Promesas y platos repetidos

Patricio Navia

La Tercera, octubre 1, 2005

 

Cuando se comprometió a que en su gobierno ningún ministro se repetiría el plato, Michelle Bachelet exitosamente se hizo cargo de un deseo de recambio que existe en el electorado después de 16 años de Concertación. Pero al no especificar su significado, Bachelet deja en claro que esa es una promesa difícil de cumplir en una coalición de gobierno repleta de poderes fácticos. Es más, en algunos casos tanto recambio incluso puede ser una mala idea. Como la sinceridad y la candidez están entre sus principales fortalezas, la doctora socialista debiera evitar hacer promesas vagas y ambiguas que lleven a pensar que el suyo será un gobierno de más de lo mismo.

 

Es cierto que cada día es más difícil que la fracturada derecha evite la cuarta victoria presidencial consecutiva de la Concertación. En tanto Lavín y Piñera continúen empatados, sus mejores intenciones de criticar exclusivamente a Bachelet se verán frustradas por la necesidad de competir por los votos del mismo sector. Peor aún, el electorado seguirá castigando la incapacidad de RN y la UDI para convertirse en una alianza capaz de dar gobernabilidad. Mientras la derecha insista en jugar a perdedor, la Concertación tiene la victoria asegurada.

 

Pero Bachelet ganó la nominación concertacionista porque supo personificar el deseo de renovación que existe en un electorado agradecido pero cansado con las mismas caras de siempre en estos 16 años de Concertación. Su popularidad se debe tanto a que ha sido capaz de representar recambio mezclado con sana continuidad, como a la correcta percepción que ella es una mujer que dice lo que piensa y piensa lo que dice.

 

Por eso, cuando anunció que en su gobierno habría paridad de género y que nadie se repetiría el plato, la opinión pública entendió que Bachelet señalaba un cambio cualitativo respecto a sus tres predecesores. Los hombres de la transición darían paso a las mujeres y hombres de la construcción de una mejor democracia. En una campaña donde la ausencia de competencia real le ha permitido no tener que realizar muchas promesas, Bachelet voluntariamente decidió comprometerse con dos objetivos de recambio y diversidad: más mujeres y solamente caras nuevas.

 

Es cierto que algunos avezados operadores han querido acotar la declaración de Bachelet sugiriendo que 'nadie que sea ministro el 10 de marzo de 2006 seguirá en el mismo ministerio'. Pero esa interpretación minimalista atenta contra el espíritu y el contexto de la promesa de Bachelet. Esa es una interpretación impropia para las palabras de una mujer franca, sincera y directa.

 

Los resquicios legales y formales corresponden a los políticos de siempre, no a Bachelet. Por eso, a menos que quiera alimentar los rumores sobre una rápida transformación en mujer de partido y de camarillas -que circulan desde su evidente negociación con Adolfo Zaldívar para excluir a la disidencia DC del comando de campaña presidencial-, Bachelet debiera aclarar honesta y francamente el sentido de sus palabras.

 

Bien pudiera decir que se equivocó, que se extralimitó y que no corresponde excluir a aquellos que han desarrollado un desempeño brillante. Ministros en ejercicio -como Sergio Bitar, que ha transformado a Educación en la cartera estrella en estos últimos dos años- o ex miembros de gabinete, parlamentarios que se retiran y otros altos funcionarios públicos de notable desempeño bien pudieran tener puestos en el futuro gobierno. Si quiere gobernar con los mejores, Bachelet no necesita excluir de antemano a nadie. Bien pudiera ser que algunos merezcan repetirse el plato.

 

Pero para ser verdaderamente incluyente, Bachelet necesita combatir la tendencia a la reproducción y el nepotismo que parece consolidarse en la coalición de centro-izquierda. Las familias fundadoras de la Concertación copan demasiados puestos de gobierno. Su influencia llega incluso al propio comando de Bachelet. De nada sirve que las caras nuevas tengan los apellidos de siempre. Cuando prometió que nadie se repetiría el plato, muchos entendimos que Bachelet quería decir que el suyo sería un gobierno plural, donde todos tuvieran las mismas oportunidades para participar: desde los excluidos de antes hasta los que han estado en puestos claves y han desempeñado un excelente trabajo. Ya que su promesa se presta a la ambigüedad, corresponde que, haciéndole honor a su reputación de mujer sincera-y demostrando que las suyas no son vacías promesas repetidas-Bachelet aclare qué quiso decir cuando prometió que nadie se repetiría el plato.