Partidos políticos y ventanas rotas

Patricio Navia

La Tercera, marzo 11, 2006

 

Los partidos políticos son a las democracias lo que las ventanas a las casas. Así como una casa sin ventanas es sólo una bodega, una democracia no puede existir sin partidos políticos. Pero así como la solución para una casa con ventanas rotas no está en construir más paredes, nuestra democracia necesita reformas que democraticen los partidos políticos. Después de haber sido esenciales para recuperar la democracia, los partidos políticos chilenos se han quedado a la zaga en el proceso de modernización. A menos que se sumen al cambio a favor de la transparencia y participación ciudadana, la reputación de los partidos seguirá cayendo y, peor aún, la democracia terminará pagando los costos.

 

No hay ninguna democracia estable en el mundo sin partidos políticos. Pero no cualquier sistema de partidos es conducente a una democracia de mejor calidad. Cuando los partidos son transparentes, tienen reglas claras, promueven la rendición de cuentas y fomentan la participación ciudadana, la democracia sale fortalecida. Pero cuando los partidos privilegian los acuerdos de elites, los negociados a puertas cerradas a altas horas de la noche y desincentivan la participación de la gente, la democracia inevitablemente sale perjudicada.

 

Después de 16 años de gobiernos concertacionistas, la llegada de Bachelet ha imbuido a nuestra democracia de un aire de renovación que el mundo entero celebra. La decisión de la presidenta electa de nombrar un gabinete paritario con rostros nuevos evidencia que cumple su palabra de mujer. La inmediata aprobación popular a esta primera decisión de la Mandataria evidencia el anhelo de la gente por renovación.

 

Lamentablemente, los partidos de la Concertación—y también los de la Alianza—no han sabido entender el anhelo popular por mayor participación y transparencia que llevó a Bachelet a la presidencia. El propio partido socialista—donde milita la presidenta—está enfrascado en una lucha interna de poder donde abundan las caras repetidas y faltan las ideas nuevas. Si Chile es tan diferente a como era hace 16 años no se entiende por qué el PS sigue con los mismos líderes que cuando Pinochet dejó el poder. Naturalmente ayudaría que la Presidenta se la jugara más a fondo por el recambio de caras—y la promoción de ideas nuevas—en su propio partido. Esa sería la mejor señal del compromiso de Bachelet contra los platos repetidos y a favor de la renovación. Lo que es bueno para el país también es bueno para el socialismo. La casa que vio crecer al herrero tampoco debería tener cuchillo de palo.

 

El PPD, partido que nació con un claro perfil ciudadano, lidera hoy entre los descontentos porque sus operadores políticos fueron pasados por alto a la hora de repartir puestos. A menos que corrija rumbo, el PPD terminará siendo el Partido Por las Designaciones. El PRSD en cambio nunca ocultó su interés por lograr que su magro apoyo electoral se transforme en creciente influencia de puestos en el gobierno. Pero aunque el nombramiento de algunos subsecretarios deje contenta a la directiva, de nada le sirve al futuro del PRSD que la gente lo continúe asociando como el partido de las repartijas y las prebendas. Si quiere ganar credibilidad, el PRSD debería abocarse a la discusión de ideas y no preocuparse de recibir subsecretarías desde donde se puede repartir plata y contratos.

 

Los conflictos internos del PDC parecen patéticamente incorregibles. Enfrascado en una guerra civil larga y virulenta, el PDC arriesga que la opinión pública considere estas confrontaciones por el poder como inevitables en un partido que parece haber perdido su brújula con el fin de la guerra fría. Después de liderar responsable y moderadamente al país durante la primera década post Pinochet, el liderazgo del PDC está inmensamente más preocupado de sus peleas internas que de realizar propuestas que la vuelvan a convertir en el partido preferido por casi el 40% de la población.

 

La situación de la Alianza es trágica en tanto la vieja disputa entre RN y la UDI simplemente parece haber entrado en un nuevo capítulo después de la elección presidencial. Pero al menos, en RN hay más discusión sobre proyectos de futuro para el partido y el sector. Incluso en la UDI han surgido voces que llaman a una mayor participación de las bases en la toma de decisiones. Aunque Jaime Guzmán hubiera preferido—y sus seguidores en eso insisten—en un partido menos deliberante, más disciplinado y menos innovador, la fuerza de la democracia (alimentada por las ganas de dejar de estar del lado de los perdedores) soplan en el gremialismo con amenazante fuerza para los que prefieren el autoritarismo y las decisiones copulares.

 

Chile está por comenzar una etapa crucial en su avance por el sendero del desarrollo y la consolidación democrática. Si los partidos no se suben a la micro, el país entero terminará pagando los costos. Como posee un capital político enorme y porque del avance esta ola de democratización depende el éxito de su gobierno, Bachelet debería conminar a los partidos de su coalición—comenzando por el propio—a abrazar los principios de democracia, recambio y diversidad que caracterizan al nuevo gobierno.