El Zoólogo

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 19, 2004

 

La pluma ágil y cautivadora de Álvaro Vargas-Llosa nos entrega un texto que pone énfasis en las fortalezas y debilidades de los liderazgos políticos actuales de América Latina. Describiendo acertadamente el contexto internacional, hace una “instantánea del continente americano en plena década tonta.” Pero contrastando con su agudeza a la hora de hacer diagnósticos, el autor se muestra menos asertivo cuando propone soluciones para terminar con el neo-populismo que aflige a América Latina. Vargas Llosa parece desconocer que los partidos políticos fuertes, democráticos y transparentes representan la mejor herramienta para evitar la propagación de las experiencias neo-populistas que tan genialmente describe en su ensayo de 218 páginas.

 

Una vez más, el autor del Manual del perfecto idiota latinoamericano combina pluma ágil, conocimiento acabado de la realidad de la región y una provocadora irreverencia. Como generalmente ocurre con sus escritos, no pocas de sus aseveraciones provocarán viscerales reacciones en los aludidos. Pero como Vargas Llosa parece personificar el deseo de aquel vals peruano, ‘odio quiero más que indiferencia,’ no ahorra epítetos para criticar las prácticas de aquellos que él define como neo-populistas. Desde Néstor Kirchner hasta Alejandro Toledo, desde Lucio Gutiérrez hasta Hugo Chávez, Vargas Llosa hace un festín al describir los errores políticos y las ideas trasnochadas que alimentan sus políticas de gobierno.

 

Por su propia desviación ideológica, Vargas Llosa es más duro con los populistas de izquierda que con los igualmente populistas (e incluso ocasionalmente mucho más irresponsables) de derecha. Es más, su definición de populismo está asociada más con las malas políticas económicas que con las prácticas personalistas que tan magistralmente llegan a dominar muchos líderes latinoamericanos. Vargas Llosa pone el dedo en la llaga al destacar que muchas políticas económicas que supuestamente se adoptan para ayudar a los más desprotegidos terminan contribuyendo a extender la pobreza. Pero al asociar neo-populismo con políticas económicas y no con el respeto por las instituciones democráticas, Vargas Llosa ignora que el personalismo es igualmente dañino para el desarrollo. La principal debilidad de este libro se encuentra en la sub-valoración del autor por los partidos políticos como componentes fundamentales de las democracias exitosas.

 

La decisión de Vargas Llosa de absolver a Lagos de la fauna de neo-populistas latinoamericanos no causa sorpresa. Pero la inclusión del colombiano Álvaro Uribe entre los redimidos ejemplifica el equivocado sesgo ideológico de Vargas Llosa. Uribe, como  otros líderes de la región, ha demostrado poco respeto por las instituciones democráticas. Es cierto que la democracia colombiana era precaria antes de Uribe. Pero la democracia no se rescata concentrando el poder en las manos del presidente sino trabajando arduamente para crear instituciones cuya fortaleza no dependa de quién esté temporalmente a la cabeza. De ahí que mucho más que el liderazgo de Lagos, Frei y Aylwin, la gran diferencia entre la democracia chilena y la de otros países de América Latina sea la existencia de un sistema de partidos serios, responsables y saludablemente transparentes. Es cierto, hay mucho que avanzar en ese sentido, pero al compararlo con el resto de la región, el sistema de partidos chilenos es envidiable.

 

En esa misma lógica, el juicio crítico a Lula también equivoca el camino. Pese a todas sus evidentes debilidades, la gran contribución histórica de Lula—antes de llegar a la presidencia—a la izquierda latinoamericana y a Brasil es la consolidación de un partido político de izquierda disciplinado y con saludables niveles de democracia interna. Como Vargas Llosa minimiza la importancia de los partidos políticos responsables, democráticos y transparentes, no percibe que la aparición del PT brasileño contribuye a evitar que el populismo vuelva al poder en ese país. Aunque Vargas-Llosa acertadamente enfatiza la necesidad de líderes visionarios inmunes a las tentaciones populistas, a las promesas fáciles y a los ofrecimientos irresponsables, los buenos liderazgos sirven poco sin un sistema de partidos saludable donde puedan florecer y no corran el riesgo de devenir en populismos.

 

El lanzamiento de La fauna política Latinoamericana fue ampliamente cubierto por los medios de prensa. Esto por la alegada auto-proclamación de Soledad Alvear quien, ante la sonriente y atenta mirada de Joaquín Lavín, aprovechó tanto indicar su intención de ser candidata como criticar la forma en que el alcalde de Santiago usa sus viajes al extranjero para el marketing político. Pero aunque los medios pusieron más atención a las secuelas del discurso de Alvear que al contenido del libro, las reflexiones del destacado intelectual peruano debieran recordarnos que el populismo acecha en la región y que Chile no debería sentirse inmune al flagelo. Después de todo, como nos recuerda el zoólogo Vargas Llosa, la diversa fauna política latinoamericana sigue perteneciendo en gran medida a la peligrosa y dañina familia del populismo.