Nuevas doctrinas, viejas responsabilidades

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 20, 2004

 

La próxima divulgación pública del informe sobre la tortura ha generado reacciones muy diferentes en dos de los estamentos más comprometidos con la dictadura. Mientras el ejército ha aprovechado la ocasión para anunciar su nueva doctrina institucional, los partidos de derecha han esquivado su responsabilidad política. Así como la ausencia de autocrítica en la derecha habla mal de un sector que debiera representar una visión para construir un mejor país, la actitud del ejército subraya la importancia de terminar con la autonomía de las fuerzas armadas. 

 

La decisión del General Emilio Cheyre (cuyo alto perfil político es inconveniente en tanto los militares debieran estar alejados de la política) de anunciar la nueva doctrina del ejército días antes de la entrega del informe sobre la tortura respondió a una cuidadosa maniobra política. Aunque líderes de gobierno y de oposición celebraron la nueva doctrina, el anuncio realizado por Cheyre irónicamente dejó en evidencia uno de los dos principales problemas pendientes de nuestra transición. Las fuerzas armadas mantienen una autonomía y autodeterminación impropias en una democracia. Aunque la nueva doctrina institucional es incuestionablemente superior a la abandonada “óptica propia de la guerra fría,” la mera existencia de una visión institucional autónomamente producida por el ejército demuestra que falta un buen camino por recorrer para construir una democracia de calidad internacional donde los militares estén sujetos plenamente a la autoridad civil.

 

Por su parte, la reacción de la derecha ante el informe ha sido igualmente decepcionante. Representada por su candidato presidencial, los partidos de derecha (en particular la UDI) han esquivado su responsabilidad de haber colaborado activamente con el régimen. En cambio, han sugerido que el informe “revela una falla muy grande de toda la sociedad chilena, nosotros como personas incluidos.” Al hacer esto, Lavín equivoca el camino al eludir la responsabilidad de su sector y distorsiona la verdad. En 1973 hubo simpatizantes del golpe que denunciaron los apremios ilegales mientras otros callaron o negaron las violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Toda la sociedad—pero particularmente la irresponsable izquierda revolucionaria—falló al llevarnos por el camino del quiebre democrático. Por cierto, un gran responsable del golpe militar fue el gobierno de Allende, que sabiendo de la oposición de Estados Unidos, insistió en imponer una revolución apoyada por una minoría de la población. Pero las violaciones a los derechos humanos son responsabilidad del gobierno militar que adoptó por una política sistemática del terror.

 

Ciertamente resulta fácil juzgar los hechos con 30 años de distancia y con la frialdad de no haber vivido la época. Pero resulta más fácil desconocer las responsabilidades morales que implica haber defendido con entusiasmo la revolución silenciosa que se construyó, al menos parcialmente, gracias a una política de violaciones a los derechos humanos. Tampoco sirve ensalzar por un lado a aquellos que ayudaron a sus amigos a salir de los centros de detención (evidenciando que los pitutos funcionaron aún con la DINA) y por otro lado argumentar que nunca supieron de las vejaciones a la dignidad de miles de chilenos. Por cierto, tampoco tienen la misma responsabilidad histórica los que apoyaron calladamente a la dictadura que aquellos que se alzaron como sus principales apologistas.

 

Con firmeza y voluntad, Chile ha construido una nueva democracia. La propia derecha ha demostrado una creciente vocación democrática y una saludable preocupación por lograr triunfos electorales. Así como la izquierda se renovó en dictadura, la derecha se ha renovado en democracia. Por esa misma razón resulta incomprensible que llegado el momento, el líder del sector no aproveche de demostrar que es capaz de reconocer errores y asumir responsabilidades por su defensa y participación en el régimen de Pinochet. La dictadura logró grandes avances (el crecimiento económico de los 90 se construyó sobre las reformas económicas impulsadas en dictadura), pero también fue responsable de vergonzantes violaciones a los derechos humanos. De ahí que, en frase del historiador pinochetista Gonzalo Vial, Pinochet nos dejara un legado de brillantes luces y negras oscuridades. Correspondía a los partidos de derecha, que apoyaron y celebraron los éxitos de la dictadura, asumir también sus costos y desaciertos. Pero en el momento de demostrar la fortaleza moral que precisa aquel que pretende ser presidente de todos los chilenos, Joaquín Lavín optó por endosarle la culpa a toda la sociedad.

 

Sin bien el país continúa avanzando en el sendero de la consolidación democrática, ese andar será más rápido cuando las fuerzas armadas ya no elaboren visiones en forma autónoma y la derecha reconozca su responsabilidad histórica en ese doloroso legado de sufrimiento que el informe sobre la tortura convierte ahora también en parte de nuestra historia oficial. Unas fuerzas armadas no autónomas y una derecha democrática redimida son requisitos indispensables para una democracia saludable, estable y exitosa.