El consejero

Patricio Navia

La Tercera, enero 15, 2006

 

Aunque tenga multiplicidad de asesores en su comando, el consejero de más confianza de Michelle Bachelet conspicuamente se ha mantenido lejos de la campaña. Porque sabe que su nombre genera desconfianzas, Camilo Escalona ha privilegiado una ausencia tal que, irónicamente, subraya su gigantesca influencia.

 

Porque ella siempre fue una disciplinada militante del ala más izquierdista del PS, Bachelet desarrolló una intensa relación con el incuestionable líder del sector. Desde el exilio en Alemania, pasando por la militancia clandestina en dictadura y durante la transición, Bachelet estuvo ideológica y estratégicamente ligada a la corriente de Escalona. Aunque su popularidad en las encuestas emanó de su percibida cercanía con la gente, Bachelet nunca dejó de compartir la disciplina y el compromiso con su tendencia socialista.

 

Borges preguntó una vez “en una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida?” La respuesta, lógicamente, es “ajedrez.” Así también, al preguntar cuál es el consejero más importante entre multiplicidad de asesores influyentes, la respuesta recae en el que ha deliberadamente mantenido una excesiva distancia. Pese a haber sido uno de sus hombres más cercanos en los últimos 30 años, Escalona ha optado por mantenerse físicamente lejos. Incluso ha insistido en señalar que conversa poco con ella. Pero así como ambos conocían el peligro de la comunicación excesiva durante los difíciles años de la dictadura, Bachelet y Escalona no necesitan hoy contacto cotidiano para compartir la hoja de ruta del próximo gobierno.

 

Felizmente, Escalona se ha caracterizado por ser tan responsable y pragmático como es reconocidamente ideológicamente duro y de personalidad obstinada. Durante los 90, se ha consolidado como un hombre de estado que entiende la necesidad de consensuar acuerdos. Porque la clase política confía en su palabra, Escalona ha logrado combinar una dureza y obstinación en su estilo con un razonable pragmatismo. Pero si la terquedad las deja para su liderazgo en el PS, el pragmatismo y la negociación rigen su trato con sus socios de coalición y líderes de oposición.

 

Si bien su excesivo celo por la autoridad de los partidos a menudo lo llevan a ignorar a la sociedad civil, su lealtad es loable. Pero su obstinación lo ha llevado a cometer errores gigantescos. Su consejo de negociar con Adolfo Zaldívar la composición del comando bacheletista tuvo altos costos para la campaña. Aunque Bachelet insistió en organizar una campaña ciudadana, la negociación con Zaldívar terminó dejando a operadores políticos a cargo del comando. El híbrido de discurso ciudadano en boca de hombres de partido terminó costándole la primera vuelta a Bachelet.

 

La influencia de Escalona permite anticipar que Bachelet volverá a negociar con el liderazgo de los partidos. Desde la composición del gabinete hasta la selección de sus primeras iniciativas de ley, Bachelet lo negociará todo con los liderazgos partidistas. Pero así como ella debe aprovechar la disciplina partidista de Escalona también debe evitar contagiarse con la obstinación de su principal consejero que lo ha llevado a cometer gigantescos errores. Para no equivocar el rumbo, Bachelet debiera oír también a otros asesores al decidir sobre las grandes directrices de la hoja de ruta de su gobierno. Sólo así podrá aprovechar las fortalezas de Escalona y evitar caer víctima de los mismos errores que han hecho tropezar a su principal consejero.