El partido de Zaldívar y Lorenzini

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 25, 2004

 

Tanto la improbable candidatura presidencial de Adolfo Zaldívar como el injustificado exabrupto de Pablo Lorenzini subrayan el difícil momento de la DC. A menos que los militantes de ese partido entiendan que además de declarase centrista hay que demostrar ser moderados, la belicosa dupla Zaldívar-Lorenzini llevará a la DC a una dolorosa derrota electoral el 2005.

 

Zaldívar es el primer aspirante presidencial DC desde Radomiro Tomic que intenta llegar a La Moneda haciendo campaña contra su propio gobierno. Si bien Zaldívar critica a un socialista no a un presidente saliente DC, la popularidad de Lagos es sustancialmente superior a la que entonces disfrutaba Frei Montalva. De todas formas, así como fue un error para Tomic utilizar un discurso propio de la oposición, Zaldívar equivoca el camino al pretender llegar a la presidencia sugiriendo que el 70% de los chilenos están mal después de 16 años de Concertación.

 

Ni el mismo Joaquín Lavín—que en 1999 popularizó la frase “lo que no han hecho en 10 años no lo van a hacer nunca”—se atreve ahora a ser demasiado crítico de Lagos. Sin duda que Lagos ha cometido errores, pero quien pretenda ganar el 2005 necesita muchos votos de aquellos que aprueban su gestión y creen que el país avanza en la dirección correcta. Hacer campaña contra Lagos representa una mala estrategia para el aspirante de oposición. Pero que lo haga un concertacionista es una inverosímil, contraproducente e irresponsable estrategia.

 

La actitud de Zaldívar frente al affaire Lorenzini ayuda a entender la estrategia del líder DC. Cuando Lorenzini no se disculpó por acusar infundadamente al ministro Etcheberry de corrupción, Zaldívar le pidió la renuncia a su aliado pero también intentó fortalecer sus aspiraciones personales criticando a Lagos. En cierto modo, el agresivo senador que ahora busca ser el más centrista de todos, pensó que al criticar tanto a Lorenzini como a Lagos lograba su propósito. Pero si bien Lagos pudo haber dejado en evidencia su mal carácter al no saludar a Lorenzini, ¿quién es Zaldívar para tirar la primera piedra en asuntos de carácter? Pero el error fundamental de Zaldívar en su equivocación al interpretar el sentir nacional. Más que centrismo, los chilenos quieren moderación. Pero tanto el frenesí de Lorenzini como la violencia verbal de Zaldívar reflejan una falta de moderación que provoca inmediato rechazo.

 

Zaldívar argumenta que Alvear tiene pocas opciones de ganar la nominación concertacionista y por lo tanto, la DC bien pudiera nominar a otro abanderado. Pero la única DC con posibilidades de derrotar a Bachelet en primarias y a Lavín en la presidencial es Alvear. Si Zaldívar logra sacrificar a la mejor carta DC, ese partido no tiene posibilidad de ganar el 2005. Ni el pueblo concertacionista aceptará entregarle la victoria presidencial a Lavín nominando al impopular Zaldívar, ni la propia DC aceptará ir a tres bandas compitiendo contra la dupla Bachelet-Lagos y contra Lavín.

 

Por cierto, siguiendo el ejemplo belicoso de su aliado, Lorenzini intentó convertir una comprensible—aunque tal vez contraproducente—decisión presidencial de quitarle el saludo en una afrenta contra la Cámara. Como si todos los diputados y funcionarios de esa corporación tuvieran algo que ver con su arrebatado discurso, el DC que entonces ostentaba el cargo más alto en el aparato de estado entre todos los militantes intentó jugar a ser víctima para que el resto del país olvidara su improvisada virulenta calumnia.  Intentando ser un centrista ubicado entre la derecha y el gobierno, Lorenzini nos recordó una era de polarización y violencia verbal que nadie quiere repetir. En vez de rescatar las fortalezas de moderación de la DC, Lorenzini siguió el ejemplo de Zaldívar de intentar resucitar el discurso de extremismo y polarización de centro propio de la excluyente DC de los 60.

 

Por cierto, uno de los principales errores del presidente Lagos fue precisamente dejar abandonados a los partidos oficialistas desde su llegada a La Moneda. Sabiendo que el gran desafío de la coalición era proyectarse más allá de Pinochet, Lagos optó por convertir su legado y popularidad personal en la plataforma sobre la que construir una nueva Concertación. El mismo Lagos omnipresente para todo lo demás, le dejó la tarea de refundación concertacionista exclusivamente a los partidos. Aún a sabiendas que la crisis de partidos devendría en una crisis de la coalición, Lagos sólo fue un observador cuando la DC cayó en la crisis de gobernabilidad que culminó con el error de inscripción para las parlamentarias del 2001 y en la llegada de Zaldívar a la presidencia.

 

Hoy, cuando la popularidad de Lagos está en su mejor momento y la candidatura de Joaquín Lavín evidencia tanto el cansancio como una preocupante falta de ideas y propuestas nuevas, el desorden en la DC representa la principal amenaza a una victoria presidencial oficialista. En tanto la DC no vuelva a ser el partido de incluyentes centristas moderados orgullosamente concertacionistas, Lavín seguirá contando entre sus mejores aliados al combativo y obstinado presidente de la DC y al eufórico y calumniador ex presidente de la Cámara de Diputados.