La voz del pueblo

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 7, 2004

 

Aunque la voz del pueblo da para muchas interpretaciones, a menos que Lavín y la Alianza corrijan rumbo, la Concertación volverá a celebrar victoria en diciembre del 2005.

 

Joaquín Lavín quiso equiparar la derrota de la Alianza en las municipales a la ajustada victoria de Lagos en primera vuelta de 1999. De ahí que, después de intentar un discurso de victoria el domingo de noche frente a una indiferente Plaza de Armas, Lavín reconociera la derrota de la Alianza. Si se impone la misma lógica que en 1999, después de oír la voz del pueblo, el candidato enmendará rumbo y logrará una resonante victoria en segunda vuelta. Aunque la comparación es útil para la derecha, y correctamente subraya la oportunidad para corregir rumbo, Lavín deberá primero convencer a los que quieren tirar la toalla a la arena electoral antes de tiempo y parapetarse en el sistema binominal para evitar una avasalladora victoria de la Concertación el 2005.

 

La obstinación por mantener como presidente de partido a uno de sus líderes más identificados con la dictadura y menos comprometido con el proyecto de renovación del Longueira pre-Spiniak, evidencia que la UDI continúa ignorando la voluntad popular. A su vez, el espíritu (comprensible pero dañinamente) revanchista que rápidamente se apodera de algunos en RN demuestra que la Alianza prefiere la derrota a los necesarios compromisos que implica constituir una coalición política.. Pero por sobre todo, la incapacidad de Lavín a decidirse entre ser líder de la Alianza (ordenando a RN y UDI) y ser el candidato apolítico de la sonrisa cordial, refleja la mayor debilidad de la Derecha. Confundida entre volver al gastado discurso del cambio—que fracasó en las municipales—y optar por una postura más política, de propuestas concretas e ideas claras, Lavín ha demostrado una indecisión similar a la que llevó a la derrota a John Kerry en Estados Unidos.

 

Es cierto que la incuestionable popularidad del presidente Lagos—que después de los resultados de octubre sólo debe cuidarse de no creerse un benemérito de la patria, invencible y autosuficiente—y la impresionante superioridad electoral de la Concertación hacen difícil articular un discurso exitoso desde la oposición. La sensación de mejoría económica—una amplia mayoría cree que el país va en la dirección correcta—hacen improbable una victoria basada en frases como “lo que no hicieron en 16 años, no lo van a hacer nunca.” Pero aunque un sector importante de la derecha crea en revivir la estrategia de 1964 (y 1993) y opte por apoyar a un centrista que evite una victoria de la izquierda, sería un error garrafal renunciar de antemano a la posibilidad cierta de ganar el 2005.

 

Lavín debe demostrar que es capaz de escuchar el mensaje de la gente y corregir rumbo. Su discurso agotado de cambio no implica que el candidato esté también agotado. Además de seguir siendo uno de los políticos más populares y de tener equipos de trabajo ordenados, disciplinados y preparados, Lavín posee más recursos económicos que cualquiera de los abanderados concertacionistas. En la medida que crea en la posibilidad de ganar, la Alianza se podrá disciplinar detrás de su única carta electoral viable. Las fortalezas de Lavín son evidentes. En no menor medida, la popularidad de Alvear y Bachelet se debe a que Lavín legitimó un estilo ágil y moderno de hacer política. Experimentado candidato (5 campañas en el cuerpo, más las del 2001 y 2004), Lavín sigue siendo el favorito para ganar el 2005. Ni Alvear ni Bachelet han ganado nunca una elección popular—aunque ambas, junto a Lagos, convirtieron un anticipado empate en una avasalladora victoria concertacionista el 2004—y sólo la ex Canciller tuvo una participación de liderazgo activa en la segunda vuelta del 2000. Y aunque la elección del domingo haya demostrado que no logra chorrear su popularidad hacia los candidatos aliancistas, Lavín todavía es capaz de despertar una enorme adhesión personal, reunir suficientes recursos económicos y recibir suficiente apoyo de los medios de prensa para opacar las campañas de sus rivales concertacionistas.

 

Pero Lavín debe también entender que a menos que corrija errores, no participará en la toma de poder de marzo del 2006. Cada campaña requiere de mensajes y rostros nuevos. Ya que la derecha repite al candidato, es crucial que Lavín oculte a los gremialistas que siguen constituyendo su círculo de hierro íntimo. Tampoco funciona atacar al gobierno para conseguir votos, hay que articular un mensaje que lleve a la gente a creer que un gobierno de Lavín tendría, además de todo lo bueno de Lagos y de la Concertación, un impulso nuevo y más grande de creatividad, modernización y renovación. Lavín debe intentar anular la influencia de Lagos, consolidar sus fortalezas y reducir sus debilidades frente a las mujeres candidatas. El que otrora se presentara como apolítico debe transformarse en el más confiable y presidencial de los políticos chilenos. Además de no ser tarea fácil, el desafío de Lavín también implica convencer a su propio sector que la elección presidencial del 2005 no está para nada perdida. Si efectivamente oyó la voz de la gente, Lavín tendrá ahora que actuar en consecuencia.