica de un fracaso anunciado. Un gobierno crecientemente impopular provoca una reacción del tipo sálvese quien pueda en los parlamentarios oficialistas. Cuando los partidos no tienen legitimidad ni herramientas para inducir la disciplina, el desorden y la ingobernabilidad son inevitables. Los llamados a la disciplina de la Presidenta solo subrayan su falta de autoridad. Bachelet ya no manda en el barco concertacionista.  

 

Cuando advirtió que “esto no da para más,” Soledad Alvear también reconoció la crisis e implícitamente aceptó que su propio futuro político depende del éxito de Bachelet. Ahora, ambas deben sumar fuerzas para fortalecer el sistema de partidos promoviendo mayores instancias de competencia, rendición de cuentas y transparencia. Solo así lograran más disciplina y gobernabilidad.

 

Ya no se puede imponer disciplina desde La Moneda. Ni Bachelet ni las directivas de los partidos tienen las herramientas para hacerlo. Pero todos, incluidos los parlamentarios díscolos, quieren legitimarse ante la opinión pública. Por eso, el gobierno debe promover medidas que incentiven la transparencia y la rendición de cuentas en los partidos. Hay que exigir primarias obligatorias para todos los partidos que quieran financiamiento estatal. También se deben promover elecciones concurrentes en las internas de todos los partidos, abiertas a todos los simpatizantes para así reducir la influencia de las facciones y los grupos de poder. El gobierno debe introducir reformas que hagan a los partidos más responsables ante los ciudadanos. Además de producir mayor disciplina y ordenar sus filas, el gobierno dará ayudará a mejorar esta democracia que está dando señales de agotamiento. La mejor forma de evitar que los políticos se sumen a la lógica del sálvese quien pueda es fortaleciendo el barco de la institucionalidad democrática. De lo contrario, además de inútiles, los llamados al orden sólo profundizarán la crisis de gobernabilidad.