Las promesas de Michelle

Patricio Navia

La Tercera, enero 7, 2006

 

Porque probablemente sea la próxima presidenta de Chile, el primer desafió de Michelle Bachelet después de ganar la elección será cumplir sus promesas de incorporar nuevos rostros e introducir paridad de género en su gobierno.

 

Aunque el pan se puede quemar en la puerta del horno, el satisfactorio desempeño de Bachelet en el último debate y las dificultades que ha tenido Piñera para remontar la enorme diferencia que le sacó la candidata oficial el 11 de diciembre hacen prever que la Concertación nuevamente se alzará con la victoria final. Por eso, si bien sería un error que el comando de Bachelet se dedique a repartirse el botín de victoria antes del 15 de diciembre, la opinión pública tiene todo el derecho de especular sobre la capacidad que tendrá Bachelet para cumplir las promesas de campaña que ha realizado.

 

De todas sus promesas, las dos a las que parece haberse comprometido más personalmente son la paridad de género y la intención de que nadie se repita el plato. Aunque los partidos de la Concertación nunca han estado demasiado comprometidos con la paridad (ningún partido incorporó la paridad de género en sus candidaturas parlamentarias) y sus líderes abiertamente cuestionan la conveniencia de gobernar exclusivamente con caras nuevas, Bachelet ha insistido en su intención de nombrar igual cantidad de hombres y mujeres en puestos claves. Pese a haber reculado respecto a su determinación inicial de que nadie se repitiera el plato, Bachelet ha insistido en decir que quiere incorporar nuevos rostros (y presumiblemente apellidos ajenos a la oligarquía concertacionista) a su gobierno.

 

Si bien es inconveniente establecer la prohibición de repetirse el plato como un principio inviolable (sería inoportuno, por ejemplo, que la selección brasileña adoptara igual principio para escoger a los jugadores que participarán en el próximo mundial de fútbol), la intención de incorporar caras nuevas refleja el mismo ideal de renovación que inicialmente dio fuerza a la propia candidatura de Bachelet. Porque ella consolidó su liderazgo desde la ciudadanía, imponiéndose ante partidos reacios a nominar a una mujer, Bachelet sabe que sólo podrá introducir diversidad al gobierno a través de un mandato electoral. Si bien ha tenido que hacer concesiones al formar su comando de campaña, y la emergencia de la segunda vuelta la llevó a reclutar viejos tercios de la Concertación para ordenar a un equipo nervioso e inexperto, Bachelet repetidamente declara que tiene un liderazgo diferente (femenino, incluyente) y que para ser buen presidente hay que saber escuchar e incorporar nuevas personas.

 

Pero siempre resulta más fácil hacer promesas que cumplirlas. Al prometer paridad de género y advertir que nadie se repetiría el plato, Bachelet adquirió dos compromisos que se convertirán en inequívocas señales sobre su carácter como gobernante y sobre el valor de su palabra empeñada. Cuando dijo que nadie se repetiría el plato, Bachelet sabía las ventajas y desventajas de incorporar sólo caras nuevas. Porque la suya fue una declaración ambiciosa, Bachelet no debería ceder a la presión de los partidos por reinterpretar sus dichos (nadie que ahora sea ministro de una cartera mantendrá la misma cartera). Lo suyo fue una promesa de recambio. Aunque tenga sentido incorporar un par de figuras conocidas a su gabinete, la demanda popular—y su propio compromiso personal—obligan a Bachelet a respetar sus palabras y nombrar un gabinete donde abunden las caras (y los apellidos) nuevos. El suyo debe ser un gobierno donde la diversidad de género (aunque no necesariamente la paridad) y la incorporación de rostros nuevos (no necesariamente todos jóvenes) sean la principal característica. Es verdad que su triunfo parcialmente se vaya a deber a la capacidad de los veteranos Sergio Bitar y Andrés Zaldívar para ordenar la campaña y disciplinar voluntades concertacionistas. Pero Bachelet no debiera abandonar el compromiso que la llevó a asumir la demanda popular por una candidatura de recambio. El suyo debe ser un gobierno con más diversidad de género (y también de origen social), donde las caras nuevas sean la tónica y donde los viejos cracks constituyan sólo el necesario apoyo para las figuras emergentes.

 

A una semana de las elecciones, y con las mejores opciones de convertirse en la primera Presidenta de Chile, Bachelet debe saber que su primera gran señal de gobierno será el momento en que anuncie a su nuevo equipo. Aunque los partidos se opongan y las estructuras de poder de la Concertación insistan en que no es necesario incorporar nuevos rostros y que basta con la sillita musical (donde los mismos de siempre cambian de puestos), Bachelet no debiera renegar de sus promesas. Si bien ella no podría haber ganado sin los partidos de la Concertación, su legitimidad  emana de un electorado que creyó y se entusiasmó con la idea del recambio y la diversidad. Porque las promesas de la paridad de género y las caras nuevas fueron hechas desde el corazón, y porque nunca consideró necesario rectificarlas, Bachelet deberá asumir ese compromiso realizado y demostrar que la palabra de la Presidenta de Chile vale.