20 años no es nada

Patricio Navia

La Tercera, agosto 20, 2005

 

En vez de limitar la cantidad de años que un legislador pueda estar en el Congreso, deberíamos introducir más competencia y transparencia en el proceso de selección de candidatos y elección de legisladores. Al establecer restricciones a la cantidad de re-elecciones que pueden buscar los titulares sin promover competencia en todos los niveles, sólo permitiremos que los nuevos que llegan reproduzcan las malas prácticas de los que no podrán seguir.

 

De los 120 diputados electos en 1989, 14 de la Alianza y 9 de la Concertación se mantienen hoy. En promedio, los diputados electos en 1989 han durado un promedio de 8,3 años. Naturalmente, este promedio debería aumentar algo si salen re-electos algunos de los casi 20 diputados que irán a re-elección por quinta vez (20 años en total).  Ahora bien, 1989 fue una elección especial. No había diputados titulares y varios candidatos esperaban estar en la Cámara sólo durante el simbólico primer periodo post dictadura. Pero en 1993, de los 44 diputados que fueron electos por primera vez ese año, sólo 20 siguen hoy en la Cámara. De hecho, los 120 diputados de hoy (incluidos los desaforados) tienen un promedio de 8,7 años de antigüedad (44 de los actuales diputados fueron electos por primera vez el 2001).

 

Además, es errada la percepción que es imposible desbancar a los diputados titulares. Sin duda que ir a re-elección representa una considerable ventaja, pero no hay garantía de re-elección. En 1993, 88 diputados buscaron la re-elección, pero un 19% fue derrotado. En 1997, de los 84 diputados que buscaron la re-elección, el 14% cayó derrotado. Y el 2001, de los 92 que buscaron reelegirse, el 20% no lo logró. La situación en el Senado es un poco diferente. De los 38 senadores democráticamente electos en 1989, 10 siguen hoy (8 de la Concertación y 2 de la Alianza). Es cierto que 6 son del PDC, pero eso refleja la creciente condición de aristocracia interna en ese partido que una falta de disposición por parte de los electores a desechar senadores.

 

Usando evidencia anecdótica de parlamentarios electos en 1989 como ejemplos del mal que quieren corregir, algunos interesados—incluida la candidata de la Concertación—han sugerido la idea de establecer límites a los periodos de parlamentarios en el Congreso. Lo que es bueno para la presidencia, alegan, es bueno también para el Congreso. Pero además de ignorar la evidencia internacional que advierte contra la rotación excesiva en el parlamento, la propuesta busca solucionar un problema más bien secundario. No son tantos los parlamentarios que se anquilosan en sus escaños.

 

Por cierto, la idea de recambio (“nadie se repite el plato”) que motiva la iniciativa de limitar las carreras legislativas es saludable. Pero nadie se beneficia cuando una ley regula la competencia de tal forma que una empresa tenga poder monopólico para fijar los precios por 8 años y luego deba desaparecer para que una nueva fije nuevos precios por igual periodo. Todos se benefician cuando dos empresas compiten por los exigentes consumidores con mejores precios, mejor oferta y mejor servicio. Ocurre algo similar en la política. No se promueve la competencia al establecer arbitrariamente límites a las carreras legislativas, simplemente se permite a los partidos políticos negociar y decidir quién va a ocupar los escaños garantizados que tiene cada coalición en el Congreso.

 

Tendría mucho más sentido introducir mecanismos que faciliten y promuevan la competencia en el proceso de selección de candidatos y elección de parlamentarios. Los partidos—que ya reciben financiamiento estatal para sus campañas—debieran estar obligados a realizar primarias abiertas y transparentes para seleccionar a los candidatos. Los partidos que no quieran hacer primarias abiertas no debieran recibir financiamiento público para las campañas.

 

Naturalmente, el sistema electoral debiera ser más competitivo. No tiene sentido saber desde ya que habrá 19 senadores por coalición. Basta con que ambas coaliciones negocien sus candidatos privilegiados y todo el proceso electoral se torna una burla a los votantes.  Adicionalmente, el sistema electoral debe premiar a los ganadores—con incentivos para que las coaliciones busquen la mayoría—y otorgar alguna representación a todos los perdedores relevantes. Así, los parlamentarios que hagan bien su trabajo y se ganen la aprobación de sus electores mantendrán sus cargos. Si hay legisladores que salen re-electos muchas veces será porque estarán haciendo bien su trabajo. Los premios al esfuerzo, en un contexto de competencia real, permitirán que los buenos sigan por muchos años y los malos sean reemplazados pronto.

 

Ahora que están por cerrarse las inscripciones de candidatos y cuando comienzan los debates sobre la nueva generación de reformas políticas que nos permita enfrentar mejor los desafíos del presente y corregir las falencias actuales, la discusión sobre la longevidad de las carreras parlamentarias debiera ser reemplazada por iniciativas para introducir mayor competencia y transparencia en la forma en que se selecciona a los candidatos y se elige a los parlamentarios. Cuando los parlamentarios son buenos, veinte años no es nada.