Una mujer digna

Patricio Navia

La Tercera, marzo 7, 2005

 

Gladys Marín fue una mujer valiente, luchadora, preocupada por los más necesitados y dedicada de lleno a defender aquellos ideales que ella pensaba contribuirían a hacer del nuestro un país más justo, más solidario, de menos pobreza y más dignidad. Lamento que no haya sido también una demócrata consecuente. Desde sus inicios en la política en los 60, su paso como diputada y su esfuerzo por reconstruir al Partido Comunista después de la dictadura, se desenvolvió exitosamente en democracia. Pese a que siempre respetó las reglas del juego en su participación política en Chile, su incapacidad para reconocer a la democracia como la única forma legítima de gobierno deja una mancha indeleble en su hoja de vida.

 

Me hubiera gustado que compartiese todos los ideales de democracia, pluralismo, diversidad y tolerancia que se han consolidado en Chile desde el retorno de la democracia. Pero con la misma obstinación y disciplina que demostró a la hora de resistir la campaña por exterminar al cáncer marxista de Chile lanzada por la dictadura, demostró una resistencia ciega a reconocer a la democracia como el único sistema legítimo. Su apoyo a los regímenes totalitarios soviéticos pudiera ser comprendido en el contexto de la Guerra Fría. Pero su incomprensible apoyo a la dictadura de Fidel Castro, especialmente después de la traumática experiencia dictatorial en Chile, opaca la carrera de esta destacada mujer.

 

De haber tenido edad en esos años, me hubiera sentido orgulloso de haber trabajado junto a Gladys Marín. Ella y muchos otros arriesgaron su vida. Con el retorno de la democracia demostró la misma tozudez para persistir junto a otras víctimas de violaciones a los DD.HH. contra aquellos que querían primero negar y luego olvidar las atrocidades cometidas. Entendía que el olvido está lleno de memoria y su compromiso con la justicia era anterior y superior a las consideraciones coyunturales. Esta mujer, que también sufrió el secuestro y desaparición de su esposo, representó un símbolo para aquellos que han luchado por la memoria y la justicia durante años. Por eso, pese a sus falencias y errores, merece nuestro respeto.

 

Sin duda que al PC también le cabe una cuota de responsabilidad por el quiebre de la democracia. Pero irónicamente, de todos los miembros de la UP de Allende, el PC estaba entre los partidos más razonables. Es cierto que durante el gobierno militar se polarizó en demasía. Muchas de las decisiones estratégicas y políticas del comunismo durante la dictadura contribuyeron a fortalecer a Pinochet más que a robustecer a las fuerzas democráticas. La decisión de abrazar la resistencia armada fue un error histórico gigantesco. Pero cuando se violaron los DD.HH. en Chile, Gladys Marín estuvo entre las víctimas. Y su compromiso por poner fin a la dictadura -aun con herramientas ilegítimas- inspiró a muchos que contribuyeron pacíficamente a poner fin a ese negro capítulo de violencia y represión.

Lamentablemente, desde 1990, mientras Chile construía con dificultad pero determinación la democracia y todavía se violan los DD.HH. en Cuba, no distinguió que los apremios ilegítimos y la falta de libertad son inaceptables, independientemente de la ideología que se utilice para justificarlos. Más que discutir intensidades o intentar explicar lo injustificable, debió demostrar consecuencia por la defensa de los DD.HH. y la promoción de la democracia.

Todos los grandes hombres y mujeres de nuestro país tuvieron enormes aciertos y grandes errores. Creo que los aciertos de esta mujer superan sus errores. Su determinación para combatir la miseria, la desigualdad, la injusticia y los abusos contra los pobres, su infatigable preocupación por los desposeídos y su inequívoca defensa de los derechos de los trabajadores la hacen digna de respeto y admiración. Gladys, tu recuerdo será también el de una mujer digna, que luchó con ahínco por lograr hacer realidad el desafío de Allende de abrir las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.