Democracia Cristiana

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 13, 2004

 

El partido que volvió a ser el más votado del país en las últimas municipales tiene en Soledad Alvear a su mejor carta presidencial. A menos que los otros presidenciables acepten una competencia en primarias abiertas para decidir al candidato DC—o bien que simplemente depongan sus aspiraciones a favor de Alvear—ese partido habrá logrado la más inútil de las epopeyas políticas: salvarse providencialmente de la muerte sólo para cometer suicidio inmediatamente después.  

 

A diferencia de la izquierda concertacionista, donde Bachelet es favorita e Insulza es un inmejorable candidato de relevo, la disputa por la candidatura DC despierta virulentas animosidades y recuerda odios y venganzas más propios de la Derecha que de la Concertación. Además del evidente liderazgo de Alvear—cuya consolidación en las encuestas la están convirtiendo en la ganadora del mes de noviembre—las aspiraciones presidenciales de Eduardo Frei, Marcelo Trivelli y Adolfo Zaldívar obligan a la DC a tener que encontrar un mecanismo para escoger un candidato presidencial.

 

Aunque la nominación de Alvear parece representar la mejor decisión para la falange, la política siempre está llena de segundas lecturas y solapadas rencillas internas. El ex presidente Frei comprensiblemente cree que posee la experiencia y capacidad necesarias para volver a La Moneda. A diferencia de Alvear, Fei ha ganado elecciones populares. Además, en un país que nunca ha tenido una mujer presidenta, Frei bien pudiera representar una apuesta menos riesgosa. Pero el ex presidente sabe que las encuestas parecieran no acompañarlo y que su experiencia ayudaría mucho en una campaña y futuro gobierno de Alvear. Habiéndose legitimado a través de la voluntad popular, Frei entiende que nadie mejor que las primarias son el mejor mecanismo para escoger al mejor candidato DC.

 

El popular intendente Marcelo Trivelli posee notables atributos presidenciables. Su habilidad comunicacional, su capacidad para trabajar en equipo, su acaba preparación y su singular curiosidad intelectual lo convierten en promisorio líder de la política chilena. Pero Trivelli equivocó el camino después de ser víctima de la injustificada torpeza de no ser proclamado candidato en Santiago. Comprensiblemente, Trivelli optó por no hacer campaña por Jorge Schaulsohn. Al final, en vez de dejar sólo la impresión que la Concertación perdió al no haberlo nominado, la actitud de Trivelli llevó a muchos a pensar que Lavín también se benefició de la falta de disciplina concertacionista del intendente. Pero como Trivelli ha tenido muchos más aciertos que errores, su natural habilidad política lo llevará a apoyar al presidenciable DC que mejores opciones tenga tanto de derrotar a Bachelet en unas primarias concertacionistas como de imponerse en diciembre del 2005.

 

En cambio, las pretensiones de Adolfo Zaldívar representan una lógica más voluntarista. Zaldívar entiende que no tiene posibilidades reales de ganar una elección presidencial. Pero el presidente DC cree que su candidatura todavía puede o bien debilitar las aspiraciones de Alvear—esposa del archienemigo de Zaldívar en la DC—o bien granjearle una posición privilegiada para negociar cupos parlamentarios en una negociación para apoyar a Bachelet. Aunque una guerra fraticida podría liquidar a Alvear, Zaldívar no cuenta con un candidato creíble de reemplazo. Es más, si logra el apoyo de Trivelli y Frei, Alvear tendrá suficiente fuerza para derrotar a Zaldívar. Por otro lado, dada su popularidad actual, Bachelet no tendría para qué negociar ningún apoyo a su nominación concertacionista. Basta con que insista en primarias abiertas y defienda el derecho de los electores a escoger al candidato—y a los parlamentarios—para echar por tierra un intento de negociación por parte de Zaldívar. Pero claro, Zaldívar también entiende que su poder político personal aumenta en la medida que se mantenga como un actor político relevante. Es más, el presidente DC sabe que su influencia personal disminuiría sustancialmente si el próximo presidente de Chile fuera DC. Por eso, aunque sepa que no tiene posibilidades de llegar a La Moneda el 2006, Zaldívar insiste en querer buscar la nominación de la DC.

 

Aunque el comportamiento de Alvear, Frei y Trivelli en la disputa interna DC sigan una impecable lógica política, lo de Zaldívar refleja la inevitable presencia de la ambición personal desmedida. Después de la debacle de la mala inscripción de candidatos para las parlamentarias del 2001 y del pobre desempeño electoral del PDC ese año, Adolfo Zaldívar llegó con determinación a ordenar el partido. Pese a haber equivocado la estrategia respecto a la Concertación—declarándola muerta y convirtiéndose en un opositor más que un aliado de Lagos—Zaldívar logró ordenar a un partido perturbado. Pero a menos que corrija rumbo y entienda que su liderazgo ordenador—aunque demasiado autoritario—pudiera haber contribuido a sacar a su partido de la unidad de cuidado intensivo, Zaldívar pasará a la historia como el presidente DC que llegó a un partido que avanzaba desordenadamente hacia el despeñadero y logró organizarlo para luego conducirlo ordenadamente hacia el mismo despeñadero.