Cabos sueltos

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 11, 2005

 

Unos días antes de la elección presidencial, el Presidente Lagos ha terminado de atar todos los cabos sueltos de su sexenio. Aunque una victoria de Bachelet le ayudará a cerrar en forma inmejorable su periodo, Lagos sabe que el peor escenario que pudiera haber enfrentado como ex presidente ya no se materializará. Porque las investigaciones del escándalo GATE han sido—casi todas—prescritas, Lagos puede ahora prepara su salida triunfal.

 

Que duda cabe, Lagos fue un gran presidente que dejó un buen legado. Pero todos los legados tienen sus bemoles. Y los recuerdos que desafinarán la sinfonía de Lagos en el concierto de la historia son particularmente lamentables. Pese a que Lagos se esmeró en ser el gran presidente de las instituciones, demostró menos respeto del necesario por la independencia y autonomía de los poderes del estado—especialmente el poder judicial—cuando era más importante hacerlo.

 

La errática y contradictoria forma en que el gobierno enfrentó los escándalos de corrupción dejan claro que resulta mucho más fácil decir que las instituciones funcionan que demostrarlo con la presidencia de influencia. El Presidente Lagos, pese a haber anunciado determinación para terminar con los casos de corrupción (caiga quien caiga) terminó por permitir—sino alentar—que se desplegara una red de influencia destinada a blindar tanto al primer mandatario como a sus más cercanos colaboradores que se vieron involucrados en el caso MOP-GATE. Aunque esa investigación tiene muchas aristas—unas más justificables que otras—varias de ellas se acercaban al grupo íntimo de Lagos. La reciente decisión de la Corte de Apelaciones de prescribir posibles irregularidades ocurridas cuando Lagos fue Ministro de Obras Públicas aleja la posibilidad que sea llamado a declarar una vez que deje La Moneda.

 

Pero ya que una prescripción no es lo mismo que una absolución, la forma en que la defensa del círculo íntimo de Lagos aprovechó esta figura legal equivale a decir ‘no es cierto, y si fue cierto, ya no importa.’ Ese tipo de frases las podemos esperar de un ex dictador, no de un líder que aspira a entrar a la historia como uno de los grandes. Mucho menos de un Presidente que insistió en que las instituciones funcionan. Las instituciones deben funcionar adecuadamente. Eso incluye estándares éticos de probidad que sean sustancialmente más estrictos para las autoridades. Es cierto que la investigación de la Jueza Chevesich rayó en la irresponsabilidad y en el exceso de protagonismo (su declaración de ‘la contienda es desigual’ demostró que ella no es objetiva y tiene evidentes prejuicios), pero los errores de la jueza no exculpan la indebida influencia que aparentemente ejercieron cercanos a Lagos para asegurarse que la investigación no llegara a enlodar la figura del ex presidente.

 

En las democracias desarrolladas, las responsabilidades penales van por carriles diferentes de las responsabilidades políticas. La decisión de la Corte de Apelaciones exculpa penalmente a Lagos, pero las responsabilidades políticas de lo que ocurrió en el escándalo MOP-GATE no desaparecen con la misma facilidad. Aunque el país esté ahora interesado en el proceso electoral y los ojos estén puestos en el futuro, resulta necesario subrayar que la decisión de la Corte de Apelaciones sólo prescribe las responsabilidades penales. Las aristas políticas y morales lo de lo que motivó el escándalo MOP-GATE y de la forma en que se desenvolvió el proceso, con acusaciones de tráfico de influencias, indebidas presiones y veladas amenazas no prescriben en los anales de la historia.

 

La forma en que el gobierno de Lagos intentó intervenir e influir en la independencia y autonomía del poder judicial pasarán a la historia como una innecesaria mancha en su hoja de vida. Cuando más tenía que demostrar que creía en el funcionamiento de las instituciones, más activo fue Lagos para asegurarse que las instituciones funcionaran en la forma que más conveniente le resultaba a él.