Que se baje uno

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 10, 2005

 

A menos que uno de los aspirantes de la Alianza abandone su candidatura presidencial, la derecha hará inevitable su cuarta derrota consecutiva por el sillón de La Moneda. Pese a que ambos inscribieron ya sus candidaturas, aún hay tiempo para que Joaquín Lavín y Sebastián Piñera dejen de lado sus aspiraciones personales, se reúnan y logren un acuerdo en su coalición. No le hace bien a la democracia que uno de los conglomerados políticos esté enfrascado en una guerra civil y que sus candidatos estén más preocupados de enlodarse mutuamente que de competir contra la abanderada oficial.

 

Todas las recientes encuestas -incluidas aquellas privadas manejadas por los comandos- reportan un empate técnico por el segundo lugar entre Lavín y Piñera. Si bien ninguno de los sondeos recientes es representativo del cien por ciento del país, la mínima diferencia que separa a ambos candidatos subraya el complicado predicamento de ese sector. Tener dos candidatos conlleva muchos más costos que beneficios para la derecha. La incapacidad de la UDI y RN de dar señales de gobernabilidad inevitablemente contrasta con la férrea disciplina que, pese a sus conflictos, ha sabido tener la Concertación. La correcta percepción de que los dos aspirantes están compitiendo esencialmente por el mismo electorado, inevitablemente lleva a Piñera y a Lavín a olvidarse de hacer campaña contra Michelle Bachelet, para dedicarse a pelear públicamente entre ellos.

 

Aunque Lavín tiene mayor llegada que Piñera entre los sectores de menores ingresos (por lo que la exclusión de zonas rurales en las recientes encuestas pudiera subestimar el apoyo al candidato de la UDI), Piñera obtiene ventaja entre los sectores medio alto y alto. Si Lavín lo aventaja entre mujeres, Piñera lidera entre hombres. Mientras Lavín le gana entre los simpatizantes de la Alianza, Piñera lidera entre los que no simpatizan con ninguna coalición. Lavín lidera entre los inscritos, Piñera entre los inscritos recientes y los indecisos.

 

Aunque los partidarios de ambos inevitablemente leen las encuestas para satisfacer sus deseos de victoria, todo parece indicar que hay una carrera muy cerrada por el segundo lugar. Si bien Lavín pudiera ir ganando hoy (si se encuestara al ciento por ciento), Piñera tiene más posibilidades de crecer.

 

Por cierto, la entrada de Piñera no ha mermado el apoyo a Bachelet. Ella mantiene un apoyo cercano al 80% entre los simpatizantes de la Concertación. De hecho, su apoyo es indistinguible entre los que se dicen simpatizantes de los cuatro partidos de la coalición. Bachelet también gana entre los indecisos, los no inscritos y los no identificados con ninguna coalición. Si bien su apoyo entre mujeres es impresionantemente alto (más del 60% del voto válido), su apoyo entre los hombres es menor.

 

Por cierto, Bachelet será la primera figura de izquierda que obtiene más votos entre mujeres que entre hombres. La doctora socialista demuestra enormes fortalezas como candidata. Cuando ya se apresta a cumplir un año liderando los sondeos, ha consolidado sus fortalezas y ha minimizado sus vulnerabilidades. En buena parte, eso ha sido mérito propio, de sus equipos de trabajo y de la unidad de la Concertación. Pero también ha ayudado a que los aspirantes de derecha estén más preocupados de enlodarse mutuamente que de hacer campaña contra ella.

 

Para que la democracia funcione se requiere que haya al menos dos candidatos con intención de ganar. Cuando los dos aspirantes de derecha se ensañan en una ardua disputa por un inútil segundo lugar, la democracia sale debilitada. Una reñida competencia por el primer lugar mejoraría el desempeño de los candidatos y los obligaría a realizar promesas específicas y entregar propuestas claras. A menos que la derecha presente un candidato que la desafíe de verdad, Bachelet logrará la victoria sin tener que realizar ningún compromiso concreto. Por eso, es fundamental para la derecha -y para mejorar la calidad de nuestra democracia- que uno de los aspirantes de derecha deponga su candidatura.

 

Si bien los dos tienen buenos argumentos para defender sus aspiraciones, los intereses de la derecha -y de la democracia- se ven dañados si ambos siguen hasta el final. Ya que parecieran ser incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos y la Alianza no logró realizar elecciones primarias abiertas para que la gente decidiera, la última opción restante pareciera ser acordar echar una moneda al aire para decidir quién sigue y quién se baja.