El retorno de las dos almas

Patricio Navia

La Tercera, abril 25, 2006

 

Ocasionalmente, la Concertación se trenza en disputas ideológicas que subrayan que su unidad se basa más en los éxitos del camino recorrido que en una visión común de futuro. Aunque al final del día siempre se imponen los consensos (el ejercicio del poder tiene una enorme capacidad de aunar voluntades), las fracturas ideológicas al interior de la Concertación no desaparecen. La tensión generada por el proyecto de ley de subcontratación laboral constituye la primera instancia en que las dos almas de la Concertación se enfrentan desde la llegada de Bachelet. Aunque su intención siempre ha sido buscar consensos, la Presidenta tiene ahora que dejar en claro con cuál de las dos almas concertacionistas está su corazón.

 

Hace casi 10 años ya, la disputa entre "autoflagelantes" y "autocomplacientes" remeció los cimientos de la Concertación. Aunque los primeros militaban en su mayoría en partidos de izquierda y los segundos pertenecían a la DC y al socialismo renovado, el alineamiento respecto del papel del Estado en la economía dejó en claro que en la Concertación la tensión entre libremercadistas y comunitaristas se traslapaba con la militancia partidista. Porque entonces intervino el Presidente Frei para acallar el debate, e implícitamente darles el triunfo a los autocomplacientes, la cuestión no pasó a mayores. Luego vino el arresto de Pinochet en Londres y el difícil triunfo de Ricardo Lagos. Aunque el debate volvió a surgir después del 2000, el escándalo de las coimas y la corrupción desvió la atención hacia cuestiones más urgentes.

 

En la campaña presidencial del 2005, el debate resurgió con nuevos bríos. Mientras la Corporación Expansiva hablaba de un Estado que promoviera más competencia y se dedicara a dotar de herramientas para que los marginados pudieran competir en igualdad de condiciones y en cancha pareja, otros abiertamente hablaban de un Estado protector que regulara fuertemente la competencia. Mientras unos se esmeraban en producir igualdad de oportunidades, otros querían igualdad de resultados. Comprensiblemente, Bachelet nunca se la jugó por ninguno de los bandos. Si bien tenía a Velasco a su lado, también nombró a Mulet (que insistía en rectificar el modelo económico) en un puesto clave en la campaña. Conciliadora y preocupada de sumar votos, Bachelet no se comprometió con ninguna de las opciones.

 

El nombramiento del gabinete reflejó la misma tensión. Mientras algunos ministros son fervientes defensores del modelo social de mercado (Velasco, Foxley, Lagos W., Bitrán, Poniachik, Antonijevich, Espejo, Blanlot), otros privilegian un Estado más interventor y activo en la economía (Zaldívar, Andrade, Veloso, Hardy, Zilic, Solís, Barría, Poblete, Schmidt, Rojas, Albornoz, Urrutia). Las dos almas de la Concertación han comenzado nuevamente a medir fuerzas. Si bien históricamente se ha impuesto el alma autocomplaciente de más mercado, los reclamos autoflagelantes han mantenido viva la preocupación con la distribución del ingreso y con programas de intervención social con los escasos fondos públicos existentes. El Estado ha podido ser pequeño pero musculoso porque hay voces que demandan más justicia distributiva y porque Hacienda se ha esmerado en mantenernos por la senda del crecimiento económico.

 

Hoy la ley de Subcontratación repone en el tapete las dos contradictorias visiones de mundo de la Concertación. Bachelet puede seguir el camino de sus predecesores y promover el neoliberalismo con un Estado más eficientemente redistributivo. Pero mientras no se pronuncie, las dos almas de la Concertación inevitablemente se disputarán espacios de influencia en La Moneda.

 

Si bien es saludable escuchar a la gente, la tarea primordial de todo gobierno es dirigir. Corresponde a la capitana del barco por los próximos cuatro años señalar la dirección a seguir. Mientras más se demore en hacerlo, más conflictos y tensiones se producirán al interior del gobierno y de los partidos de la Concertación.