Machuca

Patricio Navia

La Tercera, agosto 21, 2004

 

Mientras más se hunde la imagen de Pinochet y más se idealiza el malogrado proyecto de Allende, más se consolida la fortaleza electoral de Joaquín Lavín. Esta aparente contradicción es posible debido tanto al distanciamiento derechista del legado de la dictadura como a la incapacidad de la Concertación para lograr que su exitosa experiencia sea querida por los chilenos. Más que los últimos acontecimientos del caso Spiniak o incluso las positivas noticias sobre la reducción de la pobreza, el principal evento político reciente ha sido el éxito de Machuca, una película que narra la historia de un sueño loable torpemente realizado que terminó muy mal. La capacidad de soñar que tan brillantemente muestra el director Andrés Wood constituye un inmejorable consejo electoral para una Concertación que, habiendo hecho las cosas bien, no ha sido capaz de ganarse el corazón de los chilenos.

 

Después de las revelaciones sobre sus cuentas secretas, la imagen de Pinochet ha quedado definitivamente destruida. El ex dictador ya no podrá contar con un monumento que recuerde su legado. El hombre que fue responsable de la adopción de una economía de libre mercado (que sentó las bases del crecimiento en los noventa que ha permitido a la Concertación construir un país con menos pobres) será recordado fundamentalmente por las violaciones a los derechos humanos y sus esfuerzos tardíos para evadir a la justicia. Pero la derrota histórica de Pinochet no conlleva una derrota de la derecha. Las municipales del 2004 debieran consolidar a la UDI como el principal partido político de Chile. Después de verse acorralado por la opinión pública en el caso Gema Bueno, el presidente UDI Jovino Novoa ha dado una demostración del inmenso poder e influencia que ejerce ese partido entre los poderes fácticos. Más que reivindicar la merecida presunción de inocencia, la reacción de Novoa ha demostrado que el poder político de la UDI supera con creces su impresionante poder electoral.

 

Por cierto, Lavín se ha mantenido al frente en las preferencias electorales. Aunque los que creen que será el próximo presidente han pasado del 56% al 38% en 18 meses, Lavín continúa liderando el grupo de presidenciables con un 32% de intención de voto. De no mediar una sorpresa (que incluya la celebración de primarias abiertas en la Concertación), Lavín debiera ser el próximo presidente. Pero el liderazgo de Lavín es en buena medida responsabilidad de la propia Concertación. El presidente Lagos ha privilegiado su popularidad personal por sobre la salud del conglomerado. A menos que sea capaz de convertir su 57% de aprobación en una victoria holgada de la Concertación en octubre, su equipo de asesores habrá demostrado una vez más una mayor preocupación por salvar al capitán que por cuidar al barco concertacionista.

 

Ahora bien, la impresionante arremetida de Michelle Bachelet debiera representar una inequívoca señal para la Concertación. Más que hurgar buscando sus debilidades (que son las mismas de Joaquín Lavín), los concertacionistas debieran abocarse a identificar las fortalezas que la han convertido en presidenciable favorita. Porque ha sido capaz de llegar mucho más allá del discurso tecnocrático de despotismo ilustrado utilizado por la Concertación, la popularidad de Bachelet se ha ido a las nubes. Es cierto que el énfasis en los sentimientos y los afectos que privilegia Bachelet podría ser considerado populista. Pero además de ser esa la misma estrategia de Lavín, Bachelet pertenece a una coalición política que ha demostrado responsabilidad política. Su trayectoria política personal ha evidenciado incuestionable apegado a altos valores éticos. La Ministra es popular porque ha sabido complementar las capacidades técnicas y de gobernabilidad de la Concertación con un mensaje directo de afecto, cercanía y comprensión hacia los chilenos. A diferencia de muchos que intentan demostrar con cifras que la Concertación lo ha hecho bien, Bachelet ha sido capaz de ganarse el corazón de los chilenos. A menudo, mucho de lo que la Concertación supo hacer bien es opacado en el imaginario popular por la admiración que provoca el caudal de irresponsables buenas intenciones que representó la fracasada revolución allendista. Pero Bachelet ha sido capaz de construir desde la gobernabilidad de la Concertación un discurso de cercanía que le han permitido forjarse un invaluable capital electoral.

 

Es cierto que la Concertación ofrece mucho más que eso. Y las impecables credenciales de Frei, Alvear, la misma Bachelet y los otros presidenciables dan testimonio de las brillantes capacidades técnicas y políticas de la coalición de gobierno. Pero a menos que sea capaz de capturar la imaginación de los chilenos para hacerlos creer que un país mejor es posible, la garantía de gobernabilidad que hoy ofrece la Concertación no será suficiente para derrotar a Lavín. En un país donde los irresponsables idealismos de la década de los 70 se ganan el respeto y la admiración de una generación de chilenos, se necesita una propuesta que entusiasme a una sociedad que tiene ansías de construir un país más desarrollado, justo, solidario y tolerante donde los sueños colectivos e individuales sean una realidad posible.