Pastelero a tus pasteles

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 28, 2004

 

La salida del titular del MOP Javier Etcheberry subraya la necesidad de contar con ministros que además de ser buenos técnicos, tengan la necesaria habilidad política resolver adecuadamente las crisis cuando estas se presenten.

 

Etcheberry es la segunda víctima política del desplome del puente Loncomilla. Debido a sus infundadas acusaciones contra el titular del MOP, el diputado Pablo Lorenzini temporalmente logró desviar la atención desde el puente a la conveniencia del fuero parlamentario y tuvo que renunciar a la presidencia de la Cámara. Pero su caída permitió que la preocupación volviera a centrarse en las responsabilidades administrativas y políticas por la caída del puente. Aunque el presidente Lagos lo hubiera seguido apoyando y por lo tanto hubiera asumido personalmente el costo político del colapso (con un nivel de aprobación superior al 60%, el presidente se puede dar esos lujos), la renuncia de Etcheberry se debió en buena parte a su evidente hastío personal. Nadie está dispuesto a ser injuriado por un cobarde irresponsable que se esconde detrás de su fuero parlamentario. Un profesional de la calidad de Etcheberry, cuyos ingresos en sus 15 años como servidor público fueron sustancialmente menores a los que podría haber obtenido en cualquiera de las muchas empresas que seguramente ya estarán requiriendo sus celebradas capacidades técnicas no se merecía esas injurias.

 

Pero su también subraya el error de poner como ministro a un eficiente tecnócrata con reconocidamente débiles habilidades políticas. Tomando en cuenta que ya existía el escándalo MOP-Gate, Lagos debió haber nombrado a un buen político con suficientes habilidades técnicas. Los ministerios técnicos, como correctamente ha señalado el titular de educación Sergio Bitar, son mejor manejados por buenos políticos. La salida de Etcheberry no se debe al puente Loncomilla sino a cómo dicho colapso fue manejado políticamente. Además de no presentarse a declarar ante la comisión de la Cámara de Diputados, Etcheberry insistió en lidiar con el problema desde una perspectiva gerencial. La virulenta respuesta de Lorenzini, desde una perspectiva evidentemente populista, evidenció la falta de manejo político del saliente ministro. Etcheberry demostró no solo desconocimiento sino incluso desprecio por la conducción política que requiere cualquier alto cargo de gobierno. Si bien correctamente subrayó que los ministros no leen todo lo que firman y por lo tanto no pueden ser considerados responsables de todo lo que ocurre en sus carteras, la incapacidad de Etcheberry de rodearse de asesores que si lo hicieran y le advirtieran de los riesgos técnicos y políticos siempre presentes le resultaron muy caras.

 

Por cierto, la decisión presidencial de nombrar a Jaime Estevez, político de trayectoria notable y reconocidas capacidades técnicas contribuirá a que el MOP deje de ser el principal dolor de cabeza del gobierno. Ya que Estévez entiende tanto la necesidad de ser técnicamente eficaz y políticamente hábil, muchos de los problemas que se suscitaron bajo los liderazgos anteriores deberían desaparecer. Sin duda otras cosas continuarán complicando la situación. La investigación que lleva la jueza Chevesich seguirá provocando problemas. Porque no logra entender que los magistrados deben ser imparciales, correctos y razonables en su búsqueda de la verdad, lo de Chevesich es ahora una cruzada personal lejana al ideal de una justicia ciega con una equilibrada balanza.

 

Pero por sobre todo, el reemplazo de Etcheberry por Estévez representa finalmente el triunfo de una saludable lógica política en la formación del gabinete. Un buen técnico nunca reemplazará a un político hábil con suficientes capacidades técnicas. La confianza en tecnócratas apolíticos inevitablemente lleva a la aparición de políticos irresponsables y populistas, como Lorenzini, que terminan provocando crisis que cuestan mucho más caro al país que la caída del puente que originó todo este escándalo.