Hirsch, Bachelet y la izquierda latinoamericana

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 5, 2005

 

El destacado rol que tuvo Tomás Hirsch en las protestas contra la presencia de George W. Bush en Argentina refleja tanto su creciente popularidad como referente de la izquierda chilena en América Latina como la falta de interés de Bachelet de ocupar un puesto que parecía naturalmente destinado a ella.

 

Después de su excelente desempeño en el debate televisivo, Hirsch se ha convertido en la revelación de la campaña. Aunque su crecimiento en algunas metodológicamente discutidas encuestas refleje más la creciente debilidad de Lavín y Piñera que su fortaleza, la presencia mediática de Hirsch ha llevado a algunos a creer que puede subir tanto su votación a costa de Bachelet que forzará una segunda vuelta. Lo que no pudieron hacer ni juntos ni separados Piñera y Lavín lo estaría logrando Hirsch.

 

Hirsch ha logrado darle a la izquierda extraparlamentaria la vitalidad que ésta no tuvo con Gladys Marín. Porque representa una propuesta incluyente, tolerante y hasta buena onda, la izquierda latinoamericana puede ver en Hirsch a una alternativa que complemente y enriquezca los liderazgos más combativos y tradicionales de Hugo Chávez y Evo Morales. Irónicamente, incluso la versión chilena de la izquierda antisistema incorpora elementos del mercado cruel y de la profunda desigualdad social que impera en nuestro país. Hirsch vende bien porque no es lo mismo que un líder indigenista diga que Bush es terrorista a que lo señale un empresario que ha sabido ganar dinero con el capitalismo. El representante de los excluidos en Chile proviene de los mismos estratos sociales de los que tradicionalmente han salido todos los gobernantes de nuestro país.

 

Pero la sorpresiva fortaleza de Hirsch—que aprendió más que Lavín de la campaña de 1999—no termina de esconder sus evidentes debilidades. A pesar de ser articulado en su crítica al modelo, Hirsch no ofrece un modelo alternativo. Sus propuestas de política económica tienen la misma seriedad que la propuesta de cárcel-isla de Lavín para terminar con la delincuencia. Peor aún, a la hora de alegar que en Cuba si hay democracia, Hirsch demuestra que también ha tenido que tragarse sapos políticos para lograr el apoyo del comunismo chileno. Como candidato que recién entra en campaña, Hirsch ha seducido con la frescura de su presencia. Pero a la hora de votar, disminuye el entusiasmo inicial por candidatos nuevos en la medida que carecen de propuestas concretas y posibles de políticas de gobierno. Así y todo, la fortaleza de Hirsch subraya, más que un problema para Bachelet, la evidente crisis que tiene a la derecha luchando para evitar que su guerra civil termine costándole incluso preciosos escaños en el congreso nacional.

 

Hirsch se ha convertido en símbolo de la izquierda chilena en América Latina. Pese a ser el gobierno izquierdista más exitoso de la región, Lagos no se ha ganado el cariño de su sector en el continente. Los izquierdistas latinoamericanos reconocen los méritos de Lagos, pero admiran más a Hugo Chávez. La demostración que la izquierda puede gobernar para producir más crecimiento, menos pobreza y más equidad parece ser menos importantes para los izquierdistas de la región que la defensa de la utopías irrealizables y los discursos combativos carentes de mejoras concretas para los más postergados. Aunque Lagos represente el sendero de éxito económico y de abundantes frutos electorales, la izquierda parece preferir el discurso combativo y las posiciones de choque que históricamente han devenido en el autoritarismo y el populismo en América Latina. La popularidad de Hirsch en la izquierda latinoamericana subraya la mayor injusticia que ha sufrido el Presidente Lagos en su sexenio. Aunque la suya sea la mejor vía para la consolidación de la izquierda en el poder, la izquierda latinoamericana no supo aprovechar su legado. Los aplausos que la izquierda continental otorga a Hirsch no los recibe con el mismo entusiasmo el presidente Lagos de aquellos que más deberían aplaudirlo.

 

Correctamente, Bachelet ha optado por ser la candidata del continuismo. Aunque al comienzo de su campaña algunos advirtieron preocupados que la Concertación tendía a izquierdizarse y varios en el PS celebraron la ascensión al poder de una mujer históricamente identificada con el ala más dura del socialismo, Bachelet ha dado señales claras de ser mucho menos rupturista con Lagos de lo que el actual presidente fue con Frei en 1999. Mientras Hirsch marcha contra Bush, Bachelet se aboca a preparar su futuro gobierno. Por eso, el electorado de izquierda chileno se enfrenta hoy a una disyuntiva similar a la que llevó a la izquierda latinoamericana a aplaudir a Hirsch e ignorar a Lagos. En la medida que la izquierda nacional se deje llevar por la más loable de la utopías—aquella que puede convertir sueños en realidad—y no se deje seducir por los cantos de sirena de la protesta fácil sin propuestas concretas de cómo construir futuro, Bachelet logrará un triunfo en primera vuelta. Si en cambio Hirsch termina forzando una segunda vuelta, Bachelet tendrá que pagar el costo de haberse puesto con demasiada honestidad el sombrero del responsable continuismo.