La muerte del padre

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 11, 2006

 

Para bien y para mal, Pinochet es el padre del Chile actual. La Concertación nació y se consolidó en oposición a la dictadura. La muerte de Pinochet profundiza las dudas sobre la viabilidad futura de una coalición que supo mantener lo esencial de aquellas buenas políticas económicas implementadas en el gobierno militar y logró construir una democracia más justa, más incluyente y respetuosa de los derechos humanos.  

 

Si bien la figura del ex hombre fuerte todavía divide a los chilenos y el recuerdo de su gobierno autoritario todavía polariza a la sociedad, el legado de violaciones a los derechos humanos y las revelaciones sobre la corrupción durante su gobierno han terminado por derribar el intento de convertir a Pinochet en un dictador benevolente. El éxito que tuvo la Concertación al apropiarse de los buenos aspectos de la política económica de Pinochet dejó a sus adherentes con la pesada mochila de la muerte, el exilio y la tortura. Correctamente, la Presidenta Bachelet decidió no rendir honores de jefe de estado a Pinochet. La memoria de la dictadura todavía violenta la conciencia nacional. Las heridas y los dolores de las violaciones a los derechos humanos seguirán con nosotros por muchos años. Bachelet hizo lo que correspondía, más que por el protocolo, por la dignidad nacional y por el sentido común.

 

Por cierto, los líderes más preclaros de la Alianza han sabido guardar silencio. El ser derechista no implica ser apologista de una dictadura que violó los derechos humanos. Aún algunos de sus cercanos colaboradores entienden que la partida de Pinochet ayudará a cerrar heridas, a construir un mejor futuro y a facilitar a la Alianza el retorno a La Moneda. La obsesión de algunos militantes de la Alianza por inútilmente intentar rescatar la figura del ex dictador sólo traerá costos electorales adicionales futuros al sector que resulta más beneficiado con la partida del ex dictador.

 

La muerte de Pinochet presenta un desafío para la coalición de gobierno más complejo que el incómodo debate sobre su legado y la intensa pero transitoria tensión que provoquen las manifestaciones en torno a las exequias. La oposición a la dictadura fue  la principal razón de ser de la Concertación. Aunque han pasado 16 años desde el retorno de la democracia y, después de su arresto en Londres en 1998, Pinochet se convirtió más en objeto que en sujeto de la política, su muerte elimina el argumento de la superioridad moral de la Concertación para permanecer en el poder. Peor aún, porque la Concertación ahora parece unida esencialmente por su deseo de mantenerse el poder, la desaparición física de Pinochet terminará por desnudar la falta de unidad respecto a proyectos comunes de futuro en la coalición oficial.

 

Parafraseando una de las más famosas frases del malogrado dictador, “muerta la perra, se acaba la leva.” Ahora que Pinochet ya no está, la Concertación enfrentará su momento más difícil. Así como los hijos—incluso los hijos de un mal padre—se distancian cuando muere el progenitor, los partidos de centro e izquierda que se unieron para hacer frente a la traumática dictadura prometerán ahora estar más unidos que nunca, pero apenas se enfríe el cadáver las rencillas y los conflictos cobrarán aún más fuerza.