Dictadores de derecha e izquierda

Patricio Navia

La Tercera, Diciembre 13, 2006

 

De derecha, centro o izquierda, los dictadores roban, matan y polarizan las sociedades. Cuando mueren, no corresponde rendirles homenaje como jefes de estado. Pero tampoco es conveniente pretender crear una distinción entre dictadores de derecha y dictadores de izquierda. Después de las desafortunadas declaraciones del jefe de gabinete, el gobierno de Bachelet debe dejar en claro que rechaza toda dictadura y que no brindará reconocimiento como jefe de estado a ningún fenecido dictador.

 

El Ministro del Interior Belisario Velasco calificó a Pinochet como “un típico dictador de derecha”, aludiendo a la corrupción y violaciones a los derechos humanos en su régimen. Esa declaración no necesitaba incluir el adjetivo “derecha.” Todos los dictadores violan los derechos humanos y se enriquecen ilícitamente. El abuso de autoridad y la discrecionalidad en el uso de los recursos públicos es una condición inherente a toda dictadura. En cambio la democracia, con todas sus limitantes, es el mejor mecanismo para consolidar el respeto a los derechos individuales y para fortalecer la transparencia y el estado de derecho.

 

Durante los conflictivos años de la guerra fría, ambos lados alegaban que sus dictaduras eran menos malas. Mientras en Estados Unidos buscaban hacer la distinción entre gobiernos autoritarios (Chile) y totalitarios (Cuba), desde el flanco soviético hablaban de dictaduras y revoluciones. Ambos bandos de la guerra fría minimizaban las violaciones a los derechos humanos cometidas en pro de lo que consideraban causas justas. Tanto pro-capitalistas como pro-comunistas cometieron el moralmente reprensible error de ignorar violaciones a los derechos humanos y justificar la falta de democracia.

 

Pero la guerra fría ya terminó y hoy la democracia es el único mecanismo legítimo de gobierno. El respeto por los derechos humanos se impone en el mundo. Muchos de los que antes hacían caso omiso a las violaciones se han sumado a la defensa de los derechos humanos de todos, independientemente de su posición política. Afortunadamente, Chile también ha avanzado mucho en este aspecto. Aunque persistan discrepancias sobre el legado de la dictadura, nadie defiende las violaciones a los derechos humanos. Lo que es aún más importante, el “nunca más” es ya un principio fundamental de nuestra institucionalidad. Estos 17 años de democracia han consolidado un rechazo a todo autoritarismo. Ya no hay espacio para las dictaduras.

 

La Presidenta Bachelet actuó con valentía, pero también con sentido común y altura moral, al decidir que Pinochet no merecía recibir homenajes como Jefe de Estado. Eso violentaría la conciencia nacional. Después de tomar tan loable determinación, Bachelet debiera dar un paso más. Porque nuestro país sufrió los traumas de una dictadura, Bachelet debiera sentar el precedente que Chile jamás rendirá tributo como jefe de estado a dictadores fallecidos. La inminente muerte de Fidel Castro constituirá una oportunidad propicia para demostrar que Chile no hace diferencia entre dictadores de derecha y dictadores de izquierda. Bachelet no debiera tratar la muerte de Fidel como el fallecimiento de un jefe de estado. Ese privilegio debe ser reservado para aquellos que fueron democráticamente electos y que se comportaron de la misma forma en el poder.