Una derecha victoriosa

Patricio Navia

Febrero 25, 2006

 

Porque la mejor forma de asegurar la calidad de la democracia es a través de una competencia reñida entre las coaliciones, la renovación de la Alianza es esencial para el éxito futuro de Chile. En vez de intentar obstaculizar desde su posición de debilidad en el Congreso, la Alianza debiera agresivamente proponer iniciativas. Mientras más piense en el 2009 y menos se dedique a dificultar el cuatrienio de Bachelet, mejores opciones tendrá la derecha de evitar que la Concertación se mantenga en el poder por 24 años.

 

Ahora que Pinochet ha sido definitivamente sepultado políticamente (Lavín y Piñera renegaron de él en sus campañas) y que la Constitución de 1980 ya ha sido legitimada, la tentación a refugiarse en el legado autoritario dejó de existir en la derecha. Aunque algunos conservadores quieran defender el sistema binominal con dientes y muelas, la incoveniencia de mantenerlo es evidente.

 

A menos que la Alianza logre doblar una circunscripción senatorial el 2009 (algo que nunca ha pasado en el Senado y sólo cuatro veces en 300 ocasiones en la Cámara), la Concertación tendrá mayoría en el Senado hasta el 2014. Por eso, además de ser bueno para la democracia chilena, la Alianza debiera apoyar una reforma al binominal para evitar seguir en minoría en el Senado.

 

Pero si la desaparición del legado autoritario elimina una de las principales barreras que tenía la Alianza para llegar al poder, también la deja sin agenda política. Aunque la Alianza pensó que el discurso de combate a la delincuencia y cambio en el poder sería suficiente, la Concertación le robó el discurso de cambio al presentar a una mujer como candidata presidencial y supo defenderse frente a las acusaciones de mano débil contra la delincuencia (la sugerencia de construir una cárcel isla fue mucho más dañina para Lavín que para la Concertación).

 

La derecha necesita elaborar una plataforma coherente y razonable para terminar con la era concertacionista en La Moneda. Una buena forma de hacerlo es concordando primero una visión de país. Mientras la UDI y RN no compartan un ideal de país, cualquier proyecto de gobierno para el bicentenario será inevitablemente una colección de propuestas incoherentes e incluso contradictorias.

 

Mientras eso ocurre, sería útil que la Alianza revisara las 36 propuestas del programa de Bachelet y decidiera cuáles apoyar y cuáles apoyar previas modificaciones. Al hacerlo, la Alianza lograría posicionarse como interlocutor relevante-aún sin contar con suficientes votos en el Congreso para bloquear proyectos de ley- e incluso podría influir en las propias prioridades del gobierno de Bachelet.

 

Si la Alianza otorga su apoyo a algunas de las 36 propuestas, Bachelet tendrá dificultades para enviar primero las propuestas que la Alianza rechaza y dejar para después aquellas que producen consenso. La Alianza tiene una oportunidad inmejorable desde su condición minoritaria en el Congreso para introducir el consenso como un elemento esencial en la formulación de nuevas leyes.

 

Es cierto que han aparecido algunas voces en la derecha -principalmente en la UDI- que quieren terminar con la política de los acuerdos. Pero los líderes más razonables del sector entienden que el obstruir sin transar tiene costos demasiado altos. Es más sensato ofrecer colaboración para influir en la dirección que tome el gobierno (o incluso para denunciar después los errores y la actitud prepotente del gobierno).

 

En tanto la oposición de la derecha sea constructiva, y enfatice las diferencias con la Concertación explicando cómo las ideas de la Alianza podrían producir mejores resultados, la Alianza podrá anular uno de los principales argumentos de la Concertación: la gobernabilidad. Después de 20 años fuera del poder, el principal obstáculo que enfrentará la derecha el 2009 serán las dudas sobre su capacidad de dar gobernabilidad al país.

 

Las elecciones del 2005 demostraron que las elecciones presidenciales son cada vez más competitivas. Si la Alianza hubiera celebrado primarias en vez de llegar con dos candidatos presidenciales, habría tenido más posibilidades de llegar a La Moneda. Si el 2009 la derecha logra consensuar un mecanismo democrático para seleccionar a su candidato único, el discurso de cambio podrá tener un efecto mayor.

 

Si, a través de una actitud de colaboración y contrapropuesta, la Alianza logra reducir los temores de un electorado que se muestra reacio a expulsar a la Concertación del poder, entonces la elección del 2009 podrá ser para cualquiera. Si, en cambio, la Alianza le apuesta al obstruccionismo y la oposición sin transar, entonces su única posibilidad de éxito el 2009 dependerá de un fracaso de la gestión de Bachelet.

 

Pero un fracaso de Bachelet, además de hacerle mal país, fortalecerá las opciones de Ricardo Lagos para volver al poder. La oposición a todo terreno no es un buen camino para la Alianza.

 

Porque la democracia necesita la incertidumbre que producen las elecciones competidas -y porque nadie debería sentirse demasiado seguro en el poder- la decisión que tome la Alianza sobre el tipo de oposición que realizará parece ser tanto o más importante que las decisiones que tome Bachelet sobre la composición de su gobierno.