Acortar el período presidencial, ahora

La Tercera, octubre 12, 2004

Esta columna fue escrita en conjunto por Sebastián Edwards, Eduardo Engel, Patricio Navia, Pablo Halpern, Arturo Valenzuela, J. Samuel Valenzuela y Andrés Velasco.

 

Santiago, Agosto de 1973. Chile vive un momento político muy delicado. La oposición acusa al gobierno de violar la constitución. Allende alega que sus adversarios buscan desestabilizar el régimen democrático. El país está cada día más dividido. Muchos temen un estallido de violencia. Al final prima la cordura. Sólo falta un año para las elecciones presidenciales, donde la oposición tiene buenas posibilidades de derrotar a la UP. Todos optan por concentrar los esfuerzos en la votación que se avecina. El 4 de septiembre de 1974, Patricio Aylwin se impone estrechamente en las urnas. Poco después es confirmado por el congreso pleno y asume formando un gabinete multipartidista. El clima político se distiende. La democracia chilena se ha salvado.

 

Linda historia, con un final feliz. Lamentablemente, no ocurrió así. El colapso de la nuestra democracia tuvo muchas causas. Una de ellas fue el mal diseño institucional. En agosto del 73 faltaban tres años para las próximas elecciones presidenciales. El gobierno de Allende había perdido las elecciones parlamentarias de marzo y carecía de mayoría legislativa. Era un gobierno controvertido y, en algunos sectores, muy impopular. Aunque Allende quería gobernar, en esas circunstancias resultaba imposible hacerlo. Sus opositores querían sacarlo de La Moneda, pero no había un método constitucional y expedito para hacerlo. Una crisis institucional se volvió inevitable.

 

Los gobiernos de minoría y la inestabilidad que potencialmente generan no son, por supuesto, un problema exclusivamente chileno. Hay dos modos alternativos de lidiar con este problema. Una posibilidad es adoptar un sistema parlamentario. En Europa, Canadá o Japón sólo puede formar gobierno el grupo que tenga mayoría parlamentaria. ¿Qué pasa cuando una elección cambia la composición del parlamento, o cuando un partido de la coalición de gobierno se pasa a la oposición? El gobierno simplemente deja de existir y se forma otro, que si cuenta con mayoría. Los gobiernos de minoría no son factibles en un régimen parlamentario. Tampoco lo son los gobiernos que carecen sostenidamente de apoyo en la opinión pública.

 

La otra alternativa es combinar un régimen presidencial con períodos cortos. En este caso un gobierno impopular no cae automáticamente cuando pierde la mayoría, pero los votantes no tienen que esperar demasiado tiempo para deshacerse de él. Mejor aún si los períodos cortos permiten que las elecciones presidenciales y parlamentarias coincidan siempre. Así un gobierno no tiene que enfrentar elecciones a mitad de período y es mucho más factible tener una mayoría parlamentaria durante su mandato. Por otros mecanismos,  este sistema también evita los gobiernos de minoría y favorece la estabilidad. Por algo, todas las democracias presidencialistas y duraderas de América (EEUU, Costa Rica, Colombia, Venezuela) hoy tienen o tuvieron por mucho tiempo períodos presidenciales de sólo cuatro años.

 

Chile, por contraste, sufre de la peor de las combinaciones: sistema presidencial con período largo y elecciones no simultáneas. No hay ejemplo en el mundo (Francia es una muy parcial excepción) de un régimen así que haya funcionado bien y resultado estable. Mientras más largo el periodo presidencial, más incentivos tienen los descontentos para buscar desestabilizar al gobierno con herramientas no democráticas. Y como las elecciones presidenciales y legislativas no se realizan simultáneamente, más difícil es que los presidentes tengan mayorías legislativas, o que las coaliciones electorales se conviertan en coaliciones de gobierno después de ganar una elección.

 

En Chile, algunos han argumentado que acortar el período podría causar inestabilidad. La evidencia de las democracias presidenciales del mundo es concluyente y demuestra exactamente lo contrario. Tener períodos cortos y elecciones simultáneas es mucho mejor para la estabilidad democrática.  Es también mejor para la calidad de la democracia. Al elegirse presidente, diputados y senadores a la misma vez, el país tendría menos elecciones, pero cada elección sería más importante. Los ciudadanos tendrían más razones para votar, y para hacerlo de modo informado. Así, acortar el período presidencial contribuiría a combatir el ausentismo electoral que es un peligro creciente para nuestra democracia.

 

No es conveniente que, tras un período de cuatro años, el presidente en ejercicio pueda postular inmediatamente a ser reelecto. Es cierto que algunos países han experimentado exitosamente con la re-elección presidencial. Pero en Chile, nuestro presidencialismo fuerte no hace aconsejable que un candidato dispute la elección desde La Moneda. La posibilidad de ser reelectos inmediatamente también puede convertir a los presidentes en candidatos permanentes, que dediquen más tiempo a hacer campaña que a gobernar.

 

La decisión que a partir de hoy deberá tomar el Congreso respecto al período presidencial tiene una enorme importancia para el futuro de nuestra democracia. Nuestra historia y la experiencia internacional arrojan lecciones claras. Chile saldrá ganando si senadores y diputados forjan una amplia mayoría a favor de un periodo presidencial de 4 años, aplicable a partir de marzo del 2006.

 

Adhieren: Sebastián Edwards, Eduardo Engel, Patricio Navia, Andrés Velasco.