El riesgo de la irrelevancia

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 20, 2006

 

A menos que se arriesgue a dar algunas batallas difíciles, el legado de Bachelet será el de una presidenta popular, pero no realizadora. Porque para hacer tortillas hay que quebrar huevos, ella debe animarse a construir un legado más amplio que haber sido la primera mujer presidenta.

 

A ocho meses de gobierno, Bachelet se puede sentir orgullosa de sus altos niveles de aprobación. Pese a las cifras de crecimiento económico y a los pocos avances legislativos, su popularidad se mantiene en niveles más que satisfactorios. Pero las encuestas también muestran una percepción menos optimista de la capacidad del gobierno. La aprobación a la gestión del gobierno es significativamente inferior a la aprobación personal de Bachelet. Si bien la opinión pública parece también rechazar la forma en que la oposición hace su tarea, la diferencia entre los niveles de aprobación de la Presidenta y los del gobierno plantean un desafío difícil para la Concertación.

 

Naturalmente, existe el riesgo que la popularidad de la Presidenta eventualmente se vea dañada por la percepción menos óptima que existe sobre las habilidades del gobierno. Después de todo, si el gobierno no funciona bien, la responsabilidad última es de la propia Bachelet. Aunque ha habido presidentes populares que logran hacerse impermeables a los problemas del gobierno, el riesgo de contagio siempre está presente. Además, en tanto cuarta presidenta consecutiva de la Concertación, Bachelet tiene el desafío de facilitar una nueva victoria oficial en 2009. No es bueno pasar a la historia también como la última presidenta de la Concertación. Ahora, si Bachelet logra mantener su alta popularidad, los incentivos para que haya mayor lealtad entre los partidos de la Concertación también aumentan. Todos quieren estar cerca de las figuras populares. Bachelet debe utilizar su popularidad actual como un capital político convocante y ordenador en su coalición.

 

Pero la popularidad presidencial no alcanza para construir un legado. Bachelet debe asumir el desafío de promover reformas que, inevitablemente, implicarán costos políticos. Los presidentes que quieren quedar bien con todos generalmente terminan siendo poco realizadores. Las ansiadas reformas al sistema de pensiones, la promoción de la educación preescolar y el ministerio de seguridad que prometió durante su campaña no pueden quedar como promesas pendientes. Desde las protestas de mayo, la expectativa de una profunda reforma estudiantil también se ha sumado a las tareas pendientes. Finalmente, el crecimiento y el empleo—además del desafío de aprovechar sabiamente el gigantesco caudal de reservas del estado—son varas de medir que eventualmente determinarán el éxito de la gestión de Bachelet.

 

En ese contexto, los buenos niveles de aprobación personal pueden llevar a Bachelet a confundirse. A menos que apure el tranco, el enamoramiento del electorado con su presidenta se tenderá a enfriar y Bachelet comenzará a ser medida respecto a qué tanto ha avanzado y progresado el país durante su gestión.