Michelle Bachelet

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 18, 2004

 

Pese a que su candidatura consolidaría el poder electoral de la izquierda, Michelle Bachelet tiene un difícil camino que recorrer para convencer al liderazgo de la izquierda que vale la pena embarcarse en esta aventura. A menos que sea capaz de convencer a los poderes fácticos de la izquierda de la viabilidad de sus aspiraciones y logre que la izquierda exija primarias abiertas en la Concertación, su impresionante apoyo popular no será suficiente para asegurarle un lugar en la contienda presidencial del 2005.

 

Bachelet representa un inmejorable capital político para el socialismo. Su vida entera está asociada con la izquierda—incluida la frustrada experiencia de Allende, el dolor por la represión dictatorial, el triunfo del plebiscito del 88 y la reunificación del socialismo. Sus posturas políticas han sido siempre consecuentes con la utopía de la libertad, igualdad y fraternidad. Bachelet ha logrado ser enormemente popular sin dejar de ser profundamente socialista. Para una izquierda concertacionista que lucha por mantenerse sobre el 20% de los votos, el estilo Bachelet debería representar la mejor hoja de ruta a seguir tanto en la forma como en el fondo de su mensaje político.  

 

Los vientos de opinión pública soplan más que nunca a favor de quien es, hoy por hoy, la figura oficialista más popular. En la última encuesta CEP, el 22.6% la mencionó como su primera opción presidencial. Ya que en total el 43,9% mencionó a un concertacionista como primera preferencia, Bachelet necesitaría sólo asegurar la nominación de su coalición para convertirse en gran favorita para el 2005. El 40% de los encuestados votaría por Bachelet con toda seguridad y un 19% adicional lo haría si se convence con su programa y su campaña (Lavín obtuvo el 31% y el 12% respectivamente).  Solo el 23% dice que jamás votaría por ella (un 39% jamás lo haría por Lavín). Por eso, mientras más tiempo pase sin que se debilite su popularidad, más costoso será para los partidos de la Concertación intentar bajar su opción presidencial.

 

Pero ya que representa un fenómeno nuevo (hace 18 meses sólo el 5% la mencionaba como su candidata favorita), los que dudan de su liderazgo se apuran en subrayar sus flaquezas. Sorpresivamente, sus debilidades se resaltan más en la Concertación que en la derecha. Desde su limitada experiencia política (entendida como escasa figuración en gobiernos anteriores) hasta su poca disposición a discutir ideas y propuestas, Bachelet es discretamente criticada por carecer de sustancia. Similar crítica se hacía a Frei Ruiz-Tagle en 1992 y las mismas acusaciones se pueden hacer sobre Joaquín Lavín hoy.  Si bien es cierto sería mucho más saludable para nuestra democracia que las ideas pesaran más que la cercanía con la gente a la hora de comparar a los aspirantes presidenciales, es injusto criticar sólo a Bachelet por saber usar herramientas mediáticas que contribuyen al éxito en política.

 

No pocos creen que el fenómeno Bachelet es un invento de la derecha. Supuestamente ella sería una candidata débil debido a su poca experiencia como ministra, sus alegadas posturas demasiado izquierdistas, su asociación indirecta con el FPMR en los 80, e incluso el hecho que sus tres hijos sean de padres diferentes. Pero así como la opinión pública no castiga a Lavín por haber sido un asiduo defensor de la dictadura ni por su militancia en la sexista cofradía religiosa Opus Dei, los chilenos parecieran ser más tolerantes que muchos concertacionistas con la ministra de defensa. Es más, aún si su popularidad fue construida con la complicidad de la prensa de derecha, será muy difícil que la misma prensa, por más poderosa que sea, la pueda debilitar ahora.

 

Pero la incredulidad que genera la candidatura de Bachelet en la elite concertacionista no es injustificada. Para ser exitoso, un candidato debe construir alianzas, forjar acuerdos, aunar voluntades, recaudar fondos y armas equipos. Bachelet aún no ha construido una estructura de campaña que convenza a la elite que lo suyo va en serio. Como su partido se caracteriza por el sectarismo excluyente, a menos que de un golpe de timón que lleve al PS a adoptar posiciones más consecuentes con su mensaje y su imagen personal, Bachelet no logrará convencer ni al liderazgo concertacionista ni a los poderes fácticos que realmente quiere ser la primera presidenta de Chile.

 

Ahora bien, como su nombre despierta entusiasmo entre votantes moderados y pasión entre simpatizantes de la Concertación, Bachelet tendrá muchos menos problemas reclutando voluntarios para su campaña que el ex presidente Frei o la Canciller Alvear. Hace unos días, declaró que ella era ‘precand…” Ese lapsus verbal comenzó a despejar una de las grandes dudas que existen sobre sus posibilidades: Bachelet quiere ser candidata. Si logra convencer al PS, al PPD y a Lagos que demanden primarias abiertas en la Concertación, si arma equipos que discutan ideas y proyectos de futuro, y si complementa su popularidad con aceptación en la elite de izquierda, de la Concertación y del país, sus aspiraciones presidenciales no sólo serán posibles sino que crecientemente Bachelet se consolidará como la más probable candidata oficial el 2005.