¿A ver quién lleva la batuta?

Patricio Navia

La Tercera, junio 3 2006

 

La oferta que realizó Bachelet para mejorar la calidad de la educación constituye una demostración de la determinación del gobierno de retomar las riendas de la agenda política. Aunque quedan problemas pendientes y la crisis desnudó preocupantes flaquezas en la conducción del país, Bachelet retomó ese liderazgo femenino, cercano y comprensivo, que le permitió convertirse en la primera presidenta de Chile.

 

La presidenta Bachelet logra sus mejores momentos cuando es capaz de combinar la visión de largo plazo (un Chile más incluyente y protector) con anuncios serios y responsables que permitan avanzar en esa hoja de ruta (“el máximo esfuerzo”). Como recordando cuando informalmente se convirtió en candidata presidencial—arriba de un tanque en una inundación—Bachelet alcanza sus mejores éxitos cuando combina su cercanía y capacidad de empalizar con la gente en un contexto de solidez, confiabilidad y responsabilidad. Al anunciar su paquete de medidas claras, responsables y posibles, Bachelet exitosamente reflejó cercanía en un contexto de gobernabilidad.

 

Pero, pese a ganar esta partida (los movilizados siempre pasan de héroes a villanos más temprano que tarde), persisten errores en el gobierno que contribuyeron a que la movilización estudiantil alcanzara a ser una cuestión de carácter nacional. A menos que Bachelet proceda a ajustar el modelo de trabajo de su gobierno, futuras crisis volverán a hacer tambalear a su administración. En primer lugar, Bachelet debe cumplir a cabalidad su promesa más importante respecto a su gobierno. Si bien prometió paridad de género, su compromiso a gobernar con “las y los mejores” fue más importante. Bachelet debe formar un gabinete de técnicos y políticos capaces de aprovechar la inmejorable oportunidad que tiene Chile para dar el gran salto al desarrollo con igualdad de oportunidades. Aún sacrificando el principio de paridad de género o el balance entre los diferentes partidos políticos, el gobierno de Bachelet debe contar con las personas más capacitadas para dirigir cada ministerio.

 

En segundo lugar, Bachelet debe permitir que sus ministros se hagan cargo a cabalidad de sus carteras. Más que preocuparse de lo que hagan los medios de comunicación o de evitar las filtraciones, La Moneda debe concentrarse en avanzar su agenda legislativa y su plan de gobierno. No hay mejor elemento unificador de las voluntades de los parlamentarios que la popularidad presidencial y los altos niveles de aprobación del gobierno. Para poder gobernar exitosamente, el gobierno debe permitir que los ministros tomen el control de sus carteras y que ejerzan de voceros en sus áreas respectivas.

 

Finalmente, Bachelet debe entender que su fortaleza radica en poder ser el rostro cercano en un gobierno poderoso, ordenado y eficiente. Su popularidad no nació de su liderazgo rodeado de personas participando y deliberando. Su plataforma a la presidencia estuvo en su sonrisa honesta y creíble arriba de un tanque en momentos de crisis. Para ser exitosa en La Moneda, debe rodearse de ministros que se constituyan en verdaderos tanques (¿nuevos panzers?) capaces de gobernar efectiva y ordenadamente de tal modo que ella pueda volver a parecer la sonriente conductora de un poderoso vehículo armado.

 

Si los estudiantes responden de modo inteligente, las movilizaciones se suspenderán por unos meses para darle tiempo al gobierno de implementar las reformas. Los estudiantes habrán salido victoriosos y Bachelet tendrá tiempo para corregir su estrategia de gobierno y retomar el estilo de liderazgo que le permitió llegar a La Moneda. Pero si la Presidenta insiste en el diseño de gobierno que mostró durante los primeros dos meses de su gobierno—o si los estudiantes rechazan la oferta y son capaces de mantener la alta adhesión a sus movilizaciones—este movimiento estudiantil será sólo la punta de un iceberg que refleje todas las falencias sociales y estructurales que aún caracterizan a nuestro país.