Pinochet y la caída de Lavín

Patricio Navia

La Tercera, abril 23, 2005

 

Una de las principales razones que explican la caída de Joaquin Lavín en las encuestas es el costo que está pagando la UDI por el irreparable desmoronamiento de la imagen histórica del ex dictador Augusto Pinochet. Si se anima a renegar abiertamente de Pinochet, Lavín podrá tanto reducir esos costos así como contrastar su mea culpa con la arrogancia que hoy demuestra la Concertación producto de la popularidad del presidente Lagos y la fortaleza en las encuestas de sus precandidatas presidenciales.

 

Al interior de la UDI, Lavín es incuestionablemente uno de los líderes menos identificado con el legado de Pinochet. A diferencia de Jovino Novoa, que disciplinadamente trabajó para la dictadura o de Hernán Larraín que hoy explica con dificultades sus visitas a la Colonia Dignidad cuando ya se sabía de las violaciones a los derechos humanos y los abusos de menores, Lavín se mantuvo ajeno a dichas controversias, aprovechando su posición de alcalde de Las Condes a comienzos de los 90. Pero el gallo de pelea que entró a la política para “defender la obra del gobierno del general Pinochet” y fustigar a aquellos derechistas que en 1989 se distanciaban del legado de la dictadura, siempre tuvo inequívocos lazos con la dictadura y entusiastamente apoyó el garrafal error pinochetista de querer perpetuarse en el poder al competir en el plebiscito de 1988.

 

A partir de su arresto en Londres, la figura de Pinochet ha pasado de causar temor en sus opositores a provocar vergüenza entre sus aliados. Lavín públicamente ha expresado una “desilusión muy profunda” por las revelaciones sobre las millonarias cuentas secretas del ex dictador. Pero cuando estaba preso en Londres, Lavin fue uno de los que llegó a visitar a Pinochet. Fue solo después, en plena campaña presidencial, que el secretario general de la UDI se distanció de Pinochet. Ya que la mayoría de los chilenos pensaba que el país iba en la dirección equivocada, Lavin centró su campaña en el desempleo, el estancamiento económico y las esperanzas de cambio. Eso le permitió cosechar un impresionante—aunque siempre minoritario—apoyo electoral. Pero ahora que la economía crece saludablemente, que el gobierno de Lagos goza de impresionante aprobación, y que el concepto del cambio ha sido capturado por las pre-candidatas concertacionistas, Lavín ha perdido sus ventajas comparativas. Su asociación histórica con el desacreditado pinochetismo ahora pesa más que en 1999 tanto por el irreparable derrumbe de la figura de Pinochet como por la ausencia del descontento popular que existía hace seis años.

 

Felizmente para el candidato de la derecha, todo problema es también una oportunidad. Reflejando lo que es probablemente una postura honesta, Lavín debiera romper definitivamente el cordón umbilical que une a la UDI con Pinochet, para emprender con rapidez una travesía hacia posiciones más democráticas e independientes. Además de expurgar de cargos de elección popular a aquellos UDI que fueron funcionarios de confianza de Pinochet, y rayar la cancha estableciendo que sólo aquellos no manchados por la colaboración activa con la dictadura pueden representar a una derecha moderna y democrática, Lavín debiera hacer un mea culpa por haber apoyado a un dictador corrupto que violó los derechos humanos.   

 

Aunque un quiebre así de fuerte con su pasado pudiera ser interpretado como mera estrategia electoral, Lavín ha dado señales de su dolor por haber ignorado las violaciones a los derechos humanos. Además, podrá demostrar que él y su campaña representan la humildad y tienen capacidad de reconocer errores, diferenciándose de una Concertación que, después de 16 años en el poder, ha desarrollado una personalidad soberbia, autocomplaciente e incluso hegemónicamente autoritaria cuando alega ser la única garantía de gobernabilidad y estabilidad para Chile.

 

Si reconoce que erró al escribir libros y columnas celebrando la revolución silenciosa de la dictadura e ignorando las violaciones a los derechos humanos (que ya se conocían bien desde fines de los 70), Lavín no tiene nada que perder. Pinochet es el único responsable de haber destruido su propio legado. La derecha dura de todos modos preferirá evitar un cuarto gobierno concertacionista. Y aunque muchos duden de la sinceridad de su arrepentimiento, valorarán que al menos Lavín no es víctima de la arrogancia autocomplaciente que caracteriza hoy el discurso concertacionista.

 

En la medida que la Concertación siga cantando victoria electoral anticipadamente (repitiendo el mismo error de Lagos después de las primarias de 1999), la altivez de los que han estado en el poder tantos años bien pudiera ser el salvavidas para Lavín. Reconociendo errores y construyendo una campaña sobre pilares de humildad e identificación con los excluidos, Lavín podrá lograr la victoria como el candidato que personifica la aspiración ciudadana del “ahora me toca a mi.” Después de 16 años de Concertación, cuando las encuestas alimentan la autosuficiencia de los que ya hacen planes para completar dos décadas en el poder, enarbolar la bandera de la timidez, la modestia e incluso la reivindicación de los excluidos puede ser la receta de éxito que desesperadamente necesita Lavín.