Lagos y Anti-Lagos

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 5, 2004

 

Muchos concertacionistas experimentan la singular contradicción de, por un lado, admirar a Lagos por su condición de estadista y, por el otro, destacar que Bachelet sería una gran presidenta precisamente por ser tan diferente de él.

 

Cuesta pensar en dos estilos de liderazgos más diferentes e incluso contrapuestos que los de Lagos y Bachelet. El tercer presidente de la Concertación es mucho mejor presidente que candidato. Desde sus brillantes discursos de 21 de mayo, pasando por sus visionarios proyectos de ley hasta sus ambiciosas iniciativas de política internacional, Lagos desarrolla sus tareas presidenciales con destreza, prestancia y un orgullo tal que subraya que ser buen político requiere tanto de ciencia como de arte. Su popularidad actual, superior a la de Frei Ruiz-Tagle y Aylwin en momentos equivalentes, demuestra que la opinión pública recompensa a este presidente que ha convertido su lejanía en una fortaleza y ha transformado su aire de superioridad magisterial en una popular característica de su personalidad. Autoritario y con reconocidos problemas de genio, Lagos se ha ganado el respeto hasta de sus más acérrimos críticos.

 

Sus seguidores y sus adversarios concuerdan en que Lagos se siente mucho más cómodo enfrentando a George W. Bush que pidiendo el voto a la señora Juanita. De hecho, su gran dificultad para ganar las presidenciales del '99 radicó en que se preparó durante muchos años para ser presidente, no para ser un buen candidato.

 

Como Primer Mandatario, Lagos fácilmente asume la condición de guía de los destinos de la nación. Su grandilocuente discurso, aún a la hora de inaugurar soluciones básicas para la extrema pobreza, evoca más la estatura de un líder mundial que la de un mandatario de una nación tercermundista donde el 14,1% de la población vive bajo la línea de la pobreza y un 4,7% adicional vive en la indigencia. Pero para un país que aspira a ser líder y sueña con el desarrollo -inspirado en las promesas de casi todos los juglares económicos de los últimos cuatro gobiernos- un presidente como Ricardo Lagos nos viene de maravillas. Para un país que quiere ser la estrella del nuevo milenio no hay mejor jefe de Estado que el que se ve a sí mismo como el fideicomisario de un sueño hasta ahora inalcanzable.

 

Michelle Bachelet, en cambio, posee todos los atributos que tanta dificultad representaron para Lagos en las elecciones de 1999. Cercana, espontánea, simple, directa y humanamente razonable, Bachelet representa mucho más la realidad posible que los sueños de grandeza.

 

Su lentitud para formar equipos organizados de trabajo desde su salida del Ministerio de Defensa, su preferencia por la improvisación y la espontaneidad, y su excesiva confianza en su simpatía personal por sobre los planes de trabajo subrayan tanto sus evidentes fortalezas como sus preocupantes debilidades. A diferencia de Lagos -que constituyó en la Fundación Chile 21 su comando de campaña varios años antes de las presidenciales- Bachelet ha tomado un camino más arriesgado. Ya que se la ha jugado por no definir su propia plataforma política ni por dejar en claro su visión de país -siguiendo el ejemplo de Lavín en 1999, que tanto criticó la propia Concertación-, Bachelet corre el riesgo de que otros intenten explicar por ella las que serían las metas de su gobierno.

 

Mucho más cercana a la gente común que a los líderes mundiales, Bachelet parecería más cómoda hablando con la señora Juanita que con Bush. Sus defensores comprensiblemente argumentan que ella recién comienza a articular su mensaje, pero a 12 meses de las presidenciales y a 8 de que la Concertación tenga que inscribir candidato, es hora de apurarse. Otros argumentan que no es necesario que Bachelet entre al terreno de las ideas. La suya sería una campaña de continuidad en las políticas pero de cambios profundos en el estilo y personalidad de gobierno respecto a lo que ha sido el sexenio de Lagos. Por eso, en vez de hablar del futuro del país, Bachelet podría seguir hablando fundamentalmente de sus experiencias personales.

 

Simpatía, firmeza y visión

 

Pero Lagos logró finalmente ganar la presidencial de 1999 porque convenció a una mayoría del electorado que, pese a ser mal candidato, podría ser buen presidente. Así también Bachelet necesita convencer a los electores moderados que además de ser gran candidata, ella puede ser una gran presidenta.

 

A menos que logre convencer que ella podrá combinar simpatía con firmeza y visión en La Moneda, el mismo entusiasmo que sus seguidores evidencian a la hora de destacar la fortalezas de estadista de Ricardo Lagos, terminará alimentando las dudas sobre los atributos presidenciales de la que hasta ahora se perfila como la mejor carta electoral de la Concertación.