Chivo expiatorio
Patricio Navia
La Tercera, julio 24, 2004

La complicada situación actual de Augusto Pinochet se ve agravada por la oportunista decisión de sus antiguos apologistas y opositores de convertirlo en un chivo expiatorio para así evadir sus propias responsabilidades históricas tanto por la crisis que llevó al quiebre de la democracia en 1973 como por las atrocidades cometidas durante los 17 años de dictadura.

Aunque algunos se esmeraron en insistir que, a diferencia de otros dictadores (de izquierda o derecha), Pinochet no se enriqueció ilícitamente en el poder, la aparición de las cuentas secretas en el Banco Riggs levantan justificadas sospechas sobre la probidad del ex hombre fuerte. Por cierto, cuando la plata es de donaciones, no hay necesidad de ocultar la identidad de los titulares de las cuentas. Mucho más que las injustificadas (pero, para estándares latinoamericanos, no muy extendidas) violaciones a los derechos humanos, las acusaciones sobre el presunto enriquecimiento ilícito del ex hombre fuerte chileno dañan irreparablemente su sitial histórico. Después de todo, la percepción general (cuyo juicio se emite siempre mucho antes que se dicten las sentencias judiciales) es que Pinochet se comportó igual que todos los dictadores: mató y robó.

Es cierto que a nadie le importa mucho lo que ocurra con Pinochet. Después que el gobierno de Frei—con la evidente anuencia del entonces candidato Ricardo Lagos y con la característica indisciplina del PS—comprensiblemente se la jugara por traerlo de regreso al país, Pinochet ha sido más un objeto que en un sujeto de la política.  Su presencia es molesta para propios y extraños. Después que Joaquín Lavín acertadamente abandonara al Pinochet histórico durante el arresto londinense, nuestra derecha abiertamente desconoce que el ex dictador defendió y avanzó los intereses políticos y económicos de los partidos que hoy componen la Alianza por Chile.

Aunque es comprensible—e incluso loable en algún sentido—que la derecha haya abandonado a Pinochet, es vergonzoso que ese sector se haya aferrado con tanta fuerza a los enclaves autoritarios de la Constitución de 1980. Obsesionados por mantener un sistema electoral donde la voluntad de los electores termina siendo irrelevante, e incapaces de entender el daño que causan a la estabilidad democrática al oponerse a las necesarias reformas constitucionales, la derecha optó por defender la Constitución de 1980 aún a costa del bienestar del verdadero padre de ese documento, Pinochet.  Alabando injustificadamente a Jaime Guzmán como el padre de nuestra institucionalidad actual, la derecha implícitamente señala que mientras Pinochet y sus servicios de inteligencia eliminaban opositores políticos, los técnicos derechistas realizaban las grandes transformaciones económicas. Aunque corresponda separar el legado dictatorial positivo de las reformas neoliberales del legado infinitamente negativo de las violaciones a los derechos humanos, algunos derechistas pretenden también exculpar a los colaboradores de Pinochet la responsabilidad moral por haber participado y defendido a una dictadura que públicamente se jactaba de querer exterminar chilenos.

En lo que a Pinochet respecta, mientras más tiempo pasa más evidente se hace que su gran error consistió en querer mantenerse en el poder después de 1988. Después de someterse voluntariamente a la vergonzosa derrota del plebiscito, se obsesionó por mantenerse en el mando del ejército hasta marzo de 1998. Incapaz de entender que era mejor retirarse de la vida pública en su momento de más popularidad, Pinochet demostró ser mucho más político que militar. Como otros líderes que no se retiran cuando pueden entrar por la puerta ancha de la historia sino que se mantienen en la arena política hasta que se ven patéticamente forzados a retirarse, al presentarse como candidato al plebiscito, Pinochet renunció a ocupar un lugar polémico pero incuestionablemente privilegiado en nuestra historia. Hoy, los pocos aliados leales que le quedan inútilmente se esmeran por rescatar algunos elementos positivos de la cada vez más destruida imagen del presidente que más años gobernó al país. 

Ahora que Pinochet se hunde todavía más en la desgracia de su profecía autocumplida (“los dictadores nunca terminan bien”), muchos parecieran por fin ver justicia por sus muertos, sus desaparecidos y sus enormes sufrimientos. Pero es también injusto convertir a Pinochet en el chivo expiatorio de los errores y pecados de muchos que contribuyeron irresponsablemente a debilitar la democracia antes de 1973, y de la responsabilidad por la participación activa, o cómplice silencio, de muchos otros en una dictadura que pasará a la historia como la más brutal del país en el siglo XX. Los juicios personales y colectivos que tengamos sobre Augusto Pinochet, por más negativos que sean, no debieran llevarnos a participar de este innoble sacrificio expiatorio donde los pecados de toda una generación y los errores de muchos se buscan exculpar en la persona del ex dictador, con una actitud que en palabras del propio Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973 no puede sino ser calificada como una felonía, una cobardía y una traición.