Tapar el sol con un dedo

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 24, 2005

 

Al poner su firma en el lugar de la de Augusto Pinochet en la Constitución de 1980, Ricardo Lagos intentó quedar para la historia como el Presidente de la transición. Pero sin quererlo, el Mandatario inmejorablemente sintetizó estos 16 años de gobierno concertacionista. La coalición de centroizquierda se ha dedicado a administrar -y mejorar- el modelo forzadamente impuesto por la dictadura. Aunque quiso dar la idea de que Chile tenía una nueva Constitución, Lagos refrendó con su firma la percepción de que su coalición construyó un Chile sobre los cimientos institucionales heredados del régimen militar.

 

Si bien es comprensible que la Concertación no quiera aceptar que Pinochet impuso el modelo, es también innegable que la coalición de gobierno se dedicó a administrar -dándole rostro humano- la economía de libre mercado.

 

Los gobiernos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Lagos nos dieron los mejores 16 años de nuestra historia nacional. Nunca crecimos tanto. Nunca hubo tantas oportunidades. Nunca se avanzó tanto en la lucha contra la pobreza. Chile es infinitamente mejor hoy que en 1990. Los aciertos de la Concertación han superado con creces sus errores y falencias. No por nada el electorado parece decidido a darle un mandato adicional de cuatro años a la misma coalición. Gracias totales a la Concertación.

 

Pero la coalición de gobierno no construyó un nuevo modelo. La economía social de mercado que promovió el gobierno de Aylwin consistió en priorizar la reducción de la pobreza -que alcanzaba al 40% en 1990- y en eliminar los enclaves autoritarios, no en cambiar las bases de la institucionalidad ni el modelo económico. A la vez que el país crecía y se reducía la pobreza, nuestra democracia maduró y se consolidó. La reciente reforma constitucional logró finalmente eliminar los enclaves autoritarios restantes. Ahora estamos en condiciones de adoptar nuevas reformas para mejorar los niveles y la calidad de la competencia, incrementando la participación y promoviendo la transparencia y la rendición de cuentas. Todo porque ahora, por fin, tenemos una Constitución que no genera rechazos.

 

Pero no tenemos una Constitución legitimada por la voluntad popular ni emanada de un proceso democrático. Nada hace pensar que nuestra democracia no puede fortalecerse sobre los cimientos de la Constitución impuesta por la dictadura. Es más, la democracia chilena se ha consolidado desde 1990 pese a (o bien gracias a) la Constitución de 1980. Pero nos engañamos al atribuirle a la Constitución una legitimidad democrática de origen que no posee. Aunque el gobierno de Lagos comprensiblemente busque destacar el monumental avance democratizador de esta necesaria y celebrada reforma, es exagerado -además de legal y técnicamente errado- hablar de una nueva Constitución.

 

Por cierto, también en 1989 se pudo haber discutido si la adopción de profundas reformas nos permite hablar de una nueva Constitución. La cantidad de reformas adoptadas entonces fue similar a las promulgadas recientemente. Es más, dado el contexto que vivía el país, aquellas fueron mucho más dramáticas y transformadoras. Pero ya que esas reformas se adoptaron utilizando los mecanismos de enmiendas existentes en la propia Constitución de 1980, nadie osó hablar de una nueva Carta Magna. Como las reformas actuales también se adoptaron usando los mecanismos de enmiendas de la Constitución, tampoco corresponde hablar de una nueva Constitución. Es más, a diferencia de 1989, las reformas del 2005 ni siquiera fueron ratificadas en un plebiscito. Es verdad que la Constitución no requiere de votación popular para ratificar enmiendas. Pero los símbolos importan, especialmente a la hora de construir la historia nacional. Si en 1989 más del 90% del electorado aprobó las reformas, las reformas constitucionales del 2005 fueron aprobadas con la concurrencia incluso de los (próximos a desaparecer) senadores designados.

 

Además, al eliminar las referencias a Pinochet de la Constitución, el Presidente Lagos y el Congreso han intentado tapar el sol con un dedo. En El jardín de los senderos que se bifurcan, Borges dice que “omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a paráfrasis evidentes, es quizás el modo más enfático de indicarla”. Pese a que el legado de violaciones a los derechos humanos y las acusaciones de corrupción justificadamente arruinen el sitial histórico de Pinochet, la reciente reforma constitucional lo consolida como el fundador del orden legal actual. Aquel que gobernó dictatorialmente por 17 años -y que nunca creyó en la democracia- es el padre de la democracia actual.

 

Comprensiblemente, muchos estiman necesario superar definitivamente ese pasado dictatorial para construir una democracia sólida y de mejor calidad. Pero así como el olvido está lleno de memoria en el legado de violaciones a los derechos humanos, Chile sólo podrá dejar definitivamente atrás el legado autoritario de Pinochet cuando reconozcamos que hemos podido construir nuestra democracia, a pesar de los cimientos de enclaves y cultura autoritaria heredados de la dictadura. El gran mérito de la Concertación ha sido nada menos que lograr ese tremendo acierto. Pero ciertamente, la Concertación no hizo nada más que eso.