La fácil campaña de Bachelet

Patricio Navia

La Tercera, octubre 22, 2005

 

A 56 días de la elección presidencial, se acaba el tiempo para que la derecha haga algo para evitar una victoria concertacionista. Ya que la Alianza optó por ventilar sus conflictos internos en vez de construir una alternativa de gobierno, la democracia chilena saldrá debilitada. Peor aún, porque ganará sin haber tenido que enfrentar las dificultades típicas de una elección reñida, Michelle Bachelet tendrá que aprender en La Moneda muchas cosas que resulta sumamente útil aprender cuando las campañas electorales son disputadas hasta el último minuto.

 

Después del bajo rating y poco acontecido debate del miércoles, quedó meridianamente claro que el reloj juega cada día más a favor de Bachelet. Porque ninguno de los dos ha logrado imponerse como mejor candidato, Joaquín Lavín y Sebastián Piñera están dando una clase magistral de destrucción mutua en la derecha. Enfrascados más en una batalla de egos y caprichos personales que en una disputa por dotar a la Alianza de una propuesta ganadora, Lavín y Piñera dan la impresión de que la derecha está más interesada en debilitar la democracia que en fortalecerla. Porque para que haya democracia de verdad se precisan al menos dos coaliciones con intención de ganar, la ausencia de competencia producida por la superflua disputa derechista por un irrelevante segundo lugar constituye una amenaza a la democracia bastante más inmediata que la vergonzante desigualdad que existe en Chile.

 

La Concertación ganará esta elección presidencial sin que su abanderada haya sido puesta ni siquiera cerca de la espada o de la pared. Lavín y Piñera han sido incapaces de trabajar coordinadamente. Cada vez que intentan subrayar las debilidades de Bachelet, terminan haciéndose mutuamente zancadillas. De hecho, los momentos en que la abanderada oficialista se vio en mayores aprietos provinieron de fuego amigo. Desde las declaraciones del ex Presidente Aylwin, cuestionando sus credenciales para ocupar la Primera Magistratura, hasta el ofensivo comentario de Nicolás Eyzaguirre ("mi gordi") tuvieron más repercusión que cualquiera de las acusaciones del cada día más belicoso Lavín.

 

En la Concertación, algunos equivocadamente celebran esta ruptura de la derecha. Además de no entender que la mejor garantía de unidad para la Concertación es una derecha realmente competitiva, ignoran también que mientras más débil la Alianza más posibilidades hay que la Concertación termine carcomida por la corrupción, el nepotismo, el amiguismo y el abuso de poder. No hay mejor motivación que tener un competidor ansioso por ocupar nuestro lugar. Otros concertacionistas especulan sobre el efecto futuro que tendrá el resultado de la competencia entre Lavín y Piñera. Pero sólo marcará un nuevo capítulo en este largo conflicto entre RN y la UDI por dominar el sector. Una derrota del ex alcalde no pondrá fin al proyecto UDI ni la derrota del empresario producirá un dominio hegemónico del gremialismo.

 

Fascinados por la viga en el ojo ajeno, muchos concertacionistas no ven la creciente paja en el ojo propio. Bachelet no ha asumido una postura entre autoflagelantes y autocomplacientes. La doctora no ha aclarado su posición sobre la evidente contradicción que existe entre el discurso de corrección del modelo económico de Adolfo Zaldívar y las propuestas abiertamente continuistas de sus asesores económicos. Ya que les lleva más de 20 puntos de ventaja en las encuestas, Bachelet no ha tenido que mencionar a ningún potencial ministro ni ha debido especificar los detalles de ninguna de las propuestas de su programa. Porque Lavín y Piñera están enfrascados en una guerra fratricida por el segundo lugar, a la abanderada la campaña le ha salido fácil.

 

Sólo la competencia contribuye a mejorar la calidad de la oferta. A diferencia de Ricardo Lagos, quien tuvo que hacer mucha campaña para ganar, la ex ministra de Salud y Defensa se ha tomado más días libres en su campaña que ningún otro candidato concertacionista desde el retorno de la democracia. La culpa no es suya. Es más, sería contraproducente que trabajara más de lo que necesita para ganar. Pero la ausencia de una candidatura viable de derecha le ha hecho las cosas demasiado fáciles. Bachelet no ha sudado la gota gorda para ganar esta elección. Peor aún, no tuvo ocasión de aprender en la campaña muchas de las lecciones sobre la administración del poder, toma de decisiones difíciles y capacidad de reaccionar adecuadamente ante enormes presiones. No es lo mismo ser ministro que candidato presidencial del oficialismo acosado por un retador poderoso y con posibilidades de ganar. Los desafíos de un Presidente se parecen mucho más a lo que sintió Lagos contra Lavín en 1999 que a los que enfrentó Bachelet en Salud y Defensa.

 

Porque la derecha optó por transformar la elección en un campo de batalla para ventilar sus disputas internas, la ex secretaria de Estado llegará a La Moneda sin haber pasado la dura prueba de una campaña electoral competitiva.