La renuncia de Etchegaray

Patricio Navia

La Tercera, abril 25, 2007

 

La renuncia de Alberto Etchegaray confirma la conocida regla que en política siempre resulta más costoso intentar encubrir una falta que la falta misma. La salida del Superintendente de Valores y Seguros (SVS) se produce en el peor momento para su jefe. Porque el titular de Hacienda erróneamente intentó rescatar a un funcionario de confianza que se auto-infligió una profunda herida, la salida de Etchegaray también tendrá costos para Andrés Velasco y para todo el gobierno.

 

Si bien el propio Etchegaray (antes de producirse el escándalo) había enmendado el error de atribuirse un título profesional que no poseía, las delicadas obligaciones que implica la SVS hacían casi imposible que pudiera seguir con legitimidad y autoridad en el cargo. Las dudas sobre el criterio de Etchegaray no se hicieron esperar.  Aunque resulta difícil entender que alguien con su educación se atribuya un título profesional que no posee, todas las personas pueden cometer errores. Pero cuando el error lo comete el encargado de supervigilar el cumplimento de estrictos reglamentos de probidad en un delicado sector financiero, la crisis de autoridad se hace patente.

 

Es inverosímil creer que el gobierno desconocía estas consideraciones cuando salió a gastar su propio capital político en la defensa de Etchegaray. Especialmente dado el precedente del escándalo producido por la renuncia de una Subsecretaria de Deportes que falsamente alegó tener un título universitario.  Ya que el gobierno dijo no sentirse traicionado por esa primera mentira, las sospechas sobre el valor que la atribuye La Moneda a que sus funcionarios digan la verdad ya estaba en entredicho. No tenía sentido respaldar a Etchegaray cuando era evidente que, en el mejor de los casos, permanecería en la SVS con poco poder y escasa legitimidad. Ahora el gobierno tendrá que asumir costos mayores que si hubiera pedido la renuncia de Etchegaray cuando estalló el escándalo.

 

El momento escogido para renunciar fue inoportuno. Una semana después que Andrés Velasco recibiera un duro golpe en el Senado, esta renuncia suma otra factura a la debilitada cuenta de su capital político. A menos que la renuncia haya ocurrido para evitar un escándalo mayor en el futuro, la decisión de Etchegaray refleja un pésimo timing.

 

El gobierno puede aprender al menos tres lecciones de esta amargo trago. Primero, debe demostrar tolerancia cero con aquel que falsee su currículum. Independientemente de lazos familiares, historia personal o capacidad de gestión, el compromiso con la probidad debe ser el sello del gobierno de Bachelet. Segundo, La Moneda debe entender que es siempre más conveniente asumir los costos antes que se acumulen cuentas demasiado altas. De nada sirve dar peleas donde hay pocas posibilidades de ganar y donde sólo se logran victorias pírricas. Tercero, hay que aprender a manejar los tiempos. Los errores no forzados le están costando caro al gobierno. De poco sirve seguir llenando la agenda de escándalos que desvían la atención de los correctos objetivos y acertadas iniciativas en pro del crecimiento y del diálogo político que ha venido impulsando La Moneda en semanas recientes.