El estado somos nosotros

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 31, 2006

 

Después de tantos años en el poder resulta inevitable que la Concertación haga uso de los recursos del estado como propios. Las instituciones fiscalizadoras independientes—mucho más que la alternancia en el poder—son el mejor remedio para combatir y sancionar la corrupción. Mientras más se demore La Moneda en fortalecer la institucionalidad fiscalizadora, más profundo estará socavando los cimientos del hasta ahora todopoderoso predominio electoral que ha disfrutado en el Chile post Pinochet.

 

Una regla no escrita de la política es que la corrupción tiende a aumentar mientras más tiempo se mantiene el mismo partido en el poder. El control del ejecutivo familiariza a los partidos con los mecanismos de asignación de recursos del estado. Peor aún, independientemente de las motivaciones iniciales que tuvieran para buscar el poder, el paso del tiempo convierte toda ideología en una tradición y toda misión en una rutina. Aquellos que otrora querían construir la democracia, devienen en funcionarios públicos que saltan de puesto de confianza en puesto de confianza más preocupados de mantener sus cargos que de ver sus viejos ideales convertidos en realidad. Las tentaciones de meter las manos aumentan cuando la oposición—como en Chile—se ve desorganiza y no parece representar una amenaza electoral seria.

 

La historia de las coaliciones que han pasado mucho tiempo en el poder está llena de ejemplos donde la corrupción se convirtió en la principal causa de la derrota electoral. El exitoso gobierno de Felipe González en España terminó siendo derrotado mucho más por los efectos negativos de la corrupción que por las ideas y propuestas del Partido Popular. Por más credibilidad que tuviera el mismo Gónzalez, los electores españoles decidieron que era hora de cambiar de timonel cuando los escándalos de corrupción terminaron por paralizar las iniciativas legislativas de los socialistas. José María Aznar fue el primer derechista después de la muerte de Franco en llegar democráticamente al poder impulsado por un poderoso voto de castigo del electorado español hacia el socialismo.

 

En el pasado, Chile también experimentó el fenómeno de la captura del estado. Los partidos políticos oficialistas se convirtieron en agencias de empleos durante el Frente Popular. Carlos Ibáñez pudo volver al poder gracias al voto de castigo de un electorado que veía al Partido Radical y a sus aliados más interesados en apropiarse de los fondos del estado que en transformar al país. Durante la dictadura, los escándalos de corrupción—que nunca fueron investigados por las características propias de la transición chilena—ocurrieron mucho más hacia fines de los 80 que durante los primeros años. Democracias y dictaduras sucumben a la tentación de meter las manos cuando llevan muchos años en el poder. Era inevitable que tarde o temprano ocurriera lo mismo con la Concertación.

 

A diferencias de las dictaduras, las democracias tienen mecanismos institucionales que permiten vigilar los actos del ejecutivo y sancionar las malas prácticas. Cuando una coalición lleva tantos años en el poder, incluso esas instancias terminan siendo ocupadas por gente más leal a los partidos que a la defensa de los intereses del estado. De ahí que resulta imperativo que las coaliciones, mientras más años lleven en el poder, más se preocupen de fortalecer los mecanismos de fiscalización independientes.

 

Comprensiblemente, la Alianza argumenta que la alternancia en el poder constituye una solución alternativa razonable. Pero sin entes fiscalizadores adecuados, la alternancia en el poder sólo cambiará el color político de los que meten las manos. Para aumentar la probidad hay que construir instituciones de fiscalización modernas y establecer castigos adecuados.

 

La Concertación enfrenta hoy un desafío monumental. Mientras más se demore en actuar decididamente para fortalecer las instituciones de fiscalización existentes y adoptar medidas draconianas a favor de la probidad, más alimentará el creciente descontento de una opinión pública hastiada con los crecientes escándalos de corrupción. Ya que cuenta con apoyo mayoritario en el Congreso, La Moneda debe mostrar liderazgo y tomar el toro por las astas. De lo contrario, el fin de la coalición de gobierno centro-izquierdista también estará asociado a una campaña exitosa de oposición donde el principal mensaje de cambio sea una escoba que prometa barrer con la hojarasca de corrupción.