Los partidos de la Concertación

Patricio Navia

La Tercera, febrero 19, 2005

 

Los partidos de la Concertación constituyen un invaluable capital humano para cualquier campaña presidencial. A menos que trabajen unida y disciplinadamente por sus abanderadas,  se convertirán en el talón de Aquiles de la candidata presidencial que quede eliminada en las primarias concertacionistas.

 

Los partidos constituyen un invaluable capital para una campaña. Además de sintetizar postulados ideológicos y representar garantías de (buena o mala) reputación, los partidos ofrecen militantes con capacidades técnicas y  de organización territorial en todo el país. Los partidos son como los ejércitos. Un candidato que aspira a ser ganador necesita de un ejército de militantes con habilidades y conocimientos diversos, que sean capaces de trabajar coordinadamente para lograr una victoria electoral. Cuando los militantes disciplinados son reemplazados por milicias mal entrenadas, guerrilleros irresponsables o mercenarios a contrata, los partidos hacen más daño que bien a los candidatos.

 

En la DC, las ambiciones personales del presidente Adolfo Zaldívar casi sacan de carrera a Soledad Alvear. Porque la cordura terminó primando, Alvear se alzó como la abandera presidencial. Pero cuando Zaldívar desistió de su promesa de renunciar si perdía la nominación, Alvear entendió que tendría que construir su campaña en forma independiente de su partido. Su interés por lograr una buena negociación parlamentaria explica la decisión de Zaldívar de no renunciar, pero Alvear entiende que sus aspiraciones presidenciales no constituyen la primera prioridad del presidente DC. La nominación de Marcelo Trivelli como jefe de campaña reflejó tanto el interés de Alvear por recuperar terreno frente a Bachelet como una señal inequívoca al presidente DC. Hace unos meses, Zaldívar negoció con el PPD la candidatura de Trivelli a alcalde por Santiago a cambio de un puñado de municipalidades menores. Trivelli -que salió comprensiblemente resentido- debe hoy trabajar junto a Zaldívar por Alvear. Construir espíritu de equipo así, se hace difícil. Por eso, el apoyo de la DC representa, más que un invaluable capital, una de las principales debilidades en el diseño de Alvear. Si no remonta la diferencia que le lleva Bachelet, la derrota de Alvear se podrá explicar parcialmente por su incapacidad para apropiarse de la DC en la reciente junta del partido. 

 

Contrario a todas las expectativas, el PS y el PPD han mostrado una disciplina ejemplar. El cambio de liderazgo en el PS refleja la importancia que se le da a la candidatura de Bachelet. Aunque ha sido incapaz de superar el 11% de votos, el PS se ha convertido en un  acorazado donde Bachelet se siente protegida. Desde sus disciplinados cuadros (muchos han callado sus críticas al modelo neoliberal que defiende la doctora), hasta sus avezados líderes, el PS ha sido el disciplinado ejército que necesita cualquier candidato presidencial. Aunque su estructura se asemeja más a una milicia, el PPD también se ha alienado con entusiasmo detrás de Bachelet. Pero mientras la doctora despierta en el socialismo sensaciones casi épicas, el entusiasmo en el PPD pareciera tener más que ver con los beneficios para el partido, especialmente en términos de escaños. En una tienda lo suficientemente flexible como para albergar desde ex comunistas hasta ex radicales, la coherencia ideológica nunca ha sido un requisito. Así y todo, Bachelet cuenta con partidos ordenados, disciplinados y comprometidos para su campaña.

 

Lo del PRSD refleja decadencia. Pese a que sus principios fundacionales laicos y moderados se han constituido en la marca distintiva del gobierno de Lagos, el PRSD parece demasiado interesado en nombramientos. Ansiando que su votación sea suficiente para dirimir la disputa por la nominación presidencial concertacionista, los radicales no esconden su interés por subir su precio. La incorporación del díscolo senador Nelson Avila evidencia la creciente disposición mercenaria que existe en el partido más antiguo de Chile.

 

Pese a sus debilidades, estos cuatro partidos han permitido 10 triunfos electorales consecutivos para la Concertación y han garantizado la gobernabilidad en los tres gobiernos posdictadura. Han sabido superar diferencias y han demostrado una disciplina y lealtad de coalición sin parangón en América Latina y en la historia anterior de Chile. Ahora que la Concertación busca una nueva victoria presidencial, en un contexto de bonanza económica pero pobreza de ideas nuevas, la derecha comprensiblemente buscará instalar la percepción de que los cuatro partidos representan más un costo que un beneficio para el país. A menos que los partidos concertacionistas se aboquen disciplinadamente a hacer lo que hacen bien, los esfuerzos por representar la renovación y el recambio de la abanderada oficial serán menos efectivos. Precisamente porque sus intereses están a mejor resguardo mientras mejor sea su participación tras bambalinas, los partidos de la Concertación debieran entender que lo que más les conviene hoy es cultivar un bajo perfil, trabajando disciplinada y entusiastamente a favor de sus candidatas presidenciales.