Nada personal

Patricio Navia

La Tercera, febrero 12, 2005

 

Joaquín Lavín y Sebastián Piñera se necesitan mutuamente para sus aspiraciones políticas. Si superan sus diferencias personales y trabajan juntos para ganar en diciembre, ambos se beneficiarán. Si en cambio la Concertación obtiene una cuarta victoria consecutiva, los dos quedarán para siempre privados de llegar a La Moneda.

 

La incapacidad de la derecha por lograr una victoria electoral se debe en buena medida a los permanentes conflictos entre RN y la UDI. Desde la división de 1988, ambos partidos se han obstinado en destruirse mutuamente aún a costa de facilitar victorias concertacionistas. De hecho, la principal oposición a los gobiernos de Aylwin, Frei y Lagos fue la Constitución de 1980 mucho más que los partidos de derecha. Las continuas disputas en la Alianza han incluso permitido a la Concertación desmantelar poco a poco la propia constitución hecha a la medida de Pinochet.

 

El sorprendente desempeño electoral de Lavín en 1999 pareció indicar que la disputa de poder en la derecha había quedado zanjada. El predominio electoral UDI, ratificado en las municipales del 2000 y parlamentarias del 2001, debió haber allanado un cese al fuego con RN. Pero las ansias hegemónicas gremialistas y la saña con que algunos de sus barones intentaron destruir a Piñera (con escándalo de pedofilia, complots y querellas de por medio) terminaron siendo contraproducentes. Ese sectarismo excesivo no auguraba nada bueno si Lavín llegaba al poder con la misma prepotencia que caracterizó a la DC después de las presidenciales de 1964. Además, contrario a lo que buscaba el gremialismo, las municipales del 2004 volvieron a poner a RN en el mapa. Y Piñera ha demostrado una loable capacidad de resistencia.

 

Con las próximas elecciones presidenciales—y legislativas—acercándose aceleradamente, en la derecha sigue reinando la desconfianza. Las encuestas evidencian la debilidad actual de Lavín, pero también señalan que no existe otro liderazgo en el sector con posibilidades de llegar a La Moneda. Lavín entiende que esta es su última oportunidad. Si es derrotado, tanto su proyecto personal como la reinvención democrática gremialista pasarán a la historia como incomprensibles derrotas políticas. Para lograr una victoria, Lavín necesita ir más allá de la UDI. En la medida que su partido renuncie creíblemente a sus aspiraciones hegemónicas, las posibilidades de victoria de Lavín aumentan. Por eso que la incorporación de Cristina Bitar—nombre asociado (tal vez incorrectamente) a la Concertación—a la campaña representa una señal en la dirección correcta. Pero Lavín equivoca el camino si cree que puede ganar sin el apoyo decidido y militante de RN y Piñera, su líder natural y mejor evaluado. Por eso que el candidato gremialista precisa acallar las voces en su partido que llaman a prescindir de Piñera y debe, en cambio, cabildear activamente para incorporarlo a su campaña. A menos que Piñera trabaje ardua, decidida y convencidamente por Lavín, será difícil evitar que la Concertación celebre una cuarta victoria consecutiva en diciembre.

 

Ahora bien, la victoria de Lavín es también fundamental para mantener vivas las aspiraciones presidenciales de Piñera. Nada garantiza que el empresario-político eventualmente pueda llegar a La Moneda. Pero si Lavín no gana la presidencial, Piñera nunca podrá ser candidato con la venia de la UDI. Ya que la responsabilidad de una derrota de Lavín será parcialmente atribuida—con o sin razón—al líder natural de la derecha liberal, Piñera debe entender que su futuro político depende de una victoria del abanderado derechista. Si Lavín pierde, igual pagará los costos de la ira y frustración UDI. Si Lavín gana, Piñera tendrá una oportunidad mínima para intentar consolidarse como el próximo candidato del sector. Mejor aún, la derecha llegara por fin al poder, aprendiendo que se gana más trabajando juntos.  

 

Mientras en la Concertación las diferencias personales históricamente han sido puestas de lado en aras de la unidad, los partidos de derecha se obstinan en creer que pueden conquistar el poder sin necesidad de coalición. Mientras Alvear y Bachelet han logrado entender que ambas se benefician al mantener el fair play (después de todo la que gane las primarias necesitará que la perdedora se sume activamente a la campaña para que la Concertación gane en diciembre), la tentación de la vía propia sigue representando la mayor amenaza para las posibilidades de la derecha. Las próximas presidenciales representan la mejor oportunidad para una victoria derechista desde que Chile recuperó la democracia. En tanto Lavín y Piñera entiendan que, más allá de sus diferencias personales, el futuro político de ambos depende de su capacidad para trabajar juntos, la derecha tendrá posibilidades de llegar a La Moneda. Por eso, entiendo que no esto no es una cuestión personal, Lavín y Piñera debieran ignorar los consejos de algunos de sus vengativos aliados y, poniendo sus diferencias a un lado, debieran firmar un pacto de decidida colaboración que haga de las presidenciales de diciembre la más competitiva de todas las contiendas electorales desde que nuestro país recuperó la democracia.