Juez Superstar

Patricio Navia

La Tercera, agosto 27, 2006

 

Porque jugó un papel esencial en la consolidación democrática de Chile, la visita de Baltazar Garzón debiera constituir un importante hito. Pero precisamente porque el polémico legado de Pinochet está cada día menos presente, la visita del juez español pasará mucho más desapercibida que su repentina aparición el 16 de octubre de 1998. Al pedir el arresto de Pinochet en Londres, Garzón puso el acelerador a fondo a un proceso que, con excesiva lentitud pero en forma inevitable, ya iba por la senda correcta.

 

Es verdad que sin la osada intervención de Garzón, Pinochet probablemente nunca hubiera sido juzgado en Chile. También es cierto que la Concertación pecó de timidez a la hora de enfrentar los abusos de la dictadura. Peor aún, hasta hoy la derecha alberga líderes que estuvieron demasiado involucrados en el gobierno militar. Pero la orden de detención a Pinochet que Garzón tramitó en 1998 jamás hubiera producido el efecto que tuvo de no haber sido porque Chile comenzó a avanzar en el sendero de la reconciliación en marzo de 1990. Garzón no hizo la transición en Chile, pero demostró que se podía avanzar más rápido y más decididamente en pos de la verdad y la justicia.

 

Polémico juez, Garzón sabe que no pasa inadvertido. Si bien no quisiera tener que enfrentarlo como juez—porque es acusado de formarse opiniones antes de conocer toda la evidencia—si quisiera tenerlo a cargo de investigaciones por nobles causas en defensa de los derechos humanos, persecución del terrorismo y combate al crimen organizado. Sus osadas maniobras han alcanzado desde ETA hasta Al Qaeda. Sus investigaciones han tocado el narcotráfico, el zapatismo mexicano y a las extintas dictaduras latinoamericanas. El ex diputado (en la lista del socialismo español) combina su tiempo en la judicatura con clases en diversas universidades y charlas en todo el mundo. Hombre locuaz y mentalmente ágil, también parece obsesivo y obstinado. Sus logros judiciales responden mucho más a sorpresivos golpes que a acabadas investigaciones y acuciosos razonamientos legales. Garzón es mucho más sheriff que juez y mucho más activista que intelectual.

 

Tuve ocasión de conocerle cuando fue profesor invitado en New York University (NYU) donde yo también ejerzo docencia. En diversas charlas, Garzón repetidamente declaró su compromiso con las víctimas de los derechos humanos. Mucho más fiscal inquisitivo que juez, su entusiasmo y dedicación subrayan las debilidades de nuestro viejo sistema judicial donde muy pocos se atrevieron a defender los derechos humanos en dictadura.

 

En NYU, un día Garzón compartió tribuna con el ex juez chileno Juan Guzmán. Reposado e impreciso en sus palabras, Guzmán carecía de la intensidad y el conocimiento del español. Mientras Garzón desbordaba de entusiasmo, Guzmán parecía dudar entre ser fiscal inquisitivo o volver al cómodo y silencioso estilo que cultivó durante casi toda su carrera judicial.  Pero mientras en sus confusas metáforas y ambiguos comentarios Guzmán demostraba que el caso Pinochet siempre le quedó grande, Garzón evidenciaba que sus cruzadas buscaban tanto el impacto mediático que la acabada construcción de un sólido precedente judicial.  Por eso, mientras Guzmán no parece encontrar su lugar en el mundo en su vida post poder judicial, Garzón se sabe hábil comunicador y campeón de causas políticas y sociales a nivel mundial.

 

La presencia de Garzón siempre genera expectativas. El juez español sabe como hacerse notar. Su irrupción en la vida política chilena hace 8 años puso el acelerador a fondo a un proceso de cambio que avanzaba demasiado lento. Pero porque Chile avanzó a pasos apresurados en la consolidación de su democracia y ha dejado atrás la difícil y dolorosa memoria de la dictadura, la llegada de Garzón a Chile sólo producirá la repentina y fugaz polarización a las que nos hemos acostumbrado cada vez que la cotidianeidad nos recuerda que aunque su legado haya sido superado, Pinochet aún no ha muerto.