Guerra civil

Patricio Navia

La Tercera, mayo 22, 2005

 

La decisión de RN de mantener la candidatura de Piñera hasta diciembre representa una declaración de guerra civil en la Alianza. Más allá de quién gane y quién pierda, las difíciles relaciones entre la UDI y RN derivarán en tal confrontación, que permitirá a la Concertación, si hace las cosas bien, lograr una cuarta victoria presidencial seguida.

 

El intempestivo ingreso de Piñera puso de manifiesto las debilidades en las candidaturas de la Concertación, la debilidad del propio Lavín y el problema estructural de la derecha. Pero mientras los problemas de la Concertación son corregibles, las complicaciones en la Alianza son mucho más difíciles de solucionar.

 

Las falencias de Alvear y Bachelet preocupan hoy más en la Concertación que hace una semana. Mientras la incapacidad de Alvear para concitar apoyos más allá del voto duro DC atenta contra su supuesta mejor opción por tener más experiencia, la inexperiencia de Bachelet y su poca disposición a forjar alianzas (o, al menos, reducir tensiones) con la DC hace que su apoyo en las encuestas parezca menos incondicional que lo que muestran los sondeos. Pero más que reaccionar nerviosamente a la incursión de Piñera, las candidatas no debieran alejarse de su hoja de ruta inicial. La Concertación necesita primarias y precisa que la ganadora se dedique a reconstruir la unidad oficialista. Si gana Bachelet, debe ser la mejor amiga de la DC y la mejor representante del electorado moderado.

 

La irrupción de Piñera fue resultado -no causa- de la debilidad de Lavín y desnudó un secreto a voces: Lavín no venía bien. Su obsesión por mantenerse en campaña durante 6 años terminó por agotar. Desde su viaje a Haití hasta sus relanzamientos de campaña, su obsesión mediática terminó por pasarle la cuenta. Con Piñera, la derecha tiene una alternativa. Lavín tiene que meterse en terreno político. Pero si bien ha perdido cuando se ha metido en esos asuntos, los costos se producen cuando queda de manifiesto que no es capaz de liderar ni siquiera a la UDI. En la medida que entre a la política demostrando su capacidad de disciplinar a su partido, Lavín podrá neutralizar a Piñera. De lo contrario, éste representará el gran impulso de cambio e innovación que necesitaba ese sector.

 

Pero el ingreso de Piñera también desnuda el talón de Aquiles histórico de la derecha: la desunión. Mientras la UDI intentó arrasar con RN después de la impresionante votación de Lavín en 1999, RN nunca ha podido aceptar que la UDI es un partido más disciplinado y con una visión política más coherente. Los argumentos a favor de la diversidad en RN a menudo son excusas para explicar la incorregible naturaleza caudillista de sus barones, incluido Piñera. Como las cuentas históricas de zancadillas entre los dos partidos se han acumulado, la decisión de enfrentarse en diciembre llevará a Lavín y Piñera a recurrir a las descalificaciones personales y a la destrucción mutua. Después de todo, ambos compiten fundamentalmente por el voto de derecha.

 

La tensa situación devendrá en guerra civil cuando entren en competencia los aspirantes al Parlamento de la derecha. Porque la suerte de los candidatos UDI y RN estará asociada al desempeño de sus abanderados presidenciales, el juego de suma cero al que obliga el sistema binominal en cada coalición hará inevitable el enfrentamiento entre los dos partidos de la Alianza. Si las encuestas marcan una ventaja clara para Lavín o Piñera, los candidatos al Congreso del partido del presidenciable perdedor presionarán para bajarlo y lograr un acuerdo. En cambio, si las encuestas dan un virtual empate entre Lavín y Piñera, la guerra civil será sangrienta.

 

Allí puede sacar enormes ventajas la Concertación si logra demostrar gobernabilidad, confianza y unidad. La determinación de Alvear y Bachelet de desoír los cantos de sirena que llaman a tener dos candidatas en diciembre asegura que la Concertación mantendrá su ventaja sobre la Alianza (siempre y cuando sepa recomponer relaciones y curar heridas después de las primarias). Mientras las primarias serán una gran señal de gobernabilidad, la decisión de la Alianza de llegar con dos candidatos le traerá más costos que beneficios a la derecha.