El silencio de Bachelet

Patricio Navia

La Tercera, marzo 25, 2006

 

A menos que los partidos políticos chilenos realicen también su propia transición a la democracia, nuestro país eventualmente caerá en la senda del populismo personalista que dañinamente llena el vacío dejado por la inexistencia de partidos políticos estables, transparentes y legítimos en varios países de América Latina.

 

Después que se ha despejado el polvo levantado por las elecciones y los nombramientos del nuevo gobierno de Bachelet, los partidos políticos más importantes se preparan para renovar sus directivas. Pero en vez de ser testigos de una vigorosa discusión de ideas, hemos visto cómo los partidos se concentran en debates sobre procedimientos y reglas electorales y buscan sus nuevos liderazgos en rostros repetidos que no tienen muchas cosas nuevas que ofrecer. Los principios esenciales de democracia representativa parecieran no alcanzar a muchos partidos políticos. Desde declaraciones como que la excesiva democracia puede destruir a la UDI hasta esfuerzos solapados por evitar la celebración de elecciones directas en la DC, los partidos han dado un patético espectáculo de irrespeto por los valores democráticos republicanos.

 

Sin partidos no hay democracia estable, pero los partidos también se pueden constituir en los principales desestabilizadores de la democracia. A medida que Chile consolida su democracia, las colectividades deben hacer lo mismo. Porque reciben financiamiento público, el Estado debe exigir que los partidos demuestren al menos el mismo nivel de transparencia que las empresas estatales y los mismos niveles de democracia que los municipios. Ya que no hay una superintendencia de partidos políticos, y porque los parlamentarios son parte interesada a la hora de legislar sobre partidos políticos, La Moneda debe liderar la transición hacia la transparencia, el recambio y la democracia en los partidos.

 

Aunque los chilenos nos preciamos en ser una excepción en la convulsionada América Latina, el fantasma del populismo no nos es ajeno. Desde la frustrada experiencia de Carlos Ibáñez hasta las tentaciones corporativistas de la dictadura, los cantos de sirena del populismo se oyen repetidamente demasiado cerca. Por cierto, la Concertación constituyó una salvaguardia contra el populismo al privilegiar acuerdos de elite y restringir la participación de la ciudadanía durante los primeros años de la transición. Pero ahora que el discurso privilegiado es el del contacto directo con la gente, crece el riesgo de contagio con afanes populistas. Peor aún, porque la clase política no ha querido entender que el mejor antídoto contra el populismo es la consolidación de un sistema de partidos transparente, la posibilidad de que emerja un líder populista en Chile aumenta en tanto los partidos mejor resisten los esfuerzos por hacerlos más democráticos.

 

El problema de la legitimidad, democracia interna y renovación en los partidos cruza el espectro ideológico. Por ejemplo, los senadores Jovino Novoa y Camilo Escalona pueden tener pocas cosas en común, pero ambos concuerdan en que los liderazgos en los partidos se ganan con los años, y no necesariamente se legitiman con las mayorías ciudadanas en elecciones abiertas y transparentes.

 

El espectáculo reciente de la UDI reprimiendo el disenso recordó los peores días del gremialismo en La Moneda junto a Pinochet. Por su parte, aunque el PS celebra elecciones internas, Escalona es el gran articulador del poder socialista, porque maneja lealtades en los consejos nacionales más que por sus ideas sobre la ruta de la izquierda en el nuevo siglo.

 

Felizmente, desde la UDI hasta el PS, algunos militantes ya demandan recambio, transparencia y más democracia interna. Aunque la elite de los partidos dista mucho de propiciar la competencia interna y prefiere regular la voluntad de los militantes en vez de representar sus intereses, "más temprano que tarde" los aires de renovación entrarán también a los sótanos de poder de los partidos políticos. Lamentablemente, los mismos esfuerzos por extender los aires de cambio que la llevaron a La Moneda se enfrentan ahora al silencio cómplice de Bachelet. Aunque ella ha insistido en la necesidad de renovar rostros, su influencia parece inexistente incluso en su propio partido. Peor aún, pese a que correctamente se ha comprometido a reformar el sistema electoral, Bachelet no ha querido comprometerse a introducir reformas que hagan más transparente, democrático y participativo el sistema de partidos. De nada sirve que Bachelet hable de más participación ciudadana si no se reforman los partidos, la principal avenida donde se canaliza la participación ciudadana en las democracias.

 

De los ocho partidos que hoy existen en Chile, cuatro incluyen "democracia" en sus nombres. Pero el respeto irrestricto por la democracia interna no parece ser un valor fundamental en ninguno (UDI, DC, PPD y PRSD.)

 

Los otros cuatro partidos (RN, PS, PC, PH) también quedan mal respecto a privilegiar la participación popular y la transparencia en sus gobiernos internos.

 

La mejor forma que tiene Bachelet para cumplir su promesa de generar mayor participación es introduciendo reformas que obliguen a los partidos políticos a hacer su propia transición a la democracia.