¿Es Estados Unidos un país incluyente?

Patricio Navia

Abril 22, 2007

 

La experiencia de inclusión en la sociedad estadounidense de la familia de Cho Seung-Hui es uno de los temas que más me relaciona con la tragedia que enluta a este país. Esa masacre subraya los riesgos que implica el individualismo excesivo y la falta de redes sociales que caracteriza a esta sociedad.

 

Al igual que la familia de Cho, que inmigró de Corea en 1992, mis padres y cuatro hermanos llegamos a Chicago en 1987, cinco años antes que la familia de Cho arribara a Detroit. Si bien yo entonces ya tenía 17 años, puedo entender la sensación que debió haber experimentado Cho, con 8 años de edad, en la escuela.

 

Estados Unidos es un país de inmigrantes. El 12% de la población (34 millones de personas) nació en otro país. Otros millones son descendientes de inmigrantes. Cada año, 1,2 millones de personas (0,4% de la población nacional) entran al país; uno de cada cuatro lo hace en forma ilegal. Todos vienen en busca del seductor sueño americano: con determinación y trabajo duro se puede alcanzar la prosperidad.

 

En un país que, no obstante las olas anti-inmigrantes, continúa teniendo las puertas relativamente abiertas, la educación cívica es la vía para la inclusión social. En las escuelas, los hijos de inmigrantes perfeccionan el dominio del inglés y aprenden valores e historia patria. La identidad nacional estadounidense está fuertemente asociada con la educación universal.

 

¿Qué tan fácil es para una familia de inmigrantes lograr esa inclusión social? ¿Pueden asimilarse a la cultura nacional y ser parte del sueño americano?

 

Las estadísticas ofrecen datos contradictorios. Por un lado, los inmigrantes mantienen contacto con sus países de origen. Aprovechan la tecnología y el transporte para seguir conectados con sus orígenes. La puerta de entrada de los inmigrantes pasó de la mítica Ellis Island en blanco y negro al ruidoso y multinacional aeropuerto JFK de Nueva York. 

 

La tecnología y el transporte hacen más difícil la integración. Mis padres, que llegaron con 45 y 39 años de edad, tienen TVN en su casa (y muchos otros canales en español) y seguramente leerán esta crónica por Internet. Pero ellos también celebrarán el Día de Acción de Gracias (el cuarto jueves de noviembre) y se acostumbran a escuchar a sus cuatro nietos—Jeanine, Lucas, Felipe e Inti—hablar inglés como primer idioma.   

 

Ningún adulto está obligado a integrarse a la sociedad estadounidense. Basta con tener un trabajo adecuado y lo se hace con la vida privada es cuestión de cada quién. La situación de los adolescentes es diferente. La integración social es casi inevitable si uno asiste a las escuelas (generalmente públicas.) La primera vez que me tocó tomar un bate de beisbol en una clase de educación física me sentí ridículo. Nunca logré darle bien a la pelota. Y aunque hice mi mejor esfuerzo, me sentí más inútil lanzando pelotas de béisbol que cuando tirando piedras en las protestas callejeras en Temuco en 1986. Así y todo, todavía me identifico con los Chicago Cubs, el equipo de la mayoría de mis compañeros de colegio.

 

Felizmente para mi, mis mediocres habilidades en el fútbol (“soccer, not American Football”) me permitieron ganarme el respeto de mis pares. Incluso algunas cheerleaders me felicitaron efusivamente cuando anoté accidentalmente un gol en un partido que perdimos estrepitosamente ante un colegio donde abundaban jugadores mexicanos y coreanos. Aunque mi inglés era deficiente, mis habilidades matemáticas me permitieron hacerme amigo de una de las estrellas del equipo de football. Ese fortuito ingreso a un círculo social respetado me permitió acceso una mejor mesa en la cafetería. Ya había dado el primer gran paso en el camino de la integración.

 

En la universidad, las cosas mejoraron. Un roommate (compañero de cuarto) que tuve en la universidad me pegó la costumbre de ver el programa de televisión de Johnny Carson y una polola me enseñó a disfrutar del humor del programa de TV Saturday Night Live. Además, con ella me hice fanático del fútbol americano y de los Chicago Bears (el amor por el básquetbol y los Toros de Chicago, comandados entonces por Michael Jordan lo adquirí solo). Pero nunca me sentí tan extranjero como cuando ella me llamó un día para preguntarme por qué los chilenos queríamos venderles uvas envenenadas; en el medio-oeste estadounidense nadie entendía bien los avatares de la transición chilena.

 

El individualismo de la sociedad estadounidense produce tensión con las culturas más tradicionales. Para ser exitoso en Estados Unidos hay que adaptarse al individualismo. Pero mientras más individualista, más alejado de sus familias. Conscientes de esta tensión, muchos padres desincentivan los lazos con los países de origen. Esta decisión puede producir crisis de identidad en los adolescentes que, sintiéndose rechazados por sus pares, buscan respuestas en sus raíces nacionales. 

 

Los adolescentes inmigrantes sienten que ser distintos es una desventaja para ser aceptados por sus pares. Así, muchos buscan abrazar el individualismo como puente que, irónicamente, les facilite la integración social. En la escuela, yo pasé rápidamente a llamarme Pat, para no arriesgar que los profesores me dijeran Patrico, Patricia o Patricho.

 

El High School lo recuerdo como de dulce y agraz. Rápidamente hice amigos con los que podía compartir mesa en la cafetería o con quienes podía hacer tareas en grupo, pero ninguno de ellos es mi amigo hoy. Tal vez el más cercano, un chico que a menudo me ayudaba con mis tareas de inglés, se despidió afectuosamente de mí el último día de clases con un sincero y sentido “que tengas una linda vida.” Nunca más lo volví a ver.

 

En la universidad, en cambio, hice amigos que conservo hasta hoy. Pero nunca llegué a conocer a sus familias y pocas veces los invité a mi casa o yo fui invitado a las suyas. La amistad era en las salas de clases, en las cafeterías y ocasionalmente en los bares y restaurantes de la ciudad. “Eres un gran amigo”, me dijo una vez un compañero con el que tomamos cuatro semestres de estadísticas y con quien jamás hablé de nada que no fuera temas universitarios. “Eres bueno amigo”, me repetía en español, para mostrar que la relación que teníamos era de verdad profunda. Ahí sentí que yo jamás podría pertenecer a esta sociedad.

 

Años después pensé que tal vez sí me había integrado plenamente a la sociedad cuando, al dejar mi primer trabajo después de la universidad, me despedí de mis colegas con un sincero “Have a nice life.” En la capacidad para privilegiar el individualismo me sentí incluido en la sociedad estadounidense.