¿Antecesor o sucesor?

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 25, 2005

 

Porque no sabe si será sólo su antecesor o también su sucesor, Michelle Bachelet necesita tener un plan para abordar eventuales futuros roces con Ricardo Lagos. La necesidad de consolidar su propio liderazgo y de evitar tempraneros rumores sobre una nueva candidatura Lagos el año 2009 hará que éste sea uno de los desafíos más difíciles de Bachelet.

 

La persona que probablemente ocupará La Moneda tiene más diferencias que similitudes con el Presidente Lagos. Aunque ambos pertenecen al bloque izquierdista de la Concertación, Bachelet siempre fue una disciplinada militante socialista de bajo perfil. Lagos, en cambio, se preparó para La Moneda desde su juventud y a fines de los 80 fundó su propio partido. Si Lagos se impuso como candidato gracias a su brillante desempeño como ministro y por tener una visión clara del país que quería construir, Bachelet se animó a ser candidata sólo cuando las encuestas la pusieron en expectante lugar.

 

Si el liderazgo de Lagos se ha legitimado desde la elite hacia la gente, la elite concertacionista aceptó a Bachelet cuando entendió que su candidatura era inevitable. Si Lagos ganó la elección a pesar del difícil momento económico que vivía el país y de la baja popularidad de su predecesor, Bachelet le deberá parte de su éxito al excelente desempeño de Lagos y al buen momento económico por el que atraviesa Chile.

 

Pero la principal diferencia entre ambos emana del tipo de liderazgo que creen debe ser ejercido desde La Moneda. Lagos se acerca al más puro modelo francés del gran hombre de Estado que está por sobre los asuntos cotidianos. Lagos es la versión republicana y democrática del déspota ilustrado. Todo para el pueblo, pero sin que el pueblo participe de la toma de decisiones. Lagos encarna la identidad republicana. Por eso repite a menudo que él entiende lo que es mejor para Chile y sabe hacia dónde está conduciendo el país. Lagos quiere ser el iluminado y visionario conductor de un Chile disciplinado, donde las instituciones funcionan, pero donde nadie osa cuestionar la sabiduría, sapiencia y rectitud del líder (y de su familia).

 

Bachelet, en cambio, parece preferir un modelo mucho más participativo. Los diálogos ciudadanos de su campaña difieren diametralmente del énfasis pedagógico que pretendía Lagos al explicar sus planes de gobierno durante su campaña. Aunque siempre puso especial atención a las encuestas, Lagos tuvo claro hacia dónde quería guiar el barco nacional. En cambio, Bachelet subraya con insistencia que las prioridades de su gobierno emanarán de las conclusiones que produzcan las diversas instancias de diálogo que ha privilegiado su campaña. Bachelet no buscó ser popular para poder ser presidenta. Ella será presidenta porque primero fue popular.

 

Nunca es fácil reemplazar a un presidente popular, exitoso y omnipresente. Pero sería un suicidio político no pretender hacerlo. Bachelet necesitará dotar de su propio estilo su cuatrienio en La Moneda. Las inevitables comparaciones con su predecesor la obligarán a construir su liderazgo subrayando diferencias de estilo, de énfasis y de fondo con el sexenio de Lagos. Mientras más participativo su gobierno y más cercana la mandataria, más clara será la diferenciación con Lagos. Inevitablemente, esa estrategia será interpretada por Lagos como una crítica velada. Incómodo al haber perdido poder y con una prensa ansiosa por declaraciones donde deslice críticas, el futuro ex presidente caerá en la tentación de opinar sobre el gobierno de su sucesora (todos los ex presidentes, aunque sea por error o por exabrupto, lo hacen).

 

Bachelet, entonces, deberá demostrar sus mejores habilidades políticas para evitar responderle al ex mandatario y para castigar el exabrupto. Será la mejor ocasión para consolidar su propio liderazgo y estilo. Así logrará matar a su padre político. Si lo hace bien, Bachelet evitará convertirse en un mero paréntesis de una presidencia de Lagos, quien desde marzo del 2000 nos invitó a soñar con el bicentenario de 2010.