En la puerta del horno

Patricio Navia

La Tercera, Octubre 16, 2004

 

Joaquín Lavín ha perdido el aura de certeza que rodeaba sus aspiraciones presidenciales hace 4 años. Su nombre ya no figura primero en varias encuestas y aquellos que creen que será el próximo presidente han caído de un 56% a fines del 2002 a un 38% en julio del 2004 (Encuestas CEP). A menos que ofrezca propuestas concretas mejores que las de la Concertación y distintas a las que ambiguamente insinuó con su ¡Viva el Cambio!, Lavín habrá desperdiciado una inmejorable oportunidad para que la derecha obtenga mayoría electoral por primera vez desde que se estableció el sufragio universal en Chile.

 

Desde que las mujeres ganaron el derecho al voto, la derecha jamás ha logrado superar la barrera del 50%. Sólo aliada con partidos de centro, ha logrado apoyo mayoritario. Desde que Pinochet obtuviera el 43% en el plebiscito—ayudado por la utilización vergonzosa de recursos estatales en su campaña—la derecha ni siquiera había podido igualar ese máximo electoral hasta que Lavín logró el 47,5% en 1999. Pero al lograr sólo 40,1% en las municipales del 2000 y 44,3% en las parlamentarias del 2001, la Alianza dejó en evidencia que persisten sus dificultades electorales. De hecho, Lavín es la única figura de la Alianza que ha logrado niveles de aprobación sobre el 50% en los últimos años.

 

En buena parte la debilidad electoral de la derecha se debe al apoyo que en forma obsecuente entregó a Pinochet. Aunque algunos apologistas insistan en destacar sólo las reformas económicas de la dictadura, el ignominioso historial de violaciones a los derechos humanos se impone mucho más fuerte. En buena medida porque la Concertación acertadamente se apropió del modelo económico neoliberal, dándole rostro humano (que ha ayudado a reducir la pobreza a la mitad), el legado del último gobierno de derecha son las violaciones a los derechos humanos (del que RN y la UDI han buscado huir sin la necesaria contrición y reconocimiento de sus propias responsabilidades éticas) y las leyes de amarre de la Constitución de 1980. Pero incluso la Constitución ha perdido lentamente sus principales enclaves autoritarios. Parapetados en el último gran enclave autoritario—el sistema binominal—la Alianza sabe que su ilegítima Constitución está marcada por el temor a la voluntad popular.

 

A diferencia de su sector, Lavín logró exitosamente zafarse del legado de la dictadura que entusiastamente apoyó. En los 90 se reinventó como un político moderno y diferente (tan diferente que rechazaba ser definido como político). Su popularidad después de las presidenciales de 1999 llevó a muchos derechistas a soñar con dejar de ser el sector minoritario. Pero la incapacidad de la Alianza para superar la votación de la Concertación pone en duda las posibilidades electorales de ese sector. El 31 de octubre, cuando la Alianza saque más votación que en las municipales del 2000, la Alianza se esforzará en cantar victoria. Pero mientras la Concertación siga obteniendo más votos, la derecha seguirá cargando el pesado saco de la incapacidad de pasar la barrera del 50%.  De ahí que hoy, cuando ya ha renunciado a derrotar a la Concertación en las municipales (y prepara el terreno para su undécima derrota electoral consecutiva) la Alianza no tiene más remedio que esperar que Lavín se fortalezca y logre por fin obtener una votación mayoritaria.  

 

Aunque es importante tener figuras populares, la incapacidad de la Alianza para ofrecer posturas y plataformas atractivas subraya la dependencia excesiva de ese sector en el carisma personal de su única carta electoral. Además de validar los cuestionamientos a la capacidad de la derecha de dar garantías de gobernabilidad, esa confianza excesiva en la popularidad de una persona arriesga ceder a la tentación del populismo. En América Latina, mientras más se confía en las personas y menos en los programas y las instituciones, más se prepara el terreno para que triunfe la amenaza populista. Mientras Lavín siga siendo incapaz de ordenar a sus partidos, el fantasma del populismo seguirá rondando su candidatura presidencial. Especialmente cuando su liderazgo demuestra ser incapaz para convencer a sus legisladores a apoyar reformas evidentemente positivas—como la simultaneidad de las elecciones presidenciales y legislativas—la falta de congruencia entre su postura personal y la de su sector hacen bajar el valor de las apuestas a favor de la inmunidad de Chile al populismo personalista que triunfa en varios países de América Latina.  

 

Aunque se le está acabando el tiempo, la mejor estrategia que puede adoptar hoy Joaquín Lavín es ofrecer propuestas nuevas y concretas. Una de ellas debe ser su capacidad de convertirse en el líder indiscutido y unificador de su sector. Como en la puerta del horno se quema el pan, cuando la derecha ha puesto todos sus huevos en la canasta electoral de Joaquín Lavín, el alcalde saliente de Santiago debe evitar dejar escapar su inmejorable opción por llegar a la presidencia. Los riesgos de que se su candidatura termine debilitándose implicarían no solo una nueva derrota electoral de la derecha. También contribuirían a debilitar la consolidación de una democracia competitiva en Chile.