Las visiones opuestas de la presidenta y su canciller

Patricio Navia

La Tercera, marzo 25, 2007

 

Un análisis sobre los aciertos y errores de las relaciones internacionales en el primer año de gobierno deja en evidencia que la Presidenta Michelle Bachelet y su canciller Alejandro Foxley tienen visiones y prioridades distintas—aunque no necesariamente irreconciliables—sobre el lugar de Chile en el mundo y en América Latina. A menos que ambos aúnen esfuerzos y voluntades, los éxitos se verán minimizados por las discrepancias internas. Los errores producto de estrategias divergentes seguirán produciendo costos innecesariamente altos para Chile. Peor aún, el capital político internacional del gobierno se disipará si persiste la percepción generalizada que la Presidenta y su Canciller bogan en distinta dirección en política internacional.

 

En recientes conversaciones con expertos chilenos y extranjeros (incluidos embajadores y funcionarios de la Chancillería), encontré un consenso entre partidarios y adversarios sobre las fortalezas de Bachelet. La Presidenta llegó al poder con un enorme capital político internacional, convencida de la necesidad de estrechar lazos con nuestros vecinos y con un pragmatismo que le permite poner los intereses de estado por sobre sus preferencias políticas.

 

Pero sorpresivamente, Bachelet nombró a un Canciller cuyas fortalezas no eran conducentes a potenciar esas prioridades. Mientras Bachelet quiere más integración con América Latina, Foxley siente una inclinación ideológica hacia países que privilegian políticas de libre mercado. Felizmente para ambos, hay países en América latina que comparten nuestro compromiso con la globalización. Por eso, las prioridades de ambos convergen rápidamente en México, Colombia y, en menor grado Brasil. Después de la elección de Alan García, Perú también satisface las condiciones latinoamericanista de Bachelet y libremercadista de Foxley. Al momento de potenciar la relación con Lima—más allá de la desprolija forma de apagar un potencial incendio diplomático con la parafina de la censura en TVN—o de fortalecer lazos con México, Bachelet y Foxley hablan el mismo idioma.

 

Pero a la hora de decidir el apoyo a Venezuela en el Consejo de Seguridad de la ONU o cuando la Presidenta insiste en viajar a todas las cumbres en América Latina, Foxley y Bachelet tienen prioridades contrapuestas. A Foxley le molestan las “irresponsabilidades, la improvisación y el populismo” en la región, como me dijo uno de sus embajadores. Para él es más cómodo lidiar con países que comparten la convicción sobre las ventajas y fortalezas del modelo económico chileno (del que Foxley fue uno de los artífices en democracia.) Pero Bachelet entiende, con una visión pragmática de estado, que Chile debe asumir el desafío de abrirse hacia el mundo desde América latina y abrir a la región hacia el mundo, desde Colombia a Venezuela, desde México a Cuba.

 

Por eso, la Presidenta no sólo le sonríe sino que también se abraza con Hugo Chávez e incluso estaba dispuesta a pagar el costo político que implicaba votar por el locuaz líder venezolano para el Consejo de Seguridad de la ONU.  La diatriba de Chávez contra Bush en la propia ONU terminó de disuadir a Bachelet, me confidenció uno de sus asesores. Pero el costo político de abstenerse—y de quedar casi como un inútil mediador entre los dos polos que se formaron en la región—terminó dañando la visión pragmática que privilegia Chile. “No hay que confundir liderazgo con protagonismo”, me dijo un experimentado embajador, “Chile hizo lo correcto al no tomar partido en la disputa entre Chávez y Bush. Pero no debimos haber esperado tanto para anunciar nuestra abstención.”

 

El affaire “voto en la ONU” reflejó cómo las agendas latinoamericanista y libremercadista pueden pasar de complementarias (Perú) a diametralmente opuestas (Venezuela.) Para evitar esas tensiones, Foxley se la jugó por la creación de un eje pacífico que incluyera a Colombia, Perú y, potencialmente, México. Pero ya que inevitablemente sería visto como en oposición al eje atlántico-Mercosur de Chávez, Kirchner y Lula, esa iniciativa no recibió el apoyo de la Presidenta. Por eso ahora, Foxley ha decidido jugarse literalmente el puesto en mejorar las relaciones con Perú. De ahí que su ansiedad lo llevara a actuar apresurada y en forma excesivamente protagónica en el affaire “Epopeya-TVN-Censura.” Si la relación con Perú se debilita o se estanca, las agendas de la Presidenta y la de su Canciller ya no tendrán ningún punto de encuentro.

 

Nuestra política exterior se beneficiaría mucho más si Bachelet y Foxley concuerdan una agenda que incorpore la preocupación de la Presidenta por la región y el interés de Foxley por promover el modelo. De lo contrario, abundarán los potenciales conflictos y los errores no forzados. La reciente tensión producida por los equívocos sobre la frontera norte en la ley de la Región de Arica y la intervención de Foxley ante TVN para no mostrar el documental sobre la Guerra del Pacífico subrayan lo frágil del consenso entre las agendas de Foxley y Bachelet.

 

Hasta ahora, Foxley ha logrado convencer a la Presidenta en momentos clave. Pero Bachelet mantiene la prerrogativa de decidir las prioridades de política exterior. Por eso, aunque Foxley ha optado por no asistir a algunas cumbres de líderes sudamericanos (especialmente cuando están Chávez o Kirchner) e incluso se opuso al próximo viaje de Bachelet a Venezuela, la Presidenta no está dispuesta a ceder en su intento por mejorar las relaciones con los países vecinos.

 

A menos que la Presidenta y el Canciller solucionen sus diferencias, el enorme capital político de ambos en el mundo será desperdiciado y Chile terminará enviando señales confusas tanto a los países de América latina como a las naciones que comparten nuestra adscripción al modelo y que razonablemente esperan que Chile asuma un liderazgo pragmático e incluyente en la promoción del libre mercado en América latina.