Alianzas

Patricio Navia

La Tercera, agosto 14, 2006

 

Así como resulta generalmente precipitado volver a casarse cuando recién se ha puesto fin a un matrimonio, el apresurado ingreso a CAN dice tanto sobre el resentimiento de Chile hacia nuestros socios de MERCOSUR como de nuestra incapacidad para aprender que las alianzas estratégicas se construyen con hechos concretos más que con  promisorias palabras.

 

Desde sus inicios, los gobiernos de la Concertación han buscado alianzas estratégicas en Latinoamérica. Porque la cuestión de la mediterraneidad ha dificultado cualquier avance con Bolivia y porque Fujimori realizó un autogolpe de 1992, Argentina era nuestra mejor opción. Porque Menem abrazó los mismos ideales de libre mercado que ha defendido la Concertación, la relación con Argentina avanzó a pasos agigantados durante los gobiernos de Aylwin y Frei. Los problemas comenzaron a aparecer durante el sexenio de Lagos. Pero pese a los cortes de gas y la discrecionalidad en el cumplimiento de contratos, los beneficios de esta alianza estratégica—que incluye creciente intercambio comercial y cuantiosas inversiones chilenas en Argentina—siempre fueron mayores que sus costos.

 

Pese a que había suficientes señales para ser más cautos, la entonces candidata Michelle Bachelet se entusiasmó a tal grado con esta alianza estratégica que la confundió con una alianza personal. En su frustrado cierre de campaña de primera vuelta, Bachelet había invitado personalmente a Cristina Kirchner. Si bien la senadora y primera dama argentina no pudo venir, Bachelet insistió en privilegiar la relación con Argentina durante las primeras semanas de su gobierno. Pero la crisis reciente del gas—y los coletazos posteriores que incluso alcanzan hoy a los productores de leche—llevan a muchos a cuestionar la conveniencia de mantener esta alianza estratégica. Tan mal van las cosas que nadie en el gobierno se hace cargo de la autoría ni defiende la frase.   

 

Pero en un acto de despecho diplomático, el gobierno de Bachelet ha anunciado su pronta incorporación a la desprestigiada y debilitada comunidad andida (CAN). Porque Chile ha encontrado nueva cercanía con el Perú de Alan Garcia y porque el derechista Álvaro Uribe en Colombia promueve también el libre comercio (aunque no su componente de justicia social ni las instituciones sólidas por sobre los personalismos), Chile parece ahora creer que su lugar en el mundo está en CAN mucho más que en MERCOSUR. Pero así como el compromiso con el libre comercio de la Argentina de Menem era más coyuntural que estructural, nada garantiza que CAN vaya a seguir por el mismo sendero de la apertura económica, social y cultural al mundo que le ha permitido a Chile ser el país más exitoso de la región.

 

Chile debiera apoyar todos los esfuerzos de nuestros vecinos por abrirse al mundo. Pero nuestro país no debiera entusiasmarse desmedidamente con ningún bloque regional hasta no ver resultados.