Las ideas de Michelle

Patricio Navia

La Tercera, febrero 26, 2005

 

Aunque Michelle Bachelet comprensiblemente alega porque se espera que ella sea más específica con sus propuestas que los otros presidenciables, su condición de favorita para las presidenciales hace que sea más importante saber lo que ella piensa que lo que piensan los otros candidatos.

 

Mientras en diciembre del 2001, Bachelet no figuraba en los sondeos del CEP (los de mayor prestigio en el país), en diciembre del 2004, un 35% la mencionaba como su candidata favorita. A menos que ocurra un cambio dramático en el electorado (por cierto que las campañas sirven para provocar dichos cambios), Bachelet será la sucesora de Lagos. Porque va primera y porque su ingreso a la carrera presidencial fue tan inesperado, mucha gente razonable quiere saber qué políticas públicas privilegia y cuál es su visión de país. Más que discriminación por ser izquierdista o mujer, su irrupción como favorita ha motivado esos cuestionamientos. A diferencia de Lavín y Alvear, cuyas aspiraciones presidenciales se conocen hace años (por lo que la opinión pública ha tenido mejor ocasión de evaluar sus desempeños y liderazgos), Bachelet despierta algunas dudas. Porque va punteando en las encuestas, esas interrogantes cobran relevancia.

 

Más que alegar trato discriminatorio en su contra, Bachelet debiera entender esos cuestionamientos como una oportunidad para consolidar su ventaja. Si bien se ha rodeado de técnicos con ideas modernas e innovadoras y políticos de experiencia y habilidad, la doctora no ha concretado sus propuestas de campaña. Aunque Lavín—pese a estar en campaña por 6 años—y Alvear tampoco destacan por haber presentado ideas concretas, Bachelet es quién está más cerca de La Moneda. Por eso, ya es hora que Bachelet asuma su condición de favorita y defina sus prioridades de gobierno. Mientras más se demore, más fácil será que sus adversarios la intenten definir para dañar su popularidad.

 

En parte, el éxito de Bachelet se explica por la incapacidad de los favoritos anteriores para consolidar el liderazgo que tuvieron. Si bien Soledad Alvear ha hecho lo necesario para convertirse en la abanderada oficial—15 años en tres ministerios, equipos plurales, disciplina férrea e incuestionable lealtad a su coalición—la demora que experimentó para lograr la nominación DC le está costando cara. La poca disposición a tomar riesgos que ha demostrado le ha ayudado a no cometer errores, pero también le impidió asegurar la nominación cuando ella era la concertacionista favorita. En vez de renunciar cuando se firmó el TLC con Estados Unidos, Alvear decidió seguir en cancillería para evitar desgastarse en una campaña presidencial de dos años. Pero mientras ella se protegía, la opinión pública encontró otra presidenciable a la que brindarle su favoritismo.

 

En la derecha, Joaquín Lavín intenta abordar los desafíos del futuro con el lastre de ser el candidato del partido más cercano a la dictadura. Mientras Lavín recluta nuevos rostros, como Cristina Bitar, el presidente de la UDI Jovino Novoa solidariza con Sergio Fernández, senador UDI en problemas por sus supuestas responsabilidades en la desaparición de personas cuando fue ministro de Pinochet. Novoa, que también fue  funcionario de la dictadura, entiende que en la medida que las causas por violaciones a los derechos humanos pasen de inculpar a los militares que cometieron los crímenes a investigar a los que tenían la responsabilidad política de evitar los excesos, no pocos notables líderes históricos de la UDI comenzarían a desfilar por tribunales. Pero esa tensión entre los que quieren dejar atrás su pasado pinochetista y los que se ven obligados a hacer causa común para evitar terminar involucrados en los procesos por violaciones a los derechos humanos tiene dividida a la UDI. La acertada pregunta de Sergio Diez, el presidente de RN (“¿Quién manda aquí, Lavín o la UDI?”) resume magistralmente el principal problema actual del abanderado de derecha. Las encuestas CEP no en vano muestran que aquellos que quieren que Lavín sea el próximo presidente cayeron de un 42% en diciembre del 2001 a un 28% en diciembre del 2004. Peor aún, aquellos que pensaban que—independientemente de sus preferencias personales—Lavín sería el próximo presidente pasaron de un 53% a un 27% entre diciembre del 2002 y el 2004. Si bien Lavín todavía mantiene buenas opciones para diciembre, en la medida que no quede claro quién manda en la derecha, el abanderado de la UDI no logrará revertir esa tendencia la baja.

 

En ese contexto, la popularidad de Michelle Bachelet es producto tanto de sus propios méritos como de los errores cometidos por los otros presidenciables. Pero así como ella ha aprovechado los errores de los demás, la opinión pública la somete a cuestionamientos mayores que a los otros candidatos. Bachelet debe abordar de frente los cuestionamientos sobre ‘las ideas de Michelle’. En tanto logre demostrar que lo suyo será una combinación de continuismo concertacionista—en especial de Lagos—y saludables cambios para enfrentar problemas nuevos y desafíos pendientes, Bachelet no dejará que sus errores o la aversión al riesgo terminen por quitarle el primer lugar que hoy goza en las encuestas para las próximas presidenciales.