Participación ciudadana

Patricio Navia

La Tercera, mayo 6, 2006

 

Ya que cuando se siembran vientos se cosechan tempestades, el gobierno de Bachelet debe redefinir las expectativas de mayor participación ciudadana que se alimentaron durante la campaña. Es más urgente fortalecer la democracia representativa, la rendición de cuentas y la transparencia que enviar señales que induzcan a pensar que los problemas se solucionan protestando a la Alameda. Si bien resulta atractivo promover políticas que fortalezcan a la sociedad civil, las dos últimas protestas callejeras que dejaron detenidos y gigantescos daños materiales muestran la otra cara de la participación ciudadana.

 

Las democracias exitosas son esencialmente sistemas representativos. Aunque suene atractivo, la democracia participativa es impracticable. Tiene mucho más sentido escoger autoridades que gobiernen defendiendo nuestros intereses que intentar gobernar entre todos. Establecer mecanismos de control ciudadano es mucho mejor que prometer mecanismos de mayor participación. Así como uno quiere que el teléfono celular funcione sin tener que aprender los procesos tecnológicos y los marcos legales que regulan a las compañías, los ciudadanos necesiten que la democracia funcione sin que haya necesidad de salir a la calle con carteles—o piedras—para hacer presente las demandas. Si bien aprender personalmente sobre medicina resulta ventajoso, nadie cree que la medicina participativa puede reemplazar a los médicos y hospitales de calidad. Lo mismo ocurre con la democracia. Aunque es saludable que la opinión pública se muestre interesada, la participación popular nunca reemplazará a los buenos mecanismos de control ciudadano y a la transparencia. Algunos idealistas románticos recordarán la exitosa experiencia de los presupuestos participativos de Porto Alegre. Pero la evidencia—incluso en esa ciudad brasileña—es concluyente a favor de la democracia representativa.

 

Para que funcione bien, la democracia representativa tiene que ser competitiva, transparente y con mecanismos claros de rendición de cuentas. Una reforma a favor de la inscripción automática y el voto voluntario sería un gran primer paso. También hay que avanzar hacia la transparencia total en el financiamiento de las campañas políticas. Se precisa una reforma al sistema electoral que introduzca más competencia, sin debilitar los incentivos en pro de la gobernabilidad del sistema actual. Una mayor descentralización y reformas democratizadoras en los gobiernos regionales se hace urgente en un país donde todo el poder político—incluso en este gobierno ciudadano y participativo—se concentra en Santiago. Por último, los partidos deben tener procedimientos más transparentes en sus elecciones y también en su financiamiento.

 

Los mecanismos de rendición de cuentas y transparencia que hoy existen son claramente insuficientes. Las comisiones creadas por Bachelet, por ejemplo, ni siquiera tienen páginas web para informar de sus avances. Como respuesta al escándalo del Patio 29, el gobierno debiera hacer públicos todos los informes que existen respecto a lo ocurrido en el SML. La desclasificación de documentos es un paso esencial para promover la adecuada rendición de cuentas. Los cuestionamientos éticos a funcionarios del gobierno anterior que han ingresado a algunas industrias del sector privado cuyos resultados económicos dependen en buena medida del marco regulatorio subrayan la urgencia de una legislación sobre lobbying en Chile.

 

La elección de Bachelet constituyó un momento simbólico importante en nuestra historia. La presencia de miles de mujeres con bandas presidenciales paseándose por las calles fue una señal inequívoca de los avances en la consolidación democrática de Chile. Muchas chilenas y chilenos se sintieron más y mejor representados con la elección de una Presidenta ciudadana, cercana y cordial. El arte de gobernar obliga a asumir responsabilidades y tomar decisiones en representación de los gobernados. En vez de dar señales que sugieran que va a cogobernar con la gente, Bachelet debe tomar las riendas de una administración que ya cumple dos meses en el poder. Bachelet debe entender que para poder avanzar en la hoja de ruta que señaló su programa de gobierno necesita tomar decisiones que inevitablemente la llevarán a ganarse la enemistad y el rechazo de algunos grupos. Nadie puede gobernar exitosamente queriendo quedar bien con todos.

 

Las protestas callejeras que ocuparon la agenda política de la semana nos recuerdan algunas de las carencias que persisten en nuestra sociedad. En vez de prometer administrar la abundancia económica producida por el alto precio del cobre, el gobierno debe asumir la tarea de enfrentar los complejos desafíos—incluida la desigualdad y la generación de empleos mejor remunerados—que tiene por delante. En vez de idealizar la inviable democracia participativa, el gobierno debe abocarse a mejorar la calidad de la democracia representativa con reformas menos ostentosas pero indispensables para introducir más competencia, más transparencia y mejor rendición de cuentas a nuestro sistema institucional.