La próxima advertencia

Patricio Navia

La Tercera, junio 12, 2006

 

El nuevo estilo de hacer política de Bachelet anunciado pomposamente en su decálogo del día miércoles tiene un importante elemento en común con el tradicional y conocido estilo de hacer política desde La Moneda. El hilo siempre se corta por lo más delgado. Si el gabinete no ha funcionado de la forma que ella quería, Bachelet debe al menos reconocer que no logró convocar a “las y los mejores” como había prometido. Pero porque siempre resulta más fácil echarle la culpa a los demás, la Presidenta demostró que su nuevo estilo de “hacer gobierno” se parece mucho al que le conocimos a sus tres predecesores: la mejor forma de salir de una crisis de gobierno es a través de un ajuste de gabinete.

 

La decisión presidencial de congregar a todo su equipo de trabajo para leerles un discurso de admonición pasará a la historia como un embarazoso episodio que no tiene precedentes en los gobiernos de la Concertación. Con el discurso, del que nadie quiere atribuirse autoría, Bachelet explícitamente culpó a su equipo de gobierno de los errores de su administración. Pero hizo pagar a justos por pecadores al no individualizar destinatarios. Eso dio impulso a una serie de rumores sobre quiénes eran los secretos receptores de su advertencia y el nerviosismo cundió en el gabinete. Nadie parece saber quién sigue o quién se va. Independientemente de los regaños privados que pudo haber hecho, Bachelet invitó a la opinión pública a especular cuando optó por permitir a la prensa observar su regaño colectivo.

 

El separar aguas de sus ministros es una vieja táctica que usa todo presidente. Cuando hay victorias, el mérito es suyo. Cuando se producen desaciertos, los ministros son responsables. En ese sentido, al señalar que no quería individualismos, Bachelet olvidó añadir que su discurso precisamente buscaba precisamente separarla del desempeño de su equipo de trabajo. Cuando pidió lealtad a sus ministros, Bachelet ignoró que la propia ceremonia de reprimenda podía ser considerada como un acto de deslealtad con los que han sido bien evaluados. Peor aún: como los ministros son nombrados por exclusiva prerrogativa de la Presidenta, si alguno de ellos no ha funcionado la responsabilidad también es, parcialmente, de Bachelet.

 

En su discurso, Bachelet evidenció además una compleja contradicción. Por un lado, la Presidenta dijo privilegiar una democracia más participativa, donde el conflicto y las protestas son evidencia de progreso. Pero por otro, Bachelet dejó en claro que ella quiere tener las riendas del poder. La tensión entre participación y gobernabilidad es indiscutible. A menos que Bachelet encuentre un balance adecuado entre ambos objetivos, la próxima advertencia que se oirá en La Moneda será la que entreguen las encuestas sobre aprobación presidencial.