Repetirse el plato

Patricio Navia

La Tercera, agosto 6, 2005

 

En tanto sepa mezclar adecuadamente cambio y continuidad en su gobierno, Michelle Bachelet podrá satisfacer las crecientes expectativas por renovación de sus adherentes y a la vez evitar que la retirada de los hombres de la transición provoque incertidumbre y temor en aquellos que se han acostumbrado a la estabilidad y gobernabilidad que ha sabido ofrecer la Concertación.

 

De llegar a La Moneda, Bachelet tomará las riendas del poder 16 años después del fin de la dictadura. La necesidad de renovar aires después de tres gobiernos de Concertación y el agotamiento de las figuras que lideraron la transición representan un desafío complejo. Porque el principal activo político de la Concertación es la gobernabilidad que ha entregado al país desde marzo de 1990, los anuncios de renovar rostros inevitablemente producen cierta preocupación entre aquellos que se acostumbraron a los hombres de la transición. Pero ya que su principal debilidad reside precisamente en llevar 16 años en el poder, la Concertación necesita prometer suficiente cambio para no parecer menos de lo mismo.

 

Es cierto que el propio liderazgo de Bachelet simbolizaba ya una saludable mezcla de continuidad y cambio. Pero cuando sorpresivamente señaló que "yo espero que en mi gobierno ningún ministro se repita el plato", la candidata transformó lo que hasta ahora había sido una esperanza en una promesa concreta. Porque la irrupción de Bachelet pudiera haber representado una variante moderna del vino viejo en odres nuevas, algunos llegaron a sugerir que la Concertación estaba ofreciendo lo mismo de siempre, pero con rostro de mujer. Pero al anunciar que todos sus ministros serán caras nuevas, la abanderada socialista despeja esas dudas. También, se compromete a algo que resulta mucho más fácil prometer que convertir en realidad.

 

Ahora bien, la declaración de Bachelet puede ser interpretada en estricta rigurosidad de forma muy poca ambiciosa. Sus dichos bien pudieran señalar que ningún ministro actual mantendrá su cargo. Pero, salvo marcadas excepciones, esa fue la tónica tanto en el primer gabinete de Frei como en los nombramientos iniciales de Lagos. La mayoría de los ministros eran efectivamente novatos en sus carteras, aunque sus rostros hayan sido conocidos por los puestos de importancia que ya ocupaban y porque sus apellidos hayan pertenecido a la elite gobernante concertacionista. Si Bachelet recula y acota las implicaciones de su promesa, la candidata habrá aprendido muy rápido las mañas de los políticos tradicionales. Peor aún, dará pie para alimentar acusaciones de populismo, promesas irreflexivas e improvisación en su campaña.

 

Por eso, su declaración puede ser interpretada de una forma mucho más amplia. La candidata socialista explicitó su intención de lograr una renovación mucho más profunda en el liderazgo concertacionista que lo que sus críticos querían reconocer. Si bien evidenció cierta timidez al plantear su visión de recambio (después de todo el Presidente tiene la potestad de decidir a quién nombra), su declaración inmediatamente entusiasmó a los que ven en ella la posibilidad de una refundación de la coalición de gobierno.

 

Cuando el Presidente Lagos declaró el fin de la transición -aunque muchos aleguen que todavía no se termina y otros piensen que se terminó hace años- acabó de desaparecer la razón fundacional de la Concertación de Partidos por la Democracia. Pero la caída definitiva de Pinochet (a partir de la mesa de diálogo, el informe sobre la tortura, las cuentas del Riggs y el abandono de sus otrora fervientes admiradores) y la eliminación de los principales enclaves autoritarios pendientes en la Constitución de 1980 simbolizan el fin de una etapa. Sin la democracia protegida, ya no se puede recurrir a la mejor excusa que tuvo la elite gobernante concertacionista para frenar las demandas por cambio social y mayor profundidad democrática que emanaban de sus propias bases.

 

Ahora que Bachelet ha hecho suyas las banderas de la renovación, se liberarán muchas frustraciones acumuladas durante los tres gobiernos de la Concertación. A menos que sepa administrar las presiones y canalizar las demandas por mayor participación e inclusión, evitando las pasadas de cuenta a los liderazgos concertacionistas previos, Bachelet arriesga caer víctima de las propias expectativas de cambio profundo que ha contribuido a crear. Por otro lado, a menos que se anime a prometer cambios y renovación profundos, la demanda por alternancia en el poder debilitará mucho a su propia coalición de gobierno después del 2006.

 

Si es fiel a su comportamiento de campaña, Bachelet evitará especificar los alcances de su sorpresiva declaración sobre el recambio de líderes en su gobierno. Pero las expectativas que ya sembró la mujer con más probabilidades de suceder a Lagos no desaparecerán tan fácilmente. Por eso, Bachelet debe entender que su principal desafío hoy es promover y representar las expectativas de cambio sin provocar ni temor ni duda sobre los aspectos donde el suyo será un gobierno de saludable continuidad. Bachelet debe convencer que el suyo será un gobierno donde nadie se repita el plato, pero donde tampoco queden platos rotos.