Un mal consejero

Patricio Navia

La Tercera, mayo 27, 2006

 

Si hubiera puesto más atención a lo que realmente está pasando en el Perú que a la advertencia del impopular presidente saliente Alejandro Toledo, el gobierno de Bachelet se habría evitado la seguidilla de errores y confusiones que provocó la decisión de acallar a Fujimori después que éste obtuvo su libertad bajo fianza. Porque Bachelet confundió los intereses del gobierno de Toledo con los intereses del Perú, su decisión de silenciar a Toledo tuvo más efectos en Chile que en la campaña presidencial peruana.

 

La política peruana es mucho más fluida que la chilena. Ollanta Humala es un fenómeno reciente en la arena electoral de ese país. El propio Toledo tuvo un meteórico ascenso hace 6 años. Pese a haber llevado al país a una crisis sin precedentes, Alan García logró reinventarse para convertirse en el más probable ganador de la segunda vuelta. Después de liderar las encuestas por meses, Lourdes Flores ni siquiera pasó a segunda vuelta. Las alianzas políticas son igualmente dinámicas. Pese a ser perseguido por Fujimori, Alan García reclutó al almirante en retiro Luis Giampietri, ex aliado de Fujimori y denunciado por violaciones a los derechos humanos. Pese a su virulento nacionalismo, Ollanta Humala tiene el apoyo de muchos líderes tradicionales de izquierda. Hace cinco años, muchos concertacionistas apoyaron entusiastamente la candidatura de Toledo. La decepción que se produjo cuando Toledo recurrió a un discurso anti-chileno para mejorar su aprobación doméstica debió habernos enseñado la lección. Cuando presionó al gobierno de Bachelet para evitar que Fujimori emitiera opiniones políticos, Toledo nuevamente estaba demostrando más preocupación por su propio futuro político que por el correcto desarrollo del proceso electoral en Perú.

 

Fujimori no ha sido un factor gravitante en Perú. Si bien parece preferir un triunfo de García que de Humala, Fujimori está pensando en las presidenciales del 2011. García va de salida y difícilmente se proyectará más allá del 2011. Además, las tentaciones populistas de su primer mal gobierno siguen presentes (pese a que él asegure haber cambiaodo). Fujimori estima que García no será un buen candidato el 2011. Pero Humala es impredecible. El ex militar puede convertirse en un aliado de Chávez, un nacionalista autoritario o incluso un defensor de un autoritarismo neoliberal (como alguna vez fue Fujimori). Por eso Fujimori prefiere ver ganar a García. Pero dado que los adeptos de Fujimori ya entienden esa lógica, las declaraciones de Fujimori no suman votos a García. Al contrario, proveen de municiones a Humala para enlodar a su rival acusándolo de estar asociado con el fujimorismo. Porque sabe que no es relevante hoy, las declaraciones de Fujimori buscan recordarle al electorado que él espera ser candidato el 2011. Porque también ha dado señales que buscará la presidencial en cinco años, Alejandro Toledo, más que García o Humala, se incomoda con la presencia de Fujimori. Pero los intereses de Toledo no son los intereses del Perú.

 

Porque entienden mejor la política de su país, las respuestas de García y Humala a Fujimori fueron mucho más atinadas que la reacción del gobierno chileno. Fujimori no es un factor relevante en esta campaña por la segunda vuelta. Pero porque Bachelet optó por oír la interesada advertencia de Toledo y se esmeró en acallarlo, las declaraciones de Fujimori terminaron produciendo mucho más ruido en Chile que en la recta final de la contienda presidencial peruana.