Los pobres no pueden esperar

Patricio Navia

La Tercera, abril 3, 2005

 

La visita de Juan Pablo II a Chile hace 18 años dejó dos grandes legados políticos: los chilenos le perdimos el miedo a la represión de la dictadura y la preocupación por los pobres se convirtió en la gran prioridad de las fuerzas democráticas.

 

Aunque la visita del Papa fue un hecho fundamentalmente religioso, sus implicaciones políticas son innegables. Más allá del incuestionable espaldarazo al catolicismo que representó esa visita (y que consolidó el cariño del pueblo chileno por el Mensajero de la Vida), la visita del Papa se convirtió en uno de los sucesos políticos más importantes en el largo camino de eventos que contribuyeron a poner fin al régimen de Pinochet. Cuando Juan Pablo II llegó a Chile, muchos advirtieron contra el uso político que intentaría darle el gobierno militar. Aún más aislado del mundo por la creciente ola de democratización que recorría América Latina, Pinochet quería utilizar la visita del Papa para subrayar sus credenciales anticomunistas. Pero si bien era anti-comunista, a diferencia de la dictadura, Juan Pablo II siempre fue también un férreo defensor de la vida y de los derechos humanos. Aunque el Papa sabía que tendría que pagar costos por aparecer en público junto a Pinochet, el Sumo Pontífice creía que su visita daría un impulso significativo a la recuperación democrática en Chile.

 

Desatando cadenas

Así, aunque esa lamentable foto junto a un sonriente Pinochet en La Moneda fue un balde de agua fría a aquellos que trabajaban por la democracia, los repetidos encuentros del Papa con jóvenes, pobladores y chilenos marginados tuvieron efectos muchos más profundos y duraderos. El descontento que se pudo expresar pacíficamente contra el gobierno militar con la protección que brindaba la presencia del Pontífice terminó por derribar la cultura del miedo que se había cuidadosamente instalado con aparatos de seguridad y represión.

 

Cientos de miles de chilenos pudieron protestar pacíficamente contra Pinochet sin temor a represalias ni a violencia política. En su recorrido por Chile, parecía que el Papa cuidadosamente desataba las cadenas de temor y represión que habían sido impuestas.

 

Pero el Papa también quería desafiarnos como país. Mientras los economistas del gobierno militar predicaban los éxitos de la revolución silenciosa, el Papa insistió en la necesidad de combatir la pobreza. Su llamado a que "los pobres no pueden esperar" subrayó mejor que nadie la gran falencia de la política económica del régimen. En un Chile donde casi el 40% de la población vivía en la pobreza, las palabras del Papa fueron una sentencia condenatoria al discurso triunfalista de Pinochet. La preocupación -con hechos y no solo palabras- de la Concertación por reducir la pobreza ha sido, al menos parcialmente, una respuesta al desafío planteado por el Papa en su única visita a Chile.

 

Separación de poderes

Por cierto, a los no católicos nos resulta inevitable sentir un cierto rechazo ante la sensación de que el catolicismo se ha convertido en la religión oficial de Chile en estas horas. Desde la programación especial de televisión hasta los circunspectos rostros de autoridades (aunque algunos ni siquiera sean católicos), muchos parecen olvidar que en nuestro país existe separación entre la Iglesia y el Estado. Dada nuestra creciente diversidad religiosa, un adecuado homenaje de Chile hacia el sufriente pueblo católico del mundo debería incluir no sólo la voz del clero, sino también la de muchos no católicos que comparten el pesar que reina entre los adherentes al principal credo religioso del país.

 

Precisamente porque Juan Pablo II hizo esfuerzos especiales por reconocer y valorar la multiplicidad de cultos en el mundo, su partida debiera ser ocasión para subrayar en nuestro país la saludable separación entre la Iglesia y el Estado, entre los principios y preceptos morales católicos y los valores humanistas y pluralistas del Estado y del país.