Jefe de campaña

Patricio Navia

Diciembre 31, 2005

 

Si logra sortear con éxito su último gran desafío, Ricardo Lagos se convertirá en uno de los presidentes más exitosos en toda la historia de Chile. Para que el suyo sea el legado más imponente, Lagos debe demostrar ser un jugador de equipo, convirtiéndose en el más desinteresado y abnegado trabajador voluntario por Bachelet.

 

Si bien existe consenso sobre los éxitos de su sexenio, Lagos también presenta debilidades ya indiscutibles. Su obsesión por inmiscuirse en todos los temas de gobierno le han producido grandes dolores de cabeza. Pese a insistir inoportunamente en haber puesto fin a la transición (su intento por rubricar su nombre en la Constitución de Pinochet refleja su ambición por convertirse en fundador del nuevo Chile), Lagos nunca pareció interesado en transformar la estructura de la Concertación de la misma forma como transformó la infraestructura física del país.

 

Aunque la coalición oficialista obtuvo un 51% en las últimas elecciones parlamentarias, su falta de cohesión interna hizo muy difícil que Bachelet pudiera elaborar una plataforma que convocara a la cada vez más dispersa Concertación. Pese a haber transformado profundamente el país, la coalición de gobierno demostró poca capacidad de modernizarse a sí misma. Durante su administración, Lagos sistemáticamente ignoró sus problemas de unidad. Porque muchos creyeron que al reemplazar pantalones con faldas el electorado no percibiría que la Concertación estaba quedándose sin ideas nuevas, el debate propiciado por Piñera sobre cuáles son los cimientos en que se funda la coalición de gobierno sorprendieron a la coalición oficialista.

 

Después del inesperado (e injustificado) desorden que invadió a toda la Concertación la semana posterior a las elecciones, la llegada al comando de Andrés Zaldívar y Sergio Bitar -portadores del más puro ADN concertacionista- ha hecho retornar la calma al oficialismo. Pero para evitar correr riesgos, la Concertación hoy necesita la participación activa de la más popular de sus figuras.

 

Como para suplir la poca preocupación que tuvo en su sexenio por la coalición que lo llevó al poder, Lagos ha decidido comenzar a hacer activamente campaña por Bachelet. Utilizando su incuestionable derecho a apoyar públicamente a su candidata presidencial, Lagos parece decidido a convertirse en el jefe de campaña en la segunda vuelta. Además de facilitar la incorporación de su ministro de Educación Sergio Bitar al comando de la candidata y de colaborar con iniciativas de ley que pretenden desnudar (torpemente) las falencias de Piñera y de su frágil Alianza con la UDI, Lagos ha utilizado su plataforma como Jefe de Estado para hacer abierto proselitismo político.

 

Porque es tremendamente popular y porque el suyo ha sido un buen gobierno, la participación de Lagos en la campaña habría tenido sentido desde un comienzo de la campaña. Pero porque sus fortalezas subrayan algunas debilidades de Bachelet, el comando de la candidata optó inicialmente (no sin cierta razón) por prescindir de Lagos.

 

Pero dados los resultados, la inusitada irrupción -aparentemente consensuada con Bachelet- de Lagos en la ya iniciada campaña por el balotaje hace sentido.

 

Aunque Lagos debe ser cuidadoso tanto de las formas como del fondo. Si bien es comprensible que él quiera utilizar su capital político para cerrar su sexenio de la mejor manera posible (entregando la banda a la primera mujer que llega a La Moneda), su entusiasmo por ayudar no debe llegar hasta el punto de convertirlo en centro de atención. Bachelet necesita laboriosos voluntarios, no líderes alternativos que opaquen su figura.

 

En la medida que use su capital político, sustrayendo su imagen y su liderazgo y potenciando el de Bachelet, el legado de Lagos crecerá. Pero si se convierte en un jefe de campaña que captura la atención para sí mismo, entonces los resultados de la elección del 15 de enero se volverán a teñir de incertidumbre.