Augusto José Ramón

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 27, 2004

 

A menos que transparente el origen y el tamaño de su patrimonio, las recientes revelaciones sobre cuentas bancarias en el extranjero de Pinochet terminarán por enlodar lo más rescatable de su legado: el modelo económico chileno.

 

El ex dictador llegó al poder en circunstancias que, ahora sabemos, se debieron mucho más a la planificación de otros que a su liderazgo personal. Habiéndose unido al golpe a última hora, la foto con sus atemorizantes lentes oscuros que dio vuelta al mundo inducía al engaño: Pinochet no fue el gran artífice del golpe militar de 1973. Pero el entonces comandante en jefe del ejército—con la ayuda de su leal colaborador y fundador de la UDi Jaime Guzmán—logró rápidamente imponerse sobre sus compañeros de la Junta de Gobierno como autoridad máxima. Su consolidación como presidente de la Junta primero y eventualmente como Presidente de la República demostraron que Pinochet era mucho mejor político que militar. Su correcta, pero deslucida, carrera en el ejército nunca hubieran podido anticipar su brillante habilidad para mantenerse como primer mandatario por más tiempo que ningún otro chileno en la historia del país.

 

En el poder, el legado de Pinochet no deja lugar a equívocos. Desde la declaración de principios del gobierno de 1974 hasta la Constitución de 1980—con sus disposiciones anti-democráticas y su vergonzante articulado transitorio—reflejan el espíritu temeroso de la voluntad de las mayorías que caracterizó tanto al ex dictador como a sus leales asesores civiles que hoy convenientemente ocultan su entusiasmo por esa doctrina de mano dura que alentó—o al menos avaluó—las violaciones a los derechos humanos que hoy nos avergüenzan como país. Las violaciones a los derechos humanos, denunciadas incluso por adherentes al golpe de estado desde el mismo 1973 y documentadas cuidadosamente por el valiente liderazgo de la iglesia católica y otras organizaciones de la sociedad civil, caracterizaron a la dictadura desde un comienzo y motivaron a sus apologistas civiles a intentar justificarlas con diversos argumentos.  Sin duda la irresponsable actitud de muchos líderes de la izquierda revolucionaria de entonces colaboró para sembrar el temor. Pero la amenaza al estado de derecho y la democracia no se puede combatir con tortura, desapariciones forzadas de personas y bombardeos al palacio de un gobierno incapaz, pero democráticamente electo.

 

Así y todo, el legado de Pinochet no solo incluyó la violencia y la represión. Las profundas transformaciones económicas ayudaron a que la Concertación convirtiera a Chile en la estrella latinoamericanas en los 90. El modelo económico neoliberal, con falencias e insuficiencias, nos ha permitido alcanzar un estándar de vida que nunca pasó de ser un sueño incumplido para los gobiernos anteriores. En ese sentido, Pinochet debiera ser abiertamente reconocido como el padre del Chile actual. Pero su obsesión por querer seguir en el poder más allá de 1988 y su negación a retirarse del mando del ejército en 1990 lo convirtieron en un obstáculo para la consolidación democrática. Sus esporádicas apariciones durante los 8 años que se mantuvo al mando del ejército en democracia siempre fueron amenazas veladas al estado de derecho. Finalmente, su inoportuna decisión de asumir el cargo de senador vitalicio evidenció que el dictador tenía una sed de poder impropia de la imagen de visionario líder que sus leales asesores civiles gremialistas siempre intentaron atribuirle.

 

Después de su devastador arresto en Londres, la imagen histórica de Pinochet nunca logró recuperarse. Además de los problemas legales producidos por el compromiso del gobierno chileno de lograr que Pinochet fuera juzgado en Chile por violaciones a los derechos humanos, el revisionismo histórico y la recuperación de la memoria nacional han hecho crecer la imagen del hombre a quien Pinochet derrocó. Hoy por hoy, la reconocida imagen democrática de Allende en el mundo ha crecido también en Chile con inversa proporcionalidad a la destrucción de la imagen histórica de Pinochet. Pero han sido las recientes revelaciones sobre las cuentas secretas del ex dictador lo que ha terminado por derribar la idea de Pinochet como un loable salvador de la patria.

 

Recientemente, la revelación de nuevas cuentas abiertas a nombre de José Ramón Ugarte—entre otros alias—irónicamente simboliza el conflicto entre lo que hasta hace poco constituían los dos legados de Pinochet: uno negativo de violaciones a los derechos humanos y uno positivo de reformas económicas. Enlodado por acusaciones de enriquecimiento ilícito y fraude al fisco, la mera asociación de Pinochet a las reformas económicas daña ahora la legitimidad y validez de las mismas. Marcadas por su pecado original de haber sido adoptadas en dictadura, las reformas económicas ahora también pasarán a la historia estampadas por la sospecha del enriquecimiento ilícito.

 

A menos que en el ocaso de su vida, el ex patriarca se decida a transparentar los orígenes y tamaño de su patrimonio, el único elemento hasta ahora loable de su doloroso legado quedará también inevitablemente dañado por la marca de la ilegalidad que caracterizó su violento ingreso a la historia nacional.